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ALBATROS 2705

FUEGO PURIFICADOR

Hermosilla de la Sierra era uno más de esos pueblos que, a pesar de lo pintoresco de sus calles y paisajes, las circunstancias económicas en las que se encontraba, los había llevado a tener prácticamente diezmada la población.

Durante años, los jóvenes habían ido emigrando del lugar, ya que este no les podía ofrecer posibilidad alguna de trabajo, a excepción de la ganadería, la agricultura y poco más.

Hoy en día, no habitaban en este hermoso paraje, más de ciento veinte personas. Pero, a pesar de todo lo que tenía de maravilloso, la vida de este pequeño pueblo se había ido emponzoñando desde hacía diez largos años. Los motivos, aunque varias versiones según a quien se escuchara, la más concreta se debía al enfrentamiento casi diario, de las dos familias pudientes del lugar.

Cayetana Salinas, era poseedora de las hectáreas más productivas de la comarca desde que, a la muerte de su esposo el coronel Vázquez, militar mutilado en la guerra del Rif, tomara el control de la finca y parte del pueblo.

Esto inquietó mucho a Carlos de Avellaneda, el otro miembro importante en esta pequeña comunidad. Ganadero con éxito, se encontraba con que, a la llegada del verano, sus animales necesitan del agua que, por desgracia, corría por parte de la finca de la señora Salinas.

Esta, desde que se hiciera con las riendas de la finca, se había opuesto en firme, a que los animales de su vecino pastasen en sus tierras. Para evitarlo, mandó construir una cerca, que en más de una ocasión había sido derribada.

Con la llegada a la alcaldía de Cipriano Solís, este intentó que alcanzaran un acuerdo, que llevara la tranquilidad al pueblo. Pero, ello no fue posible, porque ambos se mantuvieron en sus trece.    

El resultado de aquella lucha llevó a que los aparceros de la finca se posicionaran a favor de su ama, al igual que los pastores lo harían de su patrón.

Que aquello no podía acabar bien, era el clamor que corría entre las gentes del pueblo. Eso sí, en privado. Puesto que nadie quería ser visto como miembro de uno u otro grupo.  

Cuando la estación invernal se afincaba en el pueblo, los vecinos se encerraban en sus casas, salvo los cuatro aficionados a los juegos de mesa, (parchís, dominó y cartas) que lo hacían en el bar de Pedro, único sitio que disponía de televisión, para ver los partidos de fútbol.

Si en aquellos días la tranquilidad parecía ocupar el mayor espacio de tiempo, fue solo mera casualidad. Y así lo pensaban los vecinos del lugar.

Y el tiempo les dio la razón. La noche después de San Juan, cuando el manto de esta había caído hacía rato sobre el pueblo, y las luces de la mayoría de las casas permanecían apagadas, un resplandor iluminó de lleno el cielo de Hermosilla de la Sierra.

Poco tardó la noticia en llegar al retén de bomberos. El sonido de la campana del único coche de bomberos, que estos poseían, alteró la tranquila noche mientras, se dirigía raudo hacia el lugar.

También los dos miembros del retén de la guardia civil del pueblo, enterados del suceso se pondrían en marcha, para averiguar las causas de lo sucedido.

Los vecinos, ante semejante escandalera, se vistieron medianamente y salieron a la calle para obtener información de lo que pasaba. Viendo aquella iluminaria decidieron acudir a la finca, con el fin de ayudar en lo que se pudiera y sofocar cuanto antes el incendio.

La noche resultaría ser excesivamente larga.

El escaso número de bomberos desplazados al lugar de los hechos, no lograban por hacerse con las llamas, que poco apoco iban consumiendo los establos y acabando con algunos animales.

El alcalde, avisado de lo que ocurría, se desplazó hacia el lugar. En su interior se preguntaba, cual serían las consecuencias de lo ocurrido si la otra parte llegaba a pensar, quien había sido el causante de tamaña acción.

Pero bien, ahora solo tocaba preocuparse de minimizar los daños, que a simple vista ya eran enormes.

 Cipriano Solís, ya en el lugar del suceso, quiso tener información de primera mano, del cómo se había podido desatar tan importante incendio. La versión de los bomberos era que este había sido intencionado, pero que no existía de momento una prueba irrefutable que avalara esta versión.

En la casa de los Avellaneda, la sospecha ya recaía sobre los Salas y se comenzaba a pensar en un serio desquite. Sin embargo, ahora lo preciso era dedicar los esfuerzos a recuperar lo más pronto posible la actividad.

Los animales no podían esperar. Se les debía alimentar y encontrar un lugar seguro donde albergarlos. Todo el personal de la finca se dispuso a que durante las siguientes horas todo quedara resuelto.

Para los trabajadores de los Salas, aquello suponía una dura prueba. Los Avellaneda no se iban a quedar de brazos cruzados, en el caso de sospechar como así lo parecía, que la causa del incendio había sido provocada.

Solís tuvo a bien mandar aviso a ambas partes, para que se reunieran con él en el ayuntamiento. Debía apaciguar los ánimos, antes de que se desatara una guerra abierta en la que, de producirse, tomarían parte los vecinos que trabajaban en una u otra actividad.

La reunión no pudo celebrarse hasta el día siguiente, una vez que las cosas comenzaban a recuperarse. Las pérdidas habían sido enormes, pero Carlos de Avellaneda era un empresario de los pies a la cabeza y no iba a desistir de su actividad.

Los primeros momentos de la reunión fueron tensos. Cayetana, si bien le dijo a Carlos, que sentía lo que le había ocurrido, esto no fue suficiente. Ya que este en su réplica le dijo, que se debía sentir muy satisfecha con lo que había conseguido.

Aquella respuesta provocó una polvareda. Las insinuaciones, de uno y otro, parecía no iban a tener un final feliz. Pero, Solís, que iba preparado para intentar contener aquellos dos egos, golpeó fuertemente sobre la mesa.

 —¡Basta ya! —Les gritó —No estamos aquí para echarnos en cara nada. Sino para conseguir que lo que ha ocurrido, no nos lleve a una situación que luego no podamos controlar.

Viendo, que ambos tomaban asiento sin rechistar, esperó unos segundos para que se calmaran.

—Bien. Ahora pensemos en los hechos. Todo apunta a que ha sido un incendio intencionado. Pero no existe prueba alguna, que nos indique quien ha sido su autor. Ya sé que entre ustedes existe una rivalidad, que les hace pensar que todo lo malo que les ocurre es culpa del otro. Pero, mientras yo sea el alcalde, nadie va a tomar venganza alguna. Y si aparecen pruebas de quien ha sido el causante, será la guardia civil la que tomará cartas en el asunto. Espero que les haya quedado claro.   

Si esperaba una respuesta positiva de ambos, fue inútil. Aquellos dos seres se abominaban tanto, que no pararían hasta destrozarse, si pudieran.

 Lo malo era, que podían arrastrar a sus vecinos a tomar parte de sus cuitas y aquello sería en final de aquel paraíso, que era Hermosilla de la Sierra.

Los días siguientes el pueblo parecía invadido de cierto pesimismo. Los vecinos no se atrevían a salir a disfrutar de sus paseos habituales, temiéndose que en cualquier momento estallara una imprevista tormenta.

Los trabajadores de ambas fincas reanudaron sus rutinas, mientras los investigadores de la guardia civil llegados de Madrid, se hacían cargo de las investigaciones de aquel suceso.

 Dicen, que el tiempo lo cura todo, pero en este caso el paso de este sin encontrar un culpable hacía que el miedo se afianzase en los vecinos, ante las posibles represalias.

De todas maneras, una cosa era cierta. Parecía, que la recomendación de Solís, de que nadie se tomara la venganza sin tener pruebas, cobraba fuerza de que por una vez ambos iban a mantenerse quietos.

Fueron dos largos meses. Los investigadores extrajeron cuantas pruebas pudieron del lugar: huellas de coches, cigarros cercanos, cuadros eléctricos, máquinas, etc. Nada de nada.

Como si en aquel furioso incendio, no hubiese tenido intervención alguna el ser humano. Pero, por el contrario, tampoco había base alguna para manifestar, que había sido espontáneo. ¿Qué había pasado?

Los investigadores continuaron con sus pesquisas.

Decidieron volver a repasar todos sus pasos punto por punto. Algo se les debía haber pasado por alto y no era cuestión de dejar ningún cabo suelto.

Merino, sargento de la benemérita, que desde el primer momento había sido asignado a la investigación, por ser un experto en este tipo de incendios, regresó al lugar. De inmediato se dirigió al punto en el que según su experiencia le decía, debía ser donde se había iniciado el fuego.

Escrutó los restos en busca de la más pequeña prueba, que avalara sus sospechas. Todo parecía estar correcto hasta que entre la runa encontró unos pequeños granos de grama (elemento con el que se fabrica el plástico).

Aquello daba un nuevo cariz al caso. Según su experiencia, estos pequeños granos sintéticos, no se incendian con facilidad. Requieren de altas temperaturas hasta que llega el momento de la explosión. Su llama entonces es capaz de producir altas temperaturas y al menor contacto con el aire, provocar grandes estragos.

Bien, Merino ya tenía en sus manos una pequeña prueba, ahora era necesario desarrollar la hipótesis sobre lo que había pasado. Pero, antes era necesario averiguar, cómo había llegado la grama hasta aquel lugar y para qué.

 Ante todo, era necesario mantener un absoluto silencio sobre lo encontrado. Así, que las personas ajenas a la instrucción debían continuar creyendo que las causas eran por otro motivo.

Con el sigilo propio del cuerpo, puso en conocimiento del juez instructor del caso lo averiguado. Este dio autorización a los agentes, para que se personaran en la totalidad de los centros propiedad de Carlos Avellaneda.

 Así, que, a primeras horas de la mañana, todos los agentes disponibles en la población se desplazaron a los diversos almacenes en busca de la grama.

Una hora después, Merino recibía del grupo que se había desplazado a un almacén fuera de la población, la noticia de que se habían encontrado dos sacos de aquel producto, ocultos en un arcón.

Puesto en conocimiento del Juez, este se desplazó acompañado de Merino y dos agentes más al domicilio del señor Avellaneda.

 —Buenos días, señor Avellaneda —Saludó el juez 

 —Que les trae por mi casa —contestó este algo inquieto, aspecto que no pasó inadvertido por el juez y los agentes

 —Puede explicarnos los motivos, por los que obran en su poder dos sacos de grama sintética, escondidos en la barriada del Carmen.

Carlos se sintió descubierto. No tenía razón alguna, que justificara la necesidad de aquel material en su actividad. No podía responder y aquello era una manifiesta confesión.

—Dígame, cómo consiguió elevar la temperatura de la grama para provocar el incendio —fue ahora Merino el que le hizo la pregunta.

Carlos entendió que estaba perdido. No tenía razón de ser, continuar ocultando lo que no tardaría en conocerse.  

 —Aun a riesgo de que me cogiera en medio, apliqué un soplete sobre un montón de grama, confiando en que tan pronto como alcanzara una temperatura, yo me pondría a salvo. Y así fue. Pero, al abrir la puerta para huir, el aire que penetró aceleró la combustión y produjo la llama, que acabó por incendiarlo todo.

—Pero, señor Avellaneda ¿por qué todo esto?

—La verdad, es que estoy arruinado. En el pasado hice una mala inversión y el hecho de no poder vender el ganado de mi propiedad a un precio adecuado, me han llevado a no poder mantener la hacienda.

 —Ahora entiendo. La aseguradora le iba a compensar las pérdidas. ¿No es así?

Avellaneda agachó la cabeza y se sumió en el más absoluto de los silencios.

Cuando a Solís le llegó la noticia, suspiró aliviado. No era para menos. Porque de haberse desatado una contienda entre las dos partes, las consecuencias derivadas hubiesen sido impredecibles.

A medida que lo sucedido comenzaba a correr de boca en boca por la población, todos se alegraron de que aquellas cuitas que los tenía tan preocupados fueran desde ese momento solo unos malos recuerdos.

Cayetana, enterada de lo ocurrido, respiró tranquila. Sin embargo, tomó conciencia de que los trabajadores de Avellaneda quedaban en una situación comprometida, al no tener trabajo.

Así, que se puso en contacto con el ayuntamiento, al que ofreció la posibilidad de que los que quisiesen trabajar en su finca lo pudieran hacer. No sería a jornada completa, puesto que no había suficiente trabajo, pero sí que aliviaría la ausencia de este. Su capataz, organizaría los turnos. 

Solís estuvo conforme y se comprometió, a intentar que lo destruido por el fuego se recuperase cuanto antes. Luego, la creación de una cooperativa ganadera ayudaría a que la actividad normal se recuperase, para todos ellos.

Cayetana, no teniendo ya rival, se comprometió a dejar una zona de sus tierras a disposición del ayuntamiento, para que el ganado pudiese acceder al agua.

Hermosilla de la Sierra recobró la tranquilidad y de paso ahuyentó para siempre, la posibilidad de un enfrentamiento entre vecinos.

 

                                                FIN

 

 

Publicado la semana 136. 03/08/2020
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