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Samuel Baldeón

EFECTO LÁTIGO

―Nunca supe lo que era el efecto látigo hasta que me monté en tu coche. ―No solo era la primera vez que oía hablar de tal efecto, Luisa estaba bastante segura de que era la primera persona en el mundo a la que se lo explicaban.

Claro que, una vez su padre y ella tuvieron que ser rescatados de una cuneta por una grúa, por culpa de “un latigazo que me dio el coche”. Fue la primera grieta en la sensación de seguridad que le transmitía su padre. No fue definitiva, fue definitiva mucho más tarde, cuando la definitiva separación. Marcas profundas las de los latigazos. Siempre asumió que había bebido, que no era capaz de cuidar de si mismo. Como me va a cuidar a mí entonces. Doce años apenas y ya muerta de miedo de conducir con él.

Ahora tenía una explicación. El efecto látigo. No había preguntado por ello. Pero el tema del automóvil era parte de Santiago. Para ella los automóviles solo eran cosas útiles. Para Santiago los coches tenían personalidad. Eran dignos de admiración. Y dignos de explicación no requerida. Tenían, por supuesto, los coches enfermedades fatales o fatalmente inoportunas. Sufrían de efecto látigo. El efecto látigo era la fatalidad de que bruscamente la parte trasera del coche se revelara contra la delantera y decidiera competir con ella. Tal desorden se producía en circunstancias similares. No solía incluirse entre los entendidos, que lo sobreentendían, que la principal circunstancia era conducir a excesiva velocidad. Santiago solía conducir a excesiva velocidad. Con alarma Luisa imaginó que conducir a alta velocidad era la marca del entendido. Quizá por tanto su padre había sido un entendido también. Un entendido capaz de reconocer el efecto látigo, incapaz de prevenirlo.

 ¿Santiago sería más capaz o más entendido que su padre? Porque la alta velocidad a la que estaba conduciendo le preocupaba. La carretera otra vez era estrecha, los árboles cercanos, las curvas muchas y cerradas, como un látigo en reposo. Un restallido quizá a la salida de la siguiente. Un latigazo fatal de nuevo. Santiago había bebido, su padre había bebido (quizá, ya no estaba tan segura). Luisa supo que una repetición la esperaba en la próxima curva, no, en esta no, la siguiente sí, pero tampoco, la otra entonces. O la otra. Una de ellas al final lo sería, de eso estaba segura. Contarlas, anticiparlas, no era un juego ya, era aterrador.

Para. Echa el freno. O paras o me bajo, esa amenaza incongruente. Todo pensó que debía decirlo, que debía impedir la repetición. Ese ripio de rima a la que la sometía el tiempo. Pero estaba fascinada. Era como revivir el recuerdo. No recordarlo, revivirlo. Había la misma emoción, la misma extraña euforia por la velocidad, la fascinación por la habilidad del conductor, que solventaba el inminente recodo, las imprevistas eses con gestos violentos, certeros y seguros. Pero revivirlo implicaba el miedo y la fatalidad. Al final esperaba el accidente, el derrape, el latigazo que daba con ellos fuera de la carretera, en una profunda cuneta, el coche volcado de medio lado. Luisa en el medio lado de abajo. Salvada por su pequeño tamaño, herida para siempre en la confianza. Ya no soy tan pequeña. Esa sería la diferencia. Ya no podía confiar en Santiago.

Ocurrió rápido, de repente, pero duró siglos hasta que se le detuvo el corazón. Solo un instante, nadie murió. Nadie que ella supiera. Puede que aquellos ojos. Brillantes. Un perro, quizá un zorro, quizá un gato. Un golpe, o puede que la violencia del latigazo. El coche de nuevo, violentamente descontrolado, un chirrido, luces contra el terraplén. La otra vez los brazos de niña, para cubrirse la cara. Nada impediría que esta vez mirase de frente al mundo, que se le venía encima, que se le caía entero. Desde padres protectores a la inmortalidad de niños despreocupados. De hombres que la querían que eran incapaces de reprimir el ser unos entendidos, incluso jugándose la vida de Luisa.

Nada sucedió. Santiago dominó el derrapaje (el efecto látigo por otro nombre) y el coche quedó parado a dos centímetros de la cuneta. Inmóviles durante unos segundos, quizá unos minutos, varios días, puede que meses. Santiago, apagó el motor, pero mantuvo sus manos en el volante. Estaba volviendo a esquivar el animal, volviendo a controlar el coche. Quizá solo esperando a que el presente le alcanzara, para poder volver a conducir.

Luisa se quitó el cinturón y abrió la puerta, bajó a la cuneta con cuidado. Santiago se quedó mirándola, incapaz de abandonar el volante que aferraba tan fuerte.

­― ¿Estás bien? ―Luisa no pareció escucharle. Examinaba los árboles pegados a la cuneta. Estaban intactos. Miró la puerta que acababa de abrir, sin rasguño alguno. Su coche no necesitaría grúa. Santiago en el lado de la carretera estaba lívido y visiblemente preocupado por ella.

 ―No ocurrió así, esto no tiene sentido―. Luisa no acababa de creérselo y por alguna razón descubrió que volvía a confiar en Santiago, que incluso lo amaba. Pero no podía quitarse la sensación de algo descolocado, fuera de lugar. Subió por el pequeño terraplén de la cuneta hasta la parte de atrás del coche. Se alejó unos metros. El coche no estaba alineado perfectamente con el borde del asfalto, estaba ligeramente descuadrado con la línea imaginaria que separaba el asfalto de la cuneta. Lo supo, en ese detalle estaba la diferencia, marginal, pero que lo cambiaba todo. Se acercó a la puerta de Santiago y la abrió. ―Córrete al lado, conduzco yo, tú no estás para seguir.

Publicado la semana 157. 27/05/2020
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