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ALBATROS 2705

EL HOMBRE DEL SACO

En las décadas de los años cuarenta y cincuenta, en muchas ciudades de aquella España en blanco y negro recorrían de boca en boca, toda suerte de leyendas sobre personas que raptaban chicos y chicas pequeños.

El hombre del saco o el sacamantecas eran los más nombrados por las madres, bien para hacer que sus hijos, estuviesen sobre aviso acerca de extraños que quisieran apoderarse de ellos, o en algunos casos como amenaza ante un mal comportamiento.

La ciudad de Valladolid no se libró de aquella leyenda.

Una niebla espesa y pegadiza, envolvía la ciudad en el mes de diciembre. Habituados como estaban sus habitantes a este fenómeno atmosférico, ya que al menos lo sufrían durante diez días al año, no por eso dejaban de hacer sus actividades.

En su hogar, Eulalia hacia los últimos preparativos de la cena, cuando se dio cuenta que faltaba vino. Llamó a gritos a su hijo, alargando en el tiempo su nombre.

Este la respondió rápido, conociendo el mal genio de la madre.

—¿Qué quiere madre?

—Anda, Jesús, baja a la bodega a por un cuartillo de clarete para la cena.

Mientras le daba el encargo ponía en las manos del chico las dos pesetas que le iba a costar. Y con el dinero y la botella para el vino, el muchacho bajó como siempre las escaleras de su casa de tres en tres.

Al abrir la puerta que daba a la calle, se encontró con la negrura del atardecer acompañada de la niebla que golpeó su rostro. No se veía nada.

Jesús pegado a la pared, para tener una referencia, caminó hacia la bodega. Esta no estaba lejos de su casa, pero aun así en aquellas circunstancias se le hacía lejana.

El bodeguero le saludó y le dijo:

—Hola chaval, como te atreves a salir a la calle con esta niebla.

—Señor Ramón, eso dígaselo a mi madre que me manda a por un cuartillo de clarete.

—Bien, hijo, ahora te lo sirvo.

Tan pronto lo hubo pagado el muchacho se puso de nuevo en camino, pero esta vez para regresar a su casa. Mientras caminaba, notó unos pasos detrás de él. El miedo se apoderó del chico…

En la casa, mientras tanto, su madre había terminado de preparar la cena a la espera de la llegada de Jesús. Pero el tiempo fue pasando y el chico no parecía. No se podía haber extraviado en ese camino ya que lo hacía cantidad de veces y nunca había tardado tanto tiempo en regresar.

El tiempo fue transcurriendo y Eulalia cada vez más nerviosa. Había pasado ya una hora y el chico no había regresado.

Esperó diez minutos más y salió a la escalera en busca de ayuda. En el mismo rellano de la casa vivía un expolicía y a él acudió.

Llamó a su puerta con cierto apresuramiento. Alfonso, abrió la puerta y se encontró con Eulalia que desencajada y llorosa estaba delante de su puerta.

—¿Qué te pasa mujer?

Entre hipos le contestó.

—Que he mandado a Jesús a la bodega hace más de una hora y a un no ha regresado.

—Tranquila, me pongo una gabardina y salgo en su búsqueda. Tú regresa a casa por si nos cruzáramos y no le viera.

Así lo hicieron. Alfonso bajó y al igual que Jesús se encontró con una tremenda oscuridad. Fue caminando hasta la bodega de Ramón y allí preguntó si lo habían visto. El hombre dijo que sí, pero que hacía mucho rato que había marchado.

Aquello no le gustó a Alfonso. El chico era un poco rebelde, pero nunca había causado excesivo problema a la madre. Se preguntó, sino habría sido alguno de eso desalmados que corrían por la ciudad que se hubiese llevado al chiquillo. Sin embargo, lo desechó.

Él no creía muchas de las historias que se contaban, pero que en algún caso había resultado ser cierta. Se llevaban a los chicos bien para usarlos como mendigos en otras ciudades, otros para placeres más mundanos, para ellos o terceros, que de todo hay en esta vida.

Regresaba pegado a la pared como hiciera Jesús, cuando oyó unos gemidos en un portal.

Entró y se encontró al muchacho lleno de heridas en brazos y cara, totalmente dolorido.

—Jesús, que te ha pasado.

El chico tartamudeando le contestó.

—Señor. Regresaba a casa cuando oí unos pasos detrás de mí. Enseguida pensé en lo que cuentan por ahí y me giré rápido. No vi nada, pero al volver la cabeza me encontré con la una luz. Quise evitarla y fui despedido hasta caer aquí.

Varios vecinos comenzaban a salir al oír las voces en el portal. Alfonso les explicó lo sucedido y todos quisieron colaborar para llevar al chico a la casa de socorro más cercana donde le curarían las heridas.

Al día siguiente, ya con la niebla levantada, los vecinos de aquel edificio se encontraron que, en una zanja de una obra en la calzada, se encontraba un hombre herido con su bicicleta. No había tenido tanta fortuna.

Ya en casa, vendado como si fuese un fantasma, Jesús recibía los mimos de su madre. Alfonso enterado de la aparición del ciclista, dejó de preguntarse sobre aquellos malvados qué según la leyenda, pululaban por las calles de aquella y otras ciudades. Malos los había y sospechaba que los habría siempre, eran parte de la condición humana.

 

Publicado la semana 126. 25/05/2020
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