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ALBATROS 2705

EL PRECIO DEL AMOR

La sirena de la fábrica dando por acabada la jornada, llevó su sonido por los tres almacenes de la empresa. En la sección de montaje, Inés Gamazo terminó de recoger sus cosas y se dirigió al vestuario.

Allí junto con sus compañeras del turno de tarde, estuvo departiendo con ellas hasta que de una en una fueron abandonando el lugar. Fuera la esperaba Juan, su novio.

Este trabajaba de chofer de la misma empresa, así que cada día iban y regresaban a su casa juntos. Sin embargo, existía una pequeña sombra entre ellos. De todos modos, era sabido, a excepción de Inés por supuesto, que a Juan le gustaban en demasía las mujeres. Vamos que era lo que se dice un Don Juan.

Sus compañeros le habían oído apostar con otros, que podía enamorar a cualquiera de sus compañeras, de las que se decía eran totalmente vírgenes. Y sí, en alguna ocasión había conseguido su objetivo. Pero desde que conociera a Inés, estas apuestas se habían ido espaciando en el tiempo, Inés era para él su propio cielo.

Mujer bien parecida, trabajadora, algo ingenua en cuanto a los rumores sobre las aventuras de su pareja, vamos que el ideal soñado por los tenorios, que suelen encontrar en ellas la libertad para seguir con sus conquistas.

Inés, sin embargo, se esforzaba por ver en él un compañero con el que compartir su vida. Aunque la verdad era, que en los últimos tiempos habían surgido ciertas diferencias, que a ella no le gustaban.

—Juan —le dijo en una ocasión —¿Podrías poner la lavadora? Hoy me encuentro muy cansada.

—Mira, cariño, mejor será que lo dejes para mañana, y ya lo harás tú.

—Pero ¿cómo me dices esa? La ropa es tanto tuya como mía, así que será mejor que te esfuerces un poco.

Aquella fue la primera señal que tuvo Inés, de que Juan no estaba dispuesto a colaborar en las labores de la casa.

Juan por su parte, si bien puso la lavadora, se preguntó hasta donde estaba dispuesto, por estar con Inés, a dedicar su tiempo a la casa y no a sus aventuras.

Por un lado, creía que la amaba de corazón, sin embargo, era consciente que aquella dedicación, le privaría de muchas otras cosas que le complacían. 

Aquello resultó ser un aviso en toda regla para los dos.

Juan, de todas las maneras, continuó saliendo con los amigos de siempre y de vez en cuando, intentaba una fugaz conquista.

Inés por su parte, se dio cuenta de que algo había cambiado entre ambos. Él evitaba pasar tiempo en la casa y por lo tanto era ella la que asumía todo el trabajo en el interior. Ingenua sí, pensó Inés, pero no tonta. Así que se puso las pilas, para intentar salvar su relación o darla por acabada.

Aquella noche cuando Juan regresó de su esparcimiento, se encontró con que Inés se encontraba acostada. Sobre la mesa no había cena alguna y solo una nota en la que le avisaba que al día siguiente ella saldría con unas amigas a cenar.

Juan no se lo podía creer. No le había dejado cena alguna y ahora tendría que preparársela. Se le quitó el apetito de golpe y sin cenar se metió en la cama.

A la mañana siguiente, cuando se levantaron, Juan le dijo a Inés.

—No me puedo creer lo que mi hiciste anoche. Ni siquiera dejaste algo para cenar.

—Juan, cariño, míralo de esta manera. Igual que yo te lo preparo, tú lo puedes hacer.

—No es lo mismo y además ese es tu trabajo.

—Te equivocas. Esta es tu casa al igual que mía y por lo tanto tú debes contribuir a todas las cosas. Tu madre era tú sirvienta, pero yo no.

Juan no contestó. Giró sus pasos hacia la puerta y se marchó

Inés se quedó pensativa ¿Era o no una buena estrategia la empleada, para que él cambiara?

Pensó, que ya estaba hecho, si reaccionaba positivamente la relación continuaría, sino no valía la pena luchar por nada.

Durante el resto del día no lo vio. Llegó la noche y acudió junto con sus compañeras a cenar. A medida que transcurría la noche la diversión fue en aumento.

Cuando casi de amanecida regresó a la casa, se encontró con que no había señales de nada fuera de su sitio. Todo se encontraba recogido… ropa, platos… y Juan ya estaba durmiendo.

Cuando, como todos los días sonó el despertador, se llevó una agradable sorpresa. A su lado había una bandeja con el desayuno recién hecho. En ella, un pequeño ramo con cinco rosas, justo el número de años que se conocían.

Sentado en el sillón, se encontraba Juan observándola.

—Gracias, Juan.

—Inés, perdona mis palabras de ayer. Tienes toda la razón.

La mujer se levantó de la cama. Se abrazaron y dieron un largo beso.

Para Juan, resultó ser el gesto con el que sellaba definitivamente su vida de conquistador. Era, el precio a pagar. De ahora en adelante se dedicaría a su Inés del alma, complaciéndola en todo lo posible. Así alcanzaría el infinito cielo que suponía, compartir con ella esta vida y el futuro.  

Publicado la semana 117. 24/03/2020
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