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Sol

SIETE SANTOS DÍAS

 

Se acerca la semana que nombraron Santa por celebrar pasión, muerte y resurrección de alguien sobrenatural que inventaron como protagonista.

Casi como mis últimos años: la pasión de querer salvar, la muerte de una unión y la resurrección posterior casi por deber. Más tarde se han ido alternando vida y muerte seguidas de vueltas breves al mundo apenas para volver a respirar y desfallecer al primer atentado de delirio.

Hay un Domingo de Ramos en el que se estrena una prenda y se lleva una palma o ramo de Olivo a bendecir. Yo encendí muchas esperanzas cuando proclamaban amor, pero no recibí de verdad, y casi nunca  suficiente.

Hay un lunes Santo que se custodia una escultura como si lo más preciado fuera, como aquellas veces que vigilaba yo el teléfono rogando por que sonara, porque emitiera un mínimo sonido.

Hay un miércoles Santo que celebra la traición de un tal Judas como instigador de la muerte del personaje principal, cuando vende a su mentor por treinta piezas de plata... confieso que a menudo me dejo engañar con menos de treinta palabras.

Hay un jueves santo en el que se celebran los siete caminos que tomó el santo en un periplo agonizante. Puedo recordar cada mirada, cada beso, cada cama testigo de los cuerpos, olores, jadeos, promesas desesperadas, mentiras imprevistas.

Hay un viernes santo que se conmemora la muerte del traicionado y el vía Crucis, las mujeres visten de negro como yo, más o menos siempre, un eterno duelo desde un entierro propio.

Hay un sábado santo que se celebra lo que se va por lo que viene, hay quien tira la vajilla por la ventana para deshacerse de lo antiguo por lo renovado, lo viejo por lo nuevo. Yo tiré todas aquellas cartas y fotos, aquellas pruebas irrefutables que juraban devoción.

Hay un domingo de Pascua que se acostumbra a pintar huevos de colores y en algunos sitios se queman monigotes, como las inflamables penas que arden como brea y se cristalizan al secar las lágrimas. Ni la pintura puede maquillar los estragos de la tristeza.

Ni costalera, ni nazarena, solo una lanza en forma de capirote clavado en el costado izquierdo. Traicionada por padecer de alma moribunda y hambrienta, vendida por veintinueve palabras lisonjeras, herida por exceso de fe como creyente sobrepasada.
Publicado la semana 15. 03/11/2017
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