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Severina Bau

Mi teta

Querida teta, 

Cuando me enteré llevaba ya despierta dos horas con un poco de resaca. No es habitual porque he decidido controlar un poco la ingesta de alcohol, pero la noche anterior había celebrado una fiesta en casa. Mientras yo bebía vino con mis amigos, estrenando nuevas sillas y unos platos que había comprado en el IKEA, tú te apagabas sin que yo supiera nada. Trato de recordar cuándo fue la última vez que te vi este verano y me temo que me marché sin despedirme. Creo que fue por cobardía. A lo mejor era ya la última vez y no sabía si iba a poder disimular. Y ahora mismo lo que me viene es tu timbre de voz. Lo tengo clavado junto a tu cara asomando por la puerta cuando oías jaleo de llegada en el pasillo. 

“Ay... ¿ya estás por aquí?”

Tus frases casi siempre empezaban con un “ay”. Si alguien lee esto sin conocerte a lo mejor cree que eras una mujer quejosa. Y tú risueña les dirías: “ay... la vida hay que vivirla que son dos días. Te lo digo yo.”

Me acuerdo del verano que apareciste con un pañuelo colorido en la cabeza. Ostras, mi madre ya me había preparado, pero buf, me costó que no se me notara lo impactada que estaba. “Hombre, se le nota toda la tralla que lleva de quimio”, me había dicho, “pero hay que ver la fuerza que está sacando. ¡De debajo de las piedras! Es digno de admiración. Está durando... Los médicos le dijeron que le quedaba medio año de vida y mira, ahí está. Increíble la fuerza que tiene. Además ya le he dicho que ahora tiene que cuidar la alimentación ... ”. Ya sabes, mi madre siempre tiraba hacia lo suyo ;) 

Se te había caído hasta el pelo de las cejas. Pero tú seguías igual de contenta. “Un verano más”, te decías a ti misma. “Un verano más que sigo aquí disfrutando de mi Pepe y mis dos niños”. 

Y al año siguiente ya te había crecido el pelo y habías aparcado la peluca negra. Un verano más desafiando los pronósticos de los médicos. Tú además siempre tan coqueta con las uñas pintadas y una base de maquillaje puesta. Se te seguía notando, (pero mucho menos por supuesto), la cicatriz curva que te recorría la nariz. Recuerdo cuando todavía estabas con los puntos después del accidente de coche. También otro verano. 

“Abre, que es la teta”.

Y abría la puerta. 

“Ay... Hola a todos. Vengo porque, ya sé que es muy mala hora, pero Pepe me acaba de llamar y me dice que vendrá a comer tarde y yo no había preparado nada. Estaba en casa tan tranquila, sentada viendo las noticias cuando me ha llamado y me ha dicho que llegaba a comer. Y ay... que no tengo nada porque yo me he apañado con las sobras de ayer, no tenía yo mucha hambre... Tengo la nevera prácticamente vacía pero había pensado: esta tarde cuando venga Pepe nos vamos juntos al Mercadona porque yo mucho peso no puedo coger ¿sabes? Así que digo, a ver si mi vecina Pili tiene unos huevos o algo que le apañe una tortilla aunque sea. ¡Cha Toni! Ja has menjat?” 

Y te reías. Y cuando te reías echabas el tronco hacia adelante. No sé si alguien te lo había dicho antes. También arrastrabas un poco los pies al andar. Dudo si tenía que ver con la enfermedad y tu debilidad física. Es posible que cuando eras soltera y volvías a las tantas no lo hicieras. La verdad es que no lo recuerdo porque era pequeña. Esos veranos en los que la que llegaba de resaca a las tantas eras tú. Luego nos cambiamos, y era yo con mis hermanas. “Shhh, no hagáis ruido que despertaremos a Kíton”. Mira que el perro nos conocía desde hacía años, pero a veces nos detectaba volviendo de madrugada y ladraba. Putada, porque entonces mis padres ya sabían exactamente a qué hora volvíamos del pueblo.

Creo que no hablamos mucho de Kíton. Quizá porque habían pasado tantos años y había otras tantas cosas que contar: la salud de tu madre, Maruja, los estudios de Susana, el traslado de expediente de Nacho a Alicante, el libro de Pepe, la reforma de tu casa, el tete José Ricardo, los planes de verano... 

Si te hubiera recordado a Kíton seguramente me habrías dicho: “ay, yo ya sé lo que es vivir con un perro y no... No quiero saber nada de animales en casa ¿sabes? Luego estás todo el día limpiando porque claro, sueltan pelo, aquí y allá...  y los tienes que sacar a pasear y recoger sus cacas... Quita, quita, que yo estoy muy bien con lo que tengo y ya es bastante”. Y volverías a soltar una carcajada y a echar el cuerpo hacia delante. 

“¿Tú te acuerdas de cómo consiguió el tete a Kíton?”

“Sí, se lo encontró por la calle”. 

“Ya, pero ¿tú sabes cómo llegó a casa con él?”

“Ay... pues no. Se lo traería y mis padres le dirían de todo, pero aquí que se quedó el animal”. 

“El tete me contó que se lo encontró, que era un chucho callejero, pero que había otro que también se lo quería llevar a su casa. Contaba el tete que para zanjar la cuestión dejaron a Kíton en un punto y cada uno de los dos se situó en un extremo. Cuando le llamaron a la vez, el perro se fue con el tete José Ricardo y así es cómo lo consiguió”. 

“Jajaja, no sabía yo esa historia. Vete tú a saber si fue así o no”. 

Tampoco te conté nunca lo que me cortaba tu marido. Ya sé que Pepe era un hombre agradable, pero entenderás que para mí siempre fue un poco un extraño. La teta eras tú. A veces cuando pasaba a saludarte dudaba de si darle o no dos besos porque él mantenía las distancias y nunca me preguntaba nada. Dejaba claro que la relación era únicamente nuestra pero no por indiferencia, creo yo, sino porque creía que esa era la forma correcta de actuar. Por mucho que se empeñara, nunca conseguiría ser más que el marido de la teta. Y es bastante probable que tuviera razón. No te lo tomes como una crítica. Sé que ese hombre te quería con toda su alma. Y tú le adorabas. Se notaba. Te desvivías por él y él te trataba como a una reina. Al menos es lo que yo me imaginaba desde fuera. Una relación hombre y mujer clásica, es verdad, pero parecía funcionaros bien. Dos hijos ya mayores, con sus carreras universitarias, con un futuro más o menos encauzado. ¿Te acuerdas cuando os fuisteis a ver a Susana a... ¿a dónde era? ¿Letonia?

“Estonia... Ay, a mí también me costó aprendérmelo. A mí cuando Susana vino y me dijo “mamá que me voy a Estonia de Erasmus” yo le dije: hija mía, ¿no te podías ir tú a Francia o Italia que te tienes que ir a un sitio que ni siquiera tu madre es capaz de poner en un mapa? Luego ya lo vimos juntas y sí, está por ahí al norte, ¡casi llegando a Rusia! Mareeeee... Pero mira ella está contenta. Yo le dije: pero hija mía ¿allí que hablan? ¿Tú no ibas a aprender inglés? Y me dijo que las clases eran todas en inglés. Que aunque allí se hable estonio, o cómo se diga lo que hablen allí, en la universidad las clases son en inglés. Así que mira, bueno, por lo menos que me vuelva con el inglés mejor. Ahora ya te digo yo que Susana es la única española que se ha pedido Letonia de toda la universidad. Es que ella es así... Va a su aire y cuando se propone algo, la tía va y va y va, y al final lo consigue”. 

¿Sabes? Tú eras igual de tozuda. Además te cambiaba el tono de voz cuando hablabas de Susana o de Nacho. A ver cómo te lo explico, era como más aguda. Ahora pienso que musicalmente hablando subías tres tonos mínimo. Te elevaba el orgullo de madre, supongo. La verdad es que yo no he oído a mi madre hablar de mí con sus amigos, pero dudo que le suba el tono de la voz. Estoy segura de que mi madre también está muy orgullosa de mí pero es que a ti se te notaba mucho. Oye, para lo bueno y para lo malo, que sé que estabas muy encima de tus niños y yo eso no sé cómo lo habría llevado. 

No te lo vas a creer, pero me ha entrado un poco de frío mientras te escribía esto y me he ido al armario a por una sudadera y ya en la habitación me he dicho: qué sudadera ni qué sudadera, la chaqueta de lana de mi iaio. Me la he puesto y he sentido cómo me arropaba en todos los sentidos. Mi iaio, ¿te acuerdas? Todos los veranos con él. ¿Tú padre y él se trataron mucho? 

“No... mi padre era más joven”

Sí, claro. Para mí siempre fueron los dos muy abuelitos de aspecto. El señor José, cómo me acuerdo también de él. Y del día en el que mi hermana atravesó el cristal y mi madre os llamó a casa y tú la llevaste al hospital en tu coche. Tú carnet recién sacado. Yo miraba desde el ocho, junto al ascensor cómo llevabais a mi hermana en volandas y la metíais en el coche. Tú madre se quedó con nosotras. Volvimos a entrar en casa y ella apareció con una fregona y un cubo para recoger toda la sangre que había en el recibidor. Era brutal la sangre que había por todas partes. Y mientras tu madre escurría el mocho lleno de sangre yo recuerdo que la miraba aterrorizada. Ella también estaba nerviosa friega que te friega y en un momento levantó la vista y me vio allí, junto a mi otra hermana, las dos como hipnotizadas con el trazado de las tiras del mocho. Entonces nos dijo: “no os preocupéis. La sangre es muy escandalosa. La sangre es muy escandalosa...” No te lo creerás, pero esa misma frase me la he repetido yo a mí misma alguna que otra vez para no asustarme con alguna herida. 

Ay, teta... cuántas historias. Mira, ya hablo como tú. ¿Sabes lo que me habría gustado contarte antes de irte? Que te quería mucho, que sabía que me querías, que estaba bien y que había conseguido publicar un relato con el nombre de mi iaia. Y a lo mejor le habrías contado a Pepe con un tono parecido al que utilizabas cuando hablabas de tus hijos (quizá dos tonos no tres más agudo): “pues ha publicado un libro y ha firmado con el nombre de la madre de Toni.”

Un libro no, teta, un relato. Te echaré mucho de menos.

Publicado la semana 105. 06/01/2019
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Agnus dei, Gabriel Fauré , El verano , Por la noche
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