02
Severina Bau

Ali

Mientras el metro seguía zigzagueando bajo los edificios victorianos de South Kensington Sara se acordó de Ali. Miró a su alrededor por si daba la cósmica casualidad de que estuviera en el mismo vagón en ese preciso instante. Pero no, Ali no estaba. La última vez que la vio, hacía casi treinta años, fue en la circle line. Sara estaba sentada leyendo un libro y cuando levantó la vista la vio, allí de pie con una mano agarrada a la barra central entre las filas de asientos. Llevaba su moño habitual, su pantalón rojo fino y sus zapatos de plataforma. Pensó que miraba con la misma cara de loca a punto de estallar con la que se dijeron adiós después de compartir habitación durante algo más de un mes. 

Sara, evidentemente, no la saludó. Levantó el libro hasta taparse la mitad de la cara y no se atrevió a volver a mirar hacia el mismo lugar del vagón ni cuando salió en Gloucester Road. 

Cuando llegó a la residencia se lo contó a su compañera Natalia, una bailarina catalana que también había vivido bajo el régimen del terror que había impuesto Ali. 

“No te vas a imaginar a quién he visto en el metro...”

“¿A quién?”

“¡A Ali! Qué fuerte. El destino, ¿lo ves? El puto destino del que hablaba ella la ha llevado a cruzarse conmigo en Londres. ¿Cuáles eran las probabilidades de volver a ver a esa loca? Dime...”

“Pero ¿te ha visto? ¿Os habéis saludado?”

“No, no. Ni siquiera sé si ella me ha visto a mí. Pero es que ... ¿te acuerdas de los pantalones rojos, no?”

“Sí, claro.”

“Pues los llevaba, con el abrigo y las plataformas esas medio sandalias de verano.” 

“Osti tu.. No habrá comprado ropa en todo este tiempo.”

El día que Ali apareció en la habitación número trece de la residencia de estudiantes con una especie de atillo como único equipaje, Sara y Natalia supieron que había algo raro. 

Al principio decidieron no darle mucha importancia. Pensaron que habían tenido suerte de topar con una nativa porque así hablarían más inglés. Todo se empezó a torcer cuando supieron a qué había ido Ali a Londres. Les contó que llevaba años viviendo con su familia en Singapur (la pinta oriental la tenía, se movía dando pequeños pasitos como si fuera una geisha) y que había decidido volver a Londres a hacer a resolver unas “cosas”.

A los cinco minutos les confesó con total y absoluta normalidad que esas “cosas” eran exactamente una: reencontrarse con un antiguo novio. 

“Me he dado cuenta de que es el amor de mi vida. Estuvimos juntos un tiempo pero algo falló o quizá no fue el momento adecuado para conocernos y estar juntos. Pero ahora sí que lo es”. 

“Ah... ¿Y has mantenido contacto con él durante todo este tiempo?”, preguntó Natalia que de pura espontaneidad a veces parecía una cotilla. 

“No”, contestó ella con una sonrisilla maliciosa. 

“Entonces, ¿cómo lo vas a encontrar? ¿Tenéis amigos comunes?”

“No”, y se le escapó esta vez una risita. 

“¿Entonces lo vas a buscar de alguna manera?”, preguntó Sara ya impaciente y algo molesta por lo absurdo de la conversación y porque Ali había conseguido captar toda la atención. 

“Sé dónde trabaja, en una sastrería cerca de Bond Street.”

“Entonces irás mañana a verle y a decirle que has vuelto”, resolvió Natalia aliviada. No soportaba que una buena historia de amor terminara mal.

“No, no. No pienso ir a buscarle. Lo voy a dejar en manos del destino.”

“¿El destino?”, inquirió Sara tratando de que no se le notara demasiado que ya había llegado a la conclusión de que su nueva compañera estaba realmente fatal de la cabeza. “Esos pantalones de fibra en pleno invierno con esos zapatitos”, pensó para reafirmarse. 

“Sí, si el destino quiere que volvamos a estar juntos nos unirá. Un día paseando o comprando o en el metro nos encontraremos y yo le dire: Hola, ¿cómo estás?”

Sara pensó si sería eso lo que ella diría en su caso, “en el caso de que el caso se diera”, se recordó a sí misma. Si Ali supiera lo que se proponía, se reiría en su cara con esa vocecita suya. “Ahora te das cuenta idiota. Treinta años después”... le espetaría con esos mismos pantalones holgados de chicha y nabo color rojo y ese moño grasiento.

Por fin llegó su parada: Oxford Circus. Mientras dejaba como las escaleras mecánicas le aupaban a la superficie, Sara sintió por primera vez que estaba tan loca como Ali pensando en la fuerza del destino (“Mecano, no”, instruyó a su cabeza para que dejara de reproducir el estribillo de esa canción). Una parte de sus neuronas estaba de acuerdo con el veredicto de locura y se mofaba de ella recurriendo a ese grupo musical que tanto detestaba. 

Entonces recordó lo que pasó cuando Ali preguntó dónde estaba el baño. Natalia y ella aprovecharon para fisgonear lo que había colocado en el armario. Y encima del pantalón rojo de chicha y nabo y un par de camisetas de algodón había una colección de enormes cuchillos bien colocados y relucientes. 

“Esta nos mata esta noche”, susurró Natalia. 

Sara sonrió mientras salía de uno de los tramos de las escaleras. Son esos pequeños detalles los que te convierten en una verdadera lunática. No estaba tan mal como Ali after all.

Publicado la semana 54. 14/01/2018
Etiquetas
Mecano , Black Mirror , De noche
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