Semana
15
ALBATROS 2705

EL AMOR EN TIEMPOS DE GUERRA

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 Cementerio de Vilalleons, 12 a.m.

Juntos como una piña, los Erra y los Aymerich nos encontrábamos reunidos, frente a lo que más tarde sería su mausoleo. Mientras, el padre Anselmo recibía los cuerpos de Esteban (l´hereu del Molí) y de Elvira, la joven a la que yo un día acompañara, desde su residencia en Gerona hasta nuestras tierras, huyendo del horror de la guerra.

Una vez los féretros en la entrada del camposanto, fueron acompañados en procesión por el sacerdote y sus acólitos, hasta el lugar en el que descansarían. Allí, comenzó el rito funerario al que nos incorporamos los familiares y lugareños, suplicando porque sus almas alcanzaran el sueño eterno. Después de que todos nosotros, hubiésemos depositado sobre los ataúdes las rosas rojas que llevábamos, estos fueron bajados mediante correas a la misma tumba.

La madre tierra los acogió en su seno y todos los reunidos después de una última oración, comenzaron con tristeza a regresar a sus hogares. Yo no pude marchar. Me quedé sentado al lado de la losa, que los sepultureros habían colocado.

Sumergido en la tristeza que me envolvía, recordé los momentos vividos a su lado.

“Tres años antes de lo ocurrido, había sido llamado a filas. La letra de mi apellido fue la que determinó, que me tocara servir en Gerona. Coincidió mi llegada a dicha ciudad, con la marcha del reemplazo anterior, lo que facilitó que fuese designado asistente del coronel de infantería, Ricardo Salinas.

Relevado de cualquier servicio, acudía cada mañana al domicilio de este o bien para llevarle con el coche, arreglarle las botas o efectuar alguna compra puntual, puesto que Salinas era viudo y tenía tres hijos.

Allí conocí a Elvira. Esta con dieciséis años comenzaba a ser una esbelta y bella mujer. Era la pequeña de la familia y sus dos hermanos, Jaime y Carlos, la adoraban y cuidaban como un tesoro. En ocasiones, yo también me había visto involucrado, y la había acompañado hasta el colegio, como si de un hermano se tratara.

La vida transcurría con la placidez propia de las pequeñas ciudades, hasta que

el 17 de julio de 1936, las cosas se complicaron. En poco tiempo en la capital, tal como ocurría en muchas ciudades de España, se comenzaron a producir enfrentamientos entre grupos como la CNT y los falangistas, a causa de la increpación de estos.

La policía, que se vio obligada a intervenir, acabó arrestando a cuatro sindicalistas. Este hecho acabó por encender los ánimos de sus compañeros, que juraron pronta venganza.

Al atardecer y a pesar del calor reinante, los habitantes creyeron prudente buscar refugio en sus casas. A pesar de ello, durante la noche el ruido continuado de disparos procedentes de algún lugar de la ciudad no permitió a nadie descansar.

Al día siguiente los rumores se extendían por la ciudad. Se decía, que grupos de milicianos y sindicalistas cumpliendo la venganza prometida, habían sacado de sus casas durante la noche, a personas consideradas de derechas o religiosas.

En La Rambla tenía su vivienda el coronel Salinas. El militar, según una conversación que pude oír, comentó a otro coronel la presión que sufría de sus compañeros, que le incitaban a participar de la rebelión que se gestaba dentro del ejército.

En su intento por convencerlo, le insinuaron que, en los cuartos de bandera de toda España, había movimientos a favor de derrocar al gobierno de la República. Consideraban que este era demasiado blando con los izquierdistas, hecho del que estos se aprovechaban y que, de una manera vengativa, quemaban todo aquello que se ponía al alcance de sus manos.

Él pensaba también lo mismo, pero era militar y su responsabilidad era acatar las órdenes de sus superiores. Al oponerse a participar de cualquier acción contra el gobierno legítimo, supo que había firmado su sentencia de muerte. Así, que días después, este me llamó a su despacho para darme instrucciones concretas, en el supuesto caso de que le ocurriese algo. Y lo que el coronel se temía, había ocurrido aquella noche del diecisiete de Julio.

Fui testigo, ya que me encontraba en las cercanías de su domicilio, de cómo lo sacaban arrastras y lo lanzaban a un camión.

Este, iba cargado de una masa de personas aturdidas, a las que como a él habían sacado de su casa.

Tiempo después por el relato de sus hijos, supe que Salinas había salido pistola en mano a recibirles, aunque no pudo efectuar nada más que un disparo. Mateo, un sindicalista de la CNT, fue su única víctima.

El vehículo, con su triste carga, se dirigió de inmediato, hacia las tapias del cementerio, donde un improvisado pelotón de ejecución disparó sus ráfagas, hasta quedar todos ellos tendidos al pie del muro.

Al desaparecer el griterío de aquella turba, que poco a poco fue abandonando el lugar, dejó el mismo sumido en un gélido silencio en medio de la calurosa noche.

No abandoné el lugar, pero no podía hacer nada, así que decidí esperar a la luz del nuevo día, para localizar el cuerpo de Salinas.

Cuando amaneció, la ciudad se comenzó a llenar de rumores sobre lo vivido la noche anterior. Todo indicaba que, junto a las tapias del cementerio, se agolpaban cantidad de cadáveres.

Hacia allí se habían dirigido los hijos del coronel. En cuanto los vi salí a su encuentro. Elvira al ver los cuerpos ensangrentados y desparramados a lo largo de los muros se desvaneció y Carlos se vio obligado a quedarse con ella, mientras que yo acompañaba a Jaime hasta el lugar donde estaba el cuerpo de su padre. No eran los únicos, ya que había gentes de todas clases sociales y profesiones, que buscaban a sus familiares entre tanta barbarie.

El cuerpo de Salinas, que estaba apoyado en el muro, tenía un disparo en la frente y mantenía entre sus manos un rosario. Jaime lo reconoció enseguida, ya que este era de su madre.

—Lo siento, Jaime. Anoche le seguí, pero no pude hacer nada. Os estaba esperando, sabía que vendríais.

Jaime asintió con los ojos enrojecidos y a punto de desvanecerse.

—No te preocupes, yo le enterraré.

Tomé una carretilla y deposité su cuerpo en ella, para llevarlo al interior del cementerio. Jaime siguió mis pasos hasta un lugar apartado. Allí en uno de los nichos vacíos, coloqué su cuerpo y después de anotar el número del mismo, se lo di a Jaime.

—Vuestro padre me avisó de que esto podía ocurrir y me pidió cuidara de vosotros. Ahora no podéis volver a vuestra casa. Esperadme en el bar “el Globo”. Cuando lleguéis allí preguntad por Venancio y decidle que vais de mi parte. Pero sobre todo no salgáis ocurra lo que ocurra. Al atardecer iremos a vuestro piso a recoger lo imprescindible. Voy a sacaros de aquí, ya que la ciudad no es nada segura.

El joven, con un nudo en la garganta me dio las gracias y con paso rápido salió en busca de sus hermanos. Desde lo lejos los vi cómo se abrazaban. Supuse, que les estaba dando la noticia de que su padre había muerto. Luego intuí, que Jaime les reproducía mis palabras y abandonaban el lugar. A mí todavía me quedaba, tapiar el nicho del coronel.

Las calles permanecían en un absoluto silencio, solo roto por las sirenas de los coches de policía o bomberos, que acudían a sofocar algunos incendios. Las pocas personas que se habían atrevido a salir como los Salinas, caminaban pretendiendo ocultarse como sombras. Reinaba una sensación de miedo y angustia, producidos por los disparos nocturnos. Estos habían impresionado aquella sociedad, dejándola tocada.

A media tarde, tal como había prometido a Jaime, acudí al bar a buscarlos. Lo hice acompañado de Ismael, un compañero que se unía a nuestra huida. Les expliqué lo que debíamos hacer, intentando calmarlos. Sin embargo, no me esperaba la reacción de Elvira.   

—¿Vamos a dejar a nuestro padre aquí? — lo dijo sollozando.

—Elvira, padre ha muerto y por él no podemos hacer nada —Jaime como hermano mayor asumió el papel de ayudarme — Si papá pidió a Daniel que nos sacara de aquí, debemos atender a su deseo. Así que será mejor que nos pongamos en sus manos. Luego iremos a recoger aquello que nos podamos llevar, el resto si esto algún día acaba, volveremos a por ello.

Y así lo hicimos. Los chicos recogieron lo más imprescindible y lo empaquetaron en cuatro maletas. Luego, salí para ir en busca del camión, que nos permitiría huir de allí. Ismael se quedó con ellos. Cuando a las once regresé con el vehículo, me encontré a los hermanos apretujados en la habitación de su padre, esperando que acudiese en su busca.

— ¡Vamos rápido! ¿Tenéis todo? —Les dije para sacarles del terror que tenían.

Ellos afirmaron con la cabeza. Cogí dos maletas y los dos chicos una cada uno y en un silencio sepulcral abandonamos el piso.

Enseguida que todos estuvimos en el vehículo, pusimos rumbo a La Madriguera. El viaje resultaría muy duro para los hermanos, ya que dejaban además del cuerpo de su padre, recuerdos inolvidables en aquella ciudad.

Cuando llegamos a la masía era un poco más de las dos de la madrugada. El lugar estaba en el más absoluto de los silencios. Nos acercamos a la casa y descendimos todos del vehículo.

Mi padre al abrir la puerta se quedó sorprendido al verme, ya que me hacía en Gerona. El ruido despertó a mi madre y hermanos y en un momento la sala se llenó de alborozo.

—Padre —le dije —el motivo es largo de contar. Sería bueno que nos dijeras donde pueden dormir mi compañero y los chicos. Están muy cansados y abrumados por la pérdida de su padre.

—Joseph prepara en la parte de las golfas unos colchones y ropa para que puedan acostarse. Mientras tanto, tú madre les preparará algo de comer. Y luego todos a dormir.

—Me parece bien padre.

Los chicos permanecían en silencio, mientras mi familia les acogía con el mismo calor que a mí. Un poco de fruta y leche caliente les entonó un poco el cuerpo, desgastado por la tristeza y la congoja que sufrían.

Luego, que estos agradecieran la acogida, los acompañé a lo que sería su vivienda el resto de aquel negro panorama. Después de dejarlos alojados, regresé a la sala donde a un permanecían mis padres esperándome.

—¿Qué ha ocurrido Daniel?

—Hace unas horas que han matado al padre de estos chicos que era mi coronel. Este, que se temía lo sucedido, me pidió que en ese caso me hiciese cargo de ellos y los sacara de Gerona, para evitar que los mataran. Y así lo he hecho. Eso ha supuesto, que para el ejército republicano he desertado junto con el chofer y no podemos volver. 

—Pero hijo lo que has hecho es muy grave. Ya sé que el gobierno no está haciendo las cosas nada bien, pero has puesto en peligro tu vida.

—No te creas, que más de lo que la exponía allí. Aquello se ha vuelto un infierno. Los de la CNT, falangistas, sindicalistas, policías, etc. No sabes con quién están, así que mejor plantearse la huida —Tomó un poco de aire y luego decidió continuar —Pero dejemos que los sucesos nos den o quiten la razón, ahora debéis ir a descansar. Mañana ya tendremos ocasión de hablar.

Les di un beso de buenas noches y ellos preocupados, marcharon al dormitorio.

Me quedé un rato más pensando. Las palabras del coronel Salinas, haciéndome partícipe de la protección de sus hijos, no dejaban de rondarme por la cabeza. ¿Qué iba a ser de ellos? 

Con el transcurso de los meses, la gente se comenzó acostumbrar a la situación. Salían a comprar y aquellos que no eran combatientes, regresaban a sus labores habituales. Los colegios, aunque cerrados por el período vacacional, comenzaban a preparar el siguiente curso. En fin, en la retaguardia todo parecía que era casi normal.

En la mayoría de las masías, se relajaron las medidas de protección, así que era normal ver a gente que estaba refugiada en ellas, colaborando con los propietarios y sus hijos, bien en los campos o acumulando leña seca para el invierno.

En La Madriguera sucedía lo mismo. Yo, junto a mis hermanos y los hijos de Salinas, recorríamos a diario los bosques cercanos, lo que les permitía acostumbrarse a la zona que les rodeaba.

Ya cerca de noviembre se acercaba el momento de los preparativos para la matanza del cerdo. A petición de mi padre yo debía visitar El Molí, para ver si querrían hacerlo en conjunto como el año anterior.

Con el fin de no ir solo, pedí a los chicos si querían acompañarme, pero ninguno de ellos estaba con ganas de salir. Sin embargo, Elvira me dijo, que a ella no le importaba acompañarme ya que estaba cansada de estar en la casa.

Al atardecer nos dirigimos a El Molí. Por el camino la puse en antecedentes sobre la familia y sus miembros. Nuestra llegada a la masía coincidió con la de Ramón y algunos de sus hijos, que regresaban de los campos.

—¿Qué sorpresa Daniel? Te hacía en Gerona —Me saludó el patriarca de la familia.

—Buenas tardes señor. Han sucedido algunas cosas que ahora le contaré. Pero, permita que primero le presente a Elvira. Ella y sus hermanos están con nosotros en “La Madriguera”.   

—Pasar, por favor.

Encarnación, que se encontraba en el piso superior, al oír que entraban en la casa bajó enseguida. Se sorprendió, al ver a una joven a la que no había visto nunca acompañando a Daniel. Este se dirigió a la mujer.

—Señora le presentó a Elvira.

La mujer besó a la chica y se sentaron todos alrededor de la mesa. Mientras Daniel relataba lo sucedido en Gerona, Encarnación se dio cuenta de que Elvira ante el relato se venía abajo. Hábilmente la mujer pidió a esta que la ayudara. Las dos se desplazaron a las golfas a recoger embutidos, mientras yo terminaba de contar lo sucedido.

Cuando Encarnación y Elvira regresaron al comedor, coincidió que entraba en la casa Esteban, el mayor de sus hijos. Este al ver a la muchacha se quedó mudo. Ella fijó también su mirada en él y esto no pasó inadvertido para la madre.

Nos quedamos a cenar con ellos y al finalizar regresamos a La Madriguera.

Durante el camino, preocupado por el silencio de Elvira, la pregunté:

—¿Te encuentras bien? No has abierto la boca desde que entrara en la sala el hijo de Ramón

—Estoy bien —lo dijo con un sonido casi imperceptible.

Tan pronto llegamos a la casa y mientras yo hablaba con mi padre sobre lo tratado en El Molí, Elvira, después de dar las buenas noches a todos, se retiraba a descansar.

Los silencios de Elvira y la alegría que mostraba esta cuando veía a Esteban, me hizo sospechar de qué se había enamorado de él. Cuando tiempo después supo que el joven nos visitaría, observé como la inquietud la devoraba.

El ruido de la carreta fue el anunció su llegada a la casa. Elvira salió a su encuentro.

Esteban era mi mejor amigo y le deseaba lo mejor. Pero esto no quitaba, que sintiera celos de él. El rostro sonrojado que a ella le quedaba cuando miraba a Esteban, la hacía más preciosa de lo habitual. Pero, aun así, me ofrecí para que lo pudiera acompañar al terminar la cena

— ¿Lo harías por mí? —Me había preguntado.

—Claro —Mi respuesta fue casi imperceptible.

Terminada la cena salimos los tres hacia la carreta que llevaría a Esteban al Molí. Yo tenía previsto bajar antes. Sin embargo, poco rato después, le había dicho a Esteban.

 —Para, no quiero asustaros, pero me ha parecido ver una luz entre los árboles.

No os mováis, voy a ver que es —Y sin darles tiempo a nada, partí hacia el lugar que había señalado.

Esteban y Elvira quedaron en silencio. Me oculté cerca y supuse que mi amigo se daría cuenta de que era una treta, para que se quedaran solos. Entonces oí como este la preguntaba si tenía novio. Elvira le contestó que no.

—Te gustaría, que te viniese a buscar al atardecer para pasear.

—A mí sí, pero no sé si en la casa les gustaría.

—Por eso no te preocupes, les pediré permiso.

Terminaba de decir eso cuando el ruido de pasos entre las ramas les hizo prestar atención. Por entre los árboles apareció Daniel.

—No era nada, pero más valía asegurarse.

Siguieron el camino un trozo más hasta que Daniel le dijo:

—Para aquí, Esteban, que hemos de regresar.

Este me tendió la mano y bajando la voz me dijo:

—Gracias, ha sido una buena treta.

—De nada amigo. Pero te ruego la cuides mucho, para mí es como si fuese mi hermana.

—No lo dudes que así lo haré.

La carreta partió hacia su destino, mientras ellos regresaban andando hacia La Madriguera.

—¿Se puede saber que cuchicheabais? —Me preguntó algo airada Elvira.

—Nada de particular. Solo le decía, que debe cuidarte bien.

Se hizo un intenso silencio entre los dos. Cuando llegamos a la casa, la misma ya estaba a oscuras, con la sola luz de la entrada.

Nos dimos las buenas noches y nos retiramos a descansar. Si bien, no se puede decir que durmiera, por el terrible dolor que me suponía, no tener su amor.  

El día de la fiesta de la matanza, Esteban se presentó con un ramillete de violetas para ella. Ella le agradeció su gesto con una espléndida sonrisa.

La jornada transcurrió con alegría, risas de unos y de otros, bromas… casi olvidando por unos momentos, lo que sucedía por otras tierras de España.

El atardecer nos había sorprendido como un ladrón en la noche, así que la familia de Esteban comenzó a desfilar hacia El Molí. Sin embargo, observé cómo este se hacía el remolón y no marchaba. Luego, le vi con mi padre charlando. Cuando aquel marchó, pregunté a mi padre.

—Padre ¿pasa algo con Esteban?

—No Daniel, solo que me ha pedido permiso para cortejar a Elvira.

—¿Qué le habéis dicho?

—Me ha parecido prudente, permitir que se vean y se conozcan. El tiempo dirá si hay algo más.

Aquello me ensombreció durante días. Pero, fui asimilando que, si Elvira se había enamorado de Esteban, yo no era quien para entorpecer dicho amor.  

Fue hablando con mi madre cuando me enteré, de que la relación se iba consolidando y haciendo cada vez más fuerte, sus deseos de permanecer juntos para siempre.

Elvira le había reconocido, de que había encontrado sin duda alguna, el mejor hombre con el que formar una familia. Esteban era afable, trabajador, serio y formal, y se sentía segura a su lado.

No por ello se olvidaba de su padre. El dolor lo llevaría siempre consigo, aunque pretendía, que este no afectara a su relación con los demás. Sus hermanos habían asumido el papel de campesinos y estaban todo el día fuera con los hijos de Pablo.

Así, que las confidencias amorosas, se las había confiado a mi madre y los consejos que esta le diera, los había tomado como si de su propia madre fueran.

El domingo después de Corpus, asistieron todos a la misa celebrada en Puig L´Agulla. Después él vio como Esteban y Elvira, tomaban sus bicicletas y se internaban en el bosque. Yo, por mi parte, tomé rumbo a la casa.

Cerca del mediodía, nos sorprendió un fuerte estruendo en la zona, que hizo que todos miráramos hacia el cielo. Una columna de humo procedente de la explanada a la que supuestamente se había dirigido la pareja, se elevaba hacia el firmamento.

Llamé a gritos a mi padre y hermanos, pero no esperé a que estos llegaran, Tomé un caballo y galopé hacia el lugar.

La zona parecía un infierno. Dos pequeños aviones mosquitos, salidos de no se sabía dónde, estaban quemados en su totalidad. Cercano a unas rocas vi los cuerpos de Esteban y Elvira. Temiéndome lo peor y lleno de miedo, me acerqué a ellos. Ella aún se movía, pero no había lugar por dónde cogerla, por la cantidad de heridas que su cuerpo tenía.

—Daniel —me susurró —cuida de mis hermanos… Por favor… acércame su mano. 

—No te preocupes por ellos, que estarán bien —Mientras la contestaba, tomé la mano inerte de Esteban para acercársela. Me entregó el esbozo de una sonrisa, mientras sus ojos se nublaban. Tomó un último aliento y expiró. Mientras, que de mí se apoderaba la angustia y el llanto.

En La Madriguera Jaime y Carlos volverían a recordar los tristes momentos de la muerte de su padre, a la que ahora se añadía el de aquella joven llena de vida, llamada Elvira”

Noté como tocaban mi hombro. Levanté los ojos y vi a mi padre.

—Vamos hijo. Has de ser valiente. Los dos están ahora, en ese cielo que todos anhelamos.

Me abracé a él y luego regresamos a La Madriguera, donde la vida seguiría con todos los pesares, que ella misma facilita.  

 

                                                      FIN   

 

 

Publicado la semana 15. 10/04/2018
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Relatos , En cualquier momento
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