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Sol

LUZ DE GAS

A la deriva, mar en calma. Solo adivino tierra al otro lado del infinito y mi mar es interminable. La sal da más sed cuanta menos agua queda y mi piel se va adaptando al océano de lágrimas fabricando escamas donde antes hubo escalofríos. Ahora me debato entre disparar la última bengala contra el suelo de mi bote salvavidas o dejar que el tiempo adormezca mi poca cordura.

Le quise queriendo, le odié sin querer. Quedé sin sentido tras una lobotomía coronaria y desde eso, intuyo que mis escritos constituyen más una necrológica que meras lamentaciones, echándole de menos en prosa y pecho.
Tendré que sopesar seriamente acudir al forense en lugar del médico. Puede que por fin la autopsia reconozca un diagnóstico acertado. No hay recetas que me hagan mejorar, analgésico que calme el quebrado, antibiótico que detenga la infección de sus bacterias. Me he hecho resistente a toda clase remedios por contagio de organismos en forma de hombre.

Yo solo quise oír su luz, ver sus pasos, improbesar a momentos, que se vaciara conmigo y llenarle otra vez.. Postrarme en sus costillas como área de descanso, postular sus labios como aire, apostar por el trece negro hasta trece veces, preferir perderme en él que capitular en su ausencia.

Pero aquí me desencuentro. Soy la equis en la declaración de la renta, figurante sustituta, protagonista como apuntador sin concha, la banda roja en el carrete de tinta de una máquina de escribir, un empeño empañado, soy las caras lavadas de Kiss, la barrendera de hojas perennes, la aguja mortal y suave que termina dulce.
Soy el hallazgo de una masa de mercurio: no sé dónde guardarme ni qué hacer conmigo, azogue sin destino en fluorescente ni barómetro alguno. El mundo es un señuelo… y oscuro, está claro, no es mi medio para sentirme entera.

Publicado la semana 86. 21/08/2018
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