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Sol

ÚLTIMA ENTREGA

Pronto se cumplirá un año de su última carta. Pública y sin destinatario, casi peor que un anónimo.

Sopesé por su tono, un par de días antes de la reunión, que habían brasas encendiéndose de nuevo, la misma tarde obtuve respuesta a esa duda con la que me levanté.

Los reencuentros despiertan estados comatosos. Sus gestos y comentarios no hacían más que darme excusas para ver señales continuamente, pero el tanteo de pies bajo la mesa no acabó más que por subrayar lo que estaba en mayúscula y cursiva. El público molesta en escenas de cierta fricción, así que dando una más que buena propina, decidimos comernos, los postres en casa.

Un año y tres meses desde nuestra última fagocitación carnal. Cuatro estaciones y media, maldito tren de lejanías, sin respirarnos de cerca, sin aspirarnos el aliento. Mis huellas seguían desdibujadas en su pared, mi imagen suspendida en su espejo. Antiguas arrugas en su sofá marcadas con tiza desde mi cabeza, siluetas en delito flagrante.

Inició el ritual con otro café y un vaso de agua, dijo que tenía sed, pero, creo que era el hambre que nos hacía salivar. Trivialidades de mucha importancia y algunas caricias a quemarropa. Recorrió mis trastes, pellizcó las cuerdas que me hacen sonar, percusión de cuerpos. Imantados por los labios, le sonreí al resucitar su sal. Nuestra piel olía igual, cada pliegue era trinchera, cada hueco invadido sin armas ni por la fuerza. No  cuentan las batallas sino la pasión en la lucha.

Siempre confesó que prefería vestirme, síntoma de desnudo. Esa noche me vistió… y me abrochó la sandalia que perdí al desarmarme. En ese momento comprendí que las despedidas no son siempre desde los labios.
Publicado la semana 10. 03/05/2017
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