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Severina Bau

Valeriano y el regreso de Lady Bronte

Valeriano Morlán no podría haber elegido un mejor día para morirse. Si llega a saberlo, es posible que hasta hubiera dejado de respirar adrede. Pero fue una verdadera casualidad (o el mismo destino premiándole por su bondad) que falleciera el mismo viernes en el que Frank Max Savezim volvía a la capital para tocar el concierto de violín de Beethoven. Y esta vez venía con su Lady Bronte.

Hacía seis meses que Valeriano y  Frank se vieron por última vez. Aunque delicado de salud, hizo el esfuerzo para ir a escuchar a su amigo al auditorio. El nuevo director, un joven músico ruso, había decidido programar a Bach con Prokofiev. Impensable mezcla en la época de concertino de Valeriano. "Los tiempos han cambiado, padre", le decía su hijo Martín, que había seguido los pasos de su padre y era el segundo viola de la orquesta.

Valeriano visitó al alemán en su camerino tras su impoluta actuación. Siempre admiró su técnica y su capacidad camaleónica a la hora de tocar. Era capaz de interpretar como si fuera dos violinistas diferentes. Igual de buenos, pero distintos. Sin embargo, a pesar de que no podría objetarse nada a su interpretación, el Savezim que había tocado no era el que Valeriano recordaba.

"Es un Guarneri del Gesù", le comentó ya en su camerino. "Es un violín fantástico, pero no es para mí. A tí siempre te gustó más el sonido del Guarneri, ¿verdad?".

"Es posible, pero es que tu Lady Bronte es mucho Stradivarius... de la mejor época diría yo... "

"Estoy de acuerdo, aunque es verdad que no todo el mundo piensa lo mismo. Es cuestión de gustos, pero dime ¿cómo estás? Te veo bien".

"Ahí voy. Ahí voy".

Valeriano no le quiso contar que hacía dos meses había estado ingresado por una neumonía en el hospital y que la cosa había terminado regular. Los médidos le habían dicho que se tenía que cuidar mucho de no volver a coger ni un mínimo resfriado porque su estado de salud era muy delicado. Tenía las defensas por los suelos y aunque él había sido siempre de buen comer, últimamente no tenía mucho apetito.

"Ah, Valeriano, estás tú aquí", dijo su amigo Ernesto tras llamar a la puerta.

Ernesto Gómez Arástegui había sido durante años el director de la orquesta. Él y Valeriano habían crecido prácticamente juntos. Se conocían desde los cuatro años. Los dos habían sido violinistas pero Ernesto luego se decantó por la dirección de orquesta.

"Disculpa, Frank, hay una periodista fuera que quiere hablar contigo", comentó Ernesto.

Savezim salió a la puerta y se ausentó durante un par de minutos. Valeriano, sin quererlo y sin pensarlo, se vio atraído hacia la funda del violín. Todavía estaba abierta. Pasó sus dedos por las cuatro cuerdas para quitarle los restos de resina que quedaban. "Un Guarneri del Gesù", se dijo para sí mismo. Hacía años que no veía uno tan de cerca.

Valeriano sabía que se estaba muriendo porque hacía meses que ya no tenía ni fuerzas para tocar el violín. Nunca le había pasado eso. Incluso cuando falleció su mujer y se hundió en una terrible depresión, su instrumento le ayudó a recordarla cada día como si estuviera allí con él. De alguna manera ella se reencarnó en su violín y él tocaba horas y horas para contarle cómo se sentía, que era lo que había hecho ese día, incluso qué había sido capaz de cocinar él solo. La música fue su tabla de salvación. Valeriano hablaba en voz alta para contarle lo que iba a tocar cada día. Su mujer siempre había sido muy mala con los nombres, aunque tenía un oído muy fino. Una vez le bastaba para recordar una melodía. "Esto ya te lo he oído, Valeriano", le decía.

Pero su cuerpo parecía haber dicho ya basta y ya solo le quedaba contar las horas, los días para reunirse con su Matilde. Sus hijos le decían que se iba a recuperar, que si hacía lo que decían los médicos pronto volvería a encontrarse mejor. Pero Valeriano sabía que ya había iniciado la cuesta abajo.

Terminó la primavera sin volver a recaer. Pero al final del verano sufrió una caída tonta mientras salía del portal para ir a misa. Se rompió la cadera. Valeriano supo cuando tocó el asfalto con la cara, pues no le dio ni tiempo de poner las manos para frenar el golpe, que ya no volvería a maldecir ese escalón del portal de su casa. Del hospital saldría esta vez. Su estado de salud era demasiado frágil para operar. Los médicos no estaban seguros de que pudiera soportar la intervención. Luego llegó la infección, la fiebre, los antibióticos y Valeriano dejó de respirar exactamente a las 19.35 del viernes 12 de septiembre. Justo en el momento, no muy lejos del hospital donde yacía, su amigo Savezim salía al escenario a tocar con su Lady Bronte. Lo que hubiera dado Valeriano por haber visto al alemán tocar una vez más.

Su amigo Ernesto no se lo perdió, por supuesto. Fue en el intermedio, al encender el móvil para modificar la reserva de cena que había hecho, cuando le entró el mensaje de Martín. "Mi padre acaba de fallecer. Estamos todavía en el hospital, pero calculamos que antes de las doce ya estaremos en el tanatorio".

Estaba a punto de llamar a la puerta del camerino de Savezim. Apoyó su mano derecha en la puerta, mientras sujetaba el móvil con la izquierda y las lágrimas comenzaban a surcarle el rostro. Sabía que Valeriano no estaba bien, pero no se le ocurrió que su vida estuviera en peligro la última vez que le vió antes de las vacaciones de verano. "Estaba bien. Pero si estaba bien", se repetía mientras recordaba su rostro bonachón sentado en el orejero color mostaza de su casa. Era su silla favorita desde hacía años. Ernesto suspiró profundamente, se secó las lágrimas con la palma de la mano y llamó a la puerta.

"Frank, amigo mío", le dijo mientras le abrazaba. "Acabo de enterarme. Valeriano ha muerto esta tarde".

Y mientras los torsos de los dos músicos se fundían en uno solo, en los pasillos retumbó un Re menor. La orquesta y el coro habían empezado la segunda parte del concierto.

"Réquiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis."

Era el Requiem de Gabriel Fauré que resonaba en el camerino en honor a Valeriano, pensaron los dos músicos mientras seguían abrazados.

 

Publicado la semana 38. 25/09/2017
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