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Sol

DEUDA SALDADA


Huyó como en las películas, hacia el oeste por la Cuarenta y siete.  Dejó atrás un cuerpo todavía caliente y en carne viva, rosada. Como equipaje restos de mi saliva en sus labios. No hizo falta carretera,  ni siquiera vehículo, tampoco despedida. No hubo nota de liquidación, ni carta recomendándome a otro hombre, solo un mensaje de los del auricular verde para finiquitarme. Apenas unas manidas frases, guión ridículo para alguien que domina las letras.

Una promesa que empezó a derretirse al día siguiente víctima de su propia ilusión, de sus tempranos planes. Difícil encajar el estallido de anhelo por causa propia un sábado... y un despacho dominical. El saldo a su favor, mi debe y mi haber en una cruz invertida: debí haber desconfiado, demasiado crédito a sus urgentes asientos en papel sábana deshecho.

Intentó cuadrar con otra excusa un par de veces, puede que tres contables ganas por un atajo insensato. Hasta impuso juego disfrazándonos de camaradas, como antiguos amantes, pero pretendiendo hinchar su orgullo con mis pensamientos reservados a él, templando así recuerdos congelados en distancia justo ahora que invierte en otra. Podría denunciarle por comisiones de caricias en negro.

La culpabilidad siempre tiene cabida en un corazón sensible, en un pecho irresistible de abrazos. Confieso que me cuesta resistir su sonrisa más lejos que en mi boca y me gusta leerle hasta las instrucciones de empujar y tirar de una puerta. Pero ahora soy yo la que escapa a su capricho de cambiar vino por vinagre. No más analizar riesgos ni calcular intenciones, no a contratos indefinidos, quiero lucrarme de risa, de emoción imprecisa en negocios pasionales, de cobrarme en piel intereses, de  ingresar suspiros.
Publicado la semana 20. 18/05/2017
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