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ALBATROS 2705

¡QUÉ MAL FARIO!

Cándido era un luchador. La vida no le había puesto nada fácil las cosas. Sin embargo, su estado de ánimo no decaía a pesar de que las dificultades se hacían presente continuamente.

Aun así, había conseguido crear un pequeño imperio. Los campos fructificaban, y cada año incrementaban los beneficios obtenidos de ellos. Sabía proporcionar alicientes a sus trabajadores, para que estos actuaran como si las tierras fuesen suyas. Todos sabían que obtendrían una parte de aquellos beneficios. 

Sin embargo, unos negros nubarrones se cernían sobre aquellas tierras.

Sentado en la balconada vio venir la tormenta. Enseguida se puso a dar instrucciones para acelerar la recogida de los productos, antes de que la furia de la naturaleza se desmadrase.

El viento mantenía alejada la tempestad, como si quisiera dar un compás de espera.

Cuando esta se desató, las tierras quedaron anegadas como cuando el mar inunda las arenas de una playa. Las espigas del trigo flotaban en las oscuras aguas, que cubría las fértiles tierras. 

Cándido, a pesar del disgusto que le embargaba, buscó en su interior las fuerzas que necesitaba, y comenzó a pensar en cómo recuperar aquellas pérdidas tan importantes.

Sin embargo, un fuerte dolor de cabeza le obligó a parar. Tomó un analgésico y se retiró a su habitación a descansar.

En medio de sus sueños contempló a una bella mujer que había entrado en su habitación.

—Tú ¿quién eres? —La preguntó.

—Vaya. Veo que no me esperabas. —Contestó ella un tanto burlona.

—¿Por qué debía hacerlo? —Siguió él obstinado.

—Cándido, todos me esperan. Claro, salvo que sean unos inconscientes.

La mujer, con movimientos suaves, se fue desprendiendo de las ropas blancas que la cubrían. Cándido en su sueño abría y cerraba los ojos velozmente ante la imagen que veía.

El cuadro era espantoso. La mujer era un conjunto de huesos esqueléticos cuya boca hablaba sobre la idea del gran viaje.

Cándido la dijo:

—No pretenderás que ahora te siga. ¿No ves todo lo que queda por hacer?

—Lo siento. Ha llegado tu momento.

Cándido bajó su mirada. No había solución. El tiempo de su vida daba a su fin y todo aquello por lo que había luchado se perdía.

—¿Podría echar una última mirada?

La muerte asintió.

Cándido, desde su sueño, salió a la balconada a contemplar por última vez aquellos campos que le habían dado tantas alegrías.

Sin despertar, notó como un fuerte pinchazo en el centro de su pecho. La angustia se apoderó de él. Un sudor frio empapó su cuerpo y un gemido surcó la habitación.

Los latidos de su corazón se hicieron más escasos y la búsqueda de aire más intensa.

Poco a poco le fue abandonando el color hasta que exhaló un último suspiro. La muerte había ganado.

 

 

 

Publicado la semana 106. 11/01/2020
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