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Severina Bau

Eres pelirroja

Nuevo mensaje de Linkedin. 

“Felicita a Mª Carmen García por cumplir diez años en Venize Systems” Foto de perfil de Mari Carmen García sonriendo con una coleta y raya en medio, camisa blanca, pendientes de plata y fondo de un restaurante. 

El corazón le dio un vuelvo y las lágrimas asomaron a los ojos sin terminar el recorrido por las mejillas. Sara estaba en el trabajo y no quería dar explicaciones, pero sin darse cuenta ya había lanzado uno de sus “Ohhhh” en voz alta y se había llevado la mano para taparse la boca (la segunda parte del “Ohhhh”). 

- ¿Qué pasa?, le preguntó su compañera Cecilia. 

- Pues que la gente que se muere sigue teniendo perfil de Linkedin. Nadie se debe molestar o caer en la cuenta de que habría que cerrarlo. 

Cecilia se asomó a la pantalla y vio a Mª Carmen García feliz. 

- ¿Amiga tuya?

- Sí. Tenía mi edad...

- ¿Cáncer?

- Sí, fulminante. Hace un año.

Cecilia puso un gesto de dolor y justo en ese momento comenzó a sonar su teléfono. 

- Perdona... me llaman

- Sí, sí. No pasa nada. Estoy bien.

Sara siguió mirando la fotografía, como si tratara de buscar alguna pista, alguna señal que le hubiera pasado desapercibida. Nada. ¿Habría sido capaz de reconocerla si se hubiera encontrado con ella otra vez por la calle? Creía que sí. Estaba casi igual. La misma sonrisa, el mismo gesto de niña, la nariz chata... Claro que en la foto con el pelo recogido no se apreciaba bien. Tampoco el color de sus cejas. La última vez que se vieron tenían las dos 14 años. ¿A lo mejor había dejado de ser pelirroja?

- Mari Carmen, ¿tú sabes que eres pelirroja, verdad?

- Sí.

- Vamos, que tienes el pelo de color pelirrojo...

Mari Carmen se ponía a llorar en silencio. Sara la miraba anonadada. ¿Cómo podía ponerle triste eso? Vale que era la única pelirroja de la clase... ¿Era por eso? ¿Por qué algo tan obvio traumatizaba de esa manera a su eterna compañera de pupitre? Garcia y Gavela. Siempre juntas. Tenían diez años la última vez que recordaba habérselo dicho. Estaban sentadas en la última fila, alineadas con la mesa de la bruja de la señorita Mónica.

Toda la clase sabía cuál era el punto de débil de Mari Carmen García. En el patio, cuando alguien se enfadaba con ella (porque tenía también su carácter), le decían: “¡pelirroja!”, y Maria Carmen García quedaba automáticamente desactivada. Se daba media vuelta gimiendo una especie de “Grrrrr” y se alejaba. Luego lloraba a escondidas. 

Por eso, de vez en cuando, Sara se lo recordaba. No lo hacía para hacerle daño, tal y como presuponía la horrorosa señorita Mónica. Quería saber si ya lo había superado. Eso y porque quería entenderlo. 

 

- Pero Mari Carmen, no pasa nada. Es un color muy bonito...

- Claro, lo dices porque no lo tienes tú.

A Sara le habría encantado volver a encontrarse en algún otro momento con Mari Carmen García, informática en Venize Systems, felizmente casada y con una hija, y recordar ese momento de su niñez. Seguramente se habrían reído de lo lindo las dos. Sara le habría explicado entonces por qué se lo recordaba de vez en cuando. 

-  Mari Carmen, es que nunca entendí por qué te afectaba tanto eso.

- Ya... Yo tampoco lo entendía pero me ponía triste. Por aquella época no había muchos pelirrojos y no sé... era como si te llamaran perro verde.

- Pero si yo te decía que era un color chulísimo, que eras la única de todo cuarto que lo tenía...

- Ya, me acuerdo de eso. 

- Pero no te lo decía para hacerte daño, sino para ayudarte. 

- Lo sé. Sé que no lo hacías para hacerme llorar. 

- Es que no entendía cómo alguien podía meterse con otra solo por eso.

- Bueno, acuérdate de Adriana, la rubia que vino en sexto...

Es verdad. La martirizaron y les cayó siempre mal porque era rubia. Todo lo rubia que alguien puede ser. Pero no un rubio como el de Begoña, Marta o Bárbara. Era un rubio tipo nórdico surfero (si es que eso existe). Nadie había visto un pelo así en el colegio. Algunas decían que se tintaba, pero con once años era un poco raro que su madre le dejara. 

- Lo que le pasaba a Adriana es que además de ser rubísima era la hija del presidente de la diputación y era bastante tonta y creída. 

- Sí, eso también.

- ¿Te acuerdas de la tortilla de calabacín?

- ¿Qué tortilla de calabacín?

- Sí, ese día que me llevaron a cortarme el pelo a la peluquería de tu madre... 

- Ay, sí. Te lo tuvieron que cortar a lo chico. Cómo llorabas...

- Sí, mi padre me dio un trasquilón con el flequillo y parece que era la única solución. Recuerdo que tú estabas a mi lado y sonreías mientras tu madre metía la tijera. 

- Me acuerdo perfectamente. 

- Y luego como estaba tan disgustada tu madre me invitó a cenar con vosotros en el campo. Mis padres tuvieron que dejarme. Nos fuimos y se me olvidó lo del pelo. Jugamos con unos gatitos que había...

- Ay sí, los gatitos. Siempre había gatitos en la masía. 

- Y luego cogimos un calabacín del huerto y tu madre hizo una tortilla. Recuerdo que me preguntó si me gustaba y yo mentí y le dije que sí. No la había probado nunca y me encantó. Cuando volví a casa recuerdo que le dije a mi madre que me gustaba la tortilla de calabacín y se alegro mucho. 

- Jajaja. No me acuerdo de eso. 

- ¿Qué tal tus padres?

- Bien, muy bien los dos. 

- ¿Y tu hermana pequeña?

- Se casó con un americano y viven en Estados Unidos. 

- Ah... Qué lejos. A ver, déjame que mire mejor porque con coleta no sabría decirte, ¿sigues siendo pelirroja? Y tu hija, ¿te ha salido pelirroja

Publicado la semana 100. 26/11/2018
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Barbra Streisand , Magdalenas , Cuando sientas nostalgia de EGB , pelos, traumas infantiles
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