Semana
20
ALAS DE TRAPO

LA MANO QUE DA LA MONEDA

Género
No ficción
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“ La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”  EDUARDO GALEANO.

Cuando miro hacia atrás y me veo entre trencitas y coletas, veo también la imagen de Lola ayudando a mi madre en los quehaceres de la casa. Por lo que pude conocer, Lola entro en mi casa en un crudo invierno en el que a mi madre con las manos llenas de sabañones le diagnosticaron un problema en el riego sanguíneo y le prohibieron tocar el agua. Lola vino para ayudar, sin pedir mucho aunque ella madre de seis hijos era el puntal de su casa.

A la par que Lola, cada año irremediablemente aparecían los chinitos en el colegio, nunca entendí porque se les llamaba así a aquellas huchas que representaban la cara de un niño negro y que a mí me daban un cierto repelús, llegaban los días en las que las niñas más ricas de la clase competían por poner el mayor número de monedas posibles en la hendidura que el negrito tenia justo en la cabeza.

En casa no éramos ni pobre ni ricos y la palabra caridad cristiana no significaba mucho cuando el ir a misa era una cuestión de obligación y no de creencias. Pero yo si creía en las palabras de doña Josefa:

-         Niñas a ver si esto se anima, que hay que recoger dinero para bautizar chinitos, no sabéis que si mueren no estarán bautizados y se quedaran en el limbo……

Entonces las más ricas y sus familias hacían aportaciones más generosas mientras yo ponía algunos patacones en la hucha, mientras ellas sonreían de forma socarrona.

Lola continuó viniendo a mi casa y a la de mis abuelos siempre que había que lavar a mano, o a enjalbegar, o a cuidarnos a mí y a mis primas, o a lo que se terciara porque si no había trabajo se inventaba. Lola pasó a ser una de las mejores amigas de mi madre y de mis abuelos y de mis tías, no había acontecimiento en el que ella no estuviera presente, hasta que un día, harta de pasar fatigas emigró con los suyos hacia Barcelona.

Años después, fue mi propia familia la que emigro a esa ciudad magnifica. Nuestros inicios fueron duros, todos vivíamos hacinados en una habitación hasta que encontramos un piso que pudiéramos pagar. Adaptarse fue difícil aunque para mi con solo once años no lo fue tanto, ya se sabe de la gran capacidad de los niños para adaptarse a los cambios.

Suerte que cerca de nosotros estaba Lola, con su sonora risa, con sus conversaciones, con sus chascarrillos, compartiendo mesa y momentos, ayudando a buscar piso y trabajo, una amistad que duró hasta que ella se fue para siempre.

No sé por qué, pero desde aquello de las huchas de los chinitos, siento un nudo cada vez que alguien extiende su mano pidiendo monedas. Me siento mal, terriblemente mal, veo que no es una situación ni equitativa ni justa, tanto para ellos como para mi.

Publicado la semana 20. 15/05/2018
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