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Samuel Baldeón

CÓMO LEER A UN ECONOMISTA

De vez en cuando leo algo sobre economía. Como muchos, empecé a estar interesado en la materia cuando esta de repente llegó para afectar dramática y colectivamente mi vida. Cuando mi trabajo devino en salvavidas y dejó de ser solo el medio para conseguir el dinero que me hacía falta, hasta que me hiciera menos falta. De pronto, la economía marcó que debiera olvidarme de muchas cosas y centrarme en conservar o conseguir, bajo amenaza de perder estabilidad e ingresos, en una época aciaga para estar parado, mi trabajo. Así que, como mucha otra gente, decidí prestar atención a una materia, aparentemente tan abstrusa y arcana, que mantenía alejados a los legos como la peste a los campesinos medievales.

Una catástrofe había caído sobre muchos de nosotros, o nos pilló de refilón y nos dejó el susto, la ansiedad y el miedo. Y la catástrofe, de efectos económicos, tuvo también un origen económico, era una catástrofe autogenerada. No el mismo tipo de catástrofe económica, que puede provocar una guerra o una crisis política. Las causas no estaban fuera. La propia economía, sin ayuda ni influencia de nadie, era la que había implosionado como una nova y, luego, derramado destrucción en todas direcciones. No podíamos creerlo, habíamos tenido crisis antes, y algunos las recordaban, pero no eran tan violentamente generales. Había existido sí, una crisis del petróleo, una crisis de las punto com, una desaceleración después de la caída del comunismo en los ochenta. Creíamos que eso era una crisis económica. Desde luego no una tragedia como una guerra, o como un golpe de estado. Las crisis económicas más cruentas quedaban confinadas a zonas obreras que perdían sus industrias, a zonas rurales que se morían de puro pobres y abandonadas. Pero no iban más lejos de los límites de un ayuntamiento. No hundían países enteros en la deuda y la precariedad.[1]

En cualquier caso, tuvimos muchos la necesidad de entender que era lo que había pasado, y la única explicación a la que podíamos acceder era la de la literatura económica. Un tipo de literatura que florecía,[2] abonada por la necesidad de dar sentido a lo que pasaba. Había de todo, desde el sesudo gurú, con aires de profeta maldito, Casandras con gafas y barba que habían predicho la crisis[3], hasta el campechano autor, pretendidamente hombre del pueblo, que explica la economía global o nacional en términos de metafórica[4] aldea o, aún peor, familia tradicional.

Todo esto nos llevó a una situación en que el economista cayó de respetada figura académica y profesional a bufón mediático de popularidad creciente. Este es el elevado y peliagudo listón, lleno de cristales dónde es fácil cortarse, que tiene que superar el escritor económico o el economista escritor en la época actual si quiere ser tomado en serio. Por un lado, debe ser claro, interesante y educativo, no enredarse en tecnicismos oscurantistas, y por otro no debe descender al barro de tratar a sus lectores como alumnos de cortas entendederas, necesitados de comparaciones y metáforas simplistas. Más que nunca, el lector de literatura económica necesita explicaciones, buenas explicaciones de lo que está pasando, no vaguedades de horóscopo y tarot. Es cierto que “nadie tiene una bola de cristal”.[5] Pero tampoco es eso lo que se pide. Solo pedimos conceptos que tengan sentido en un contexto que tenga sentido. Si ni el contexto ni los conceptos tienen sentido en la realidad, que ahora sabemos que es posible, al menos que nuestro redactor sea sincero y nos lo cuente. Creo que es lo mínimo.

Podemos entrar ya en harina. Porque, aunque no lo parezca, el origen de este texto está en una lectura en concreto. Un artículo que apareció en la sección de opinión de El País el 13 de noviembre del 2019. Escrito por un desconocido para mí entonces Jose luís Escrivá.[6] Era un escritor invitado, publicado en la subsección de “Tribuna” dedicada a colaboraciones de autores relevantes sobre el tema que prefieran. En ella suelen aparecer los artículos que Vargas Llosa escribe para el periódico. Estaba claro que Jose Luís Escrivá no era un cualquiera. Al menos en el tema que decidiera tratar. Era sobre economía en sentido amplio, sobre instituciones económicas públicas en sentido estricto.

Pero es algo que no pudimos deducir inmediatamente. Ni yo ni mi compañero de café y periódico Emilio Cendón. Quedamos absortos e incapaces de traducir ese título y encabezamiento a ideas concretas. Y bastante cabreados después.

El problema, curiosamente, Estaba en el título del artículo, un sucinto “Instituciones económicas independientes” que más que un título parece la enunciación del tema a tratar, con una parquedad tan excesiva que no se puede deducir una inflexión en él. Aunque el autor haya creído que está implícita, se equivoca. Mucho.

Tal como está el título, es difícil deducir si se va a proceder a un listado de esas instituciones, si se va a incurrir en una crítica o alabanza a ellas, o incluso si se va a explicar que son. Por cierto, ninguna de las tres es acertada. Uno se encuentra en la rara situación de descifrar un título aparentemente claro que es en realidad muy confuso. Veamos como se podía haber llamado, alterándolo solo ligeramente para cuadrar con alguno de los posibles objetivos que he mencionado arriba, por ejemplo: “¿Cuáles son las instituciones económicas independientes?”, “¿Para qué necesitamos instituciones económicas independientes?”, “Por qué necesitamos instituciones económicas independientes” o “Qué son las instituciones económicas independientes”. Pero quizá el autor, con afán de abarcar todos esos significados en uno solo, haya preferido dejar un título tan desnudo, con la esperanza de que el lector los vea implícitos. Peca de optimismo, en mi opinión. Menos, a veces, es más. Pero ese más puede, al ser tan indeterminado, ser demasiadas cosas, por ejemplo, una proclama de pancarta de protesta a la que le faltan los signos de admiración “¡Instituciones económicas independientes!” O de interrogación “¿Instituciones económicas independientes?” O incluso una coma “Instituciones económicas, independientes”. Este último quizá es el más cercano al espíritu del artículo. Pero también es insufriblemente vago. Una vez leído, uno se da cuenta de que el verdadero tema de este es la defensa de la independencia de algunas instituciones económicas del estado (En particular Airef,[7] la que dirige el propio autor, aunque no la cite). Por lo qué un título mucho más ajustado hubiera sido “Las instituciones económicas deben ser independientes” si se opta por un estilo directo e imperativo. Quizá también en una línea menos agresiva “La independencia de las instituciones económicas”, pero “Instituciones económicas independientes” falla de plano tanto en lo informativo como en lo literario. Por supuesto que no se le puede exigir ser Cervantes al autor, pero imaginemos este estilo aplicado a “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, que tampoco es un título que peque de excesiva retórica. “Hidalgo manchego loco” es, me temo, áspero como la lija y no por sintético más informativo.

Pero por muchos problemas de polisemia que tuviera el título, nada que no se pudiera solucionar con un encabezamiento informativo que nos sacara de dudas. Pero, juzguen ustedes, esto es lo que rezaba:

La estrategia de recuperación de la credibilidad de los organismos debe tener como punto de partida una evaluación de su desempeño, con un compromiso firme asociado de transformación y reforma

¿No se sienten confundidos por esta frase? Si no es así los compadezco, esta escrita en la inequívocamente equívoca tradición del trabalenguas. Si no les confunde es que su empatía no funciona bien.[8] Es posible, sin embargo, que subyazca algún significado. Uno no empieza un texto sobre Instituciones económicas independientes, siguiendo con “la estrategia de recuperación de la credibilidad de los organismos”.

Inmediatamente notamos que sobran sílabas, hay cuatro palabras consecutivas de cuatro sílabas o más, a imitación de un título ya compuesto de tres palabras de cinco sílabas. Solo hay que leer el título, seguido de la primera frase en voz alta, para darse cuenta del tremendo berenjenal en que se mete nuestra lengua. Se puede pronunciar en voz alta sin errores, pero no sin muecas de molestia. Exactamente igual que un trabalenguas. No creo que un ensayo económico, para publicar en un periódico, se pueda permitir el lujo de empezar el texto con un doble trabalenguas. Es una decisión estilística arriesgada de narices, para cualquier tipo de texto. Hay que ser muy bueno para conseguir levantar el vuelo después de molestar al lector. Tienes que tener un muy buen motivo para atreverte, un chiste genial, una relación asombrosa con la realidad. Pero Instituciones económicas independientes no lo tiene. Y así desde el principio empieza con una tara insuperable que consigue alejar a cualquiera de la lectura. Dudo mucho que nadie, que no conociera de antes el nombre de Jose luís Escrivá, aparte del que suscribe, haya leído el resto del artículo tras el título y el encabezado. Es físicamente desagradable leerlo, es intelectualmente agotador sin ninguna necesidad. Comete otra torpeza además entre el título y encabezado. Hace una referencia a una palabra del título, como si este fuera parte del texto. Habla de los “organismos” sin especificar cuáles o qué tipo de organismos. Cree que el lector los relacionará con las “Instituciones” del título. Los títulos no forman parte del texto, nunca. Y por esa razón, las mismas palabras se pueden utilizar inmediatamente después del título. Uno puede llamar a su novela “Lolita” y encabezar su primer párrafo con la misma palabra, sin necesidad de dar explicaciones ni evitar cacofonías.[9] Lo que uno no hace es llamar a su novela Lolita y empezar en media res “Luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía” sin indicar de quién habla, como si fuera evidente. No lo es. El título no forma parte del texto, por mucho que vaya arriba en el artículo. Así que no debería haber problemas (bueno sí, pero de otro tipo) con “La estrategia de recuperación de la credibilidad de las instituciones”, aunque es más que probable que reduciendo a “La credibilidad de las instituciones” iba más que bien servido.[10]

 

¿Significa esto que el señor Escrivá no tiene nada que decir dada su terrible forma de expresarse (por escrito)? En realidad, sí parece que tenga algo que decir. Y es personal. Lo que por alguna razón no encaja para nada con el atribulado estilo con que nos regala la vista.

La información que tengo sobre él, la he sacado de Google, porque tras acabar el texto, muy pocas cosas me quedaban claras. No sobre lo que decía, sino por qué lo decía. El señor Escrivá es presidente de una agencia económica, no integrada por nombramientos políticos, financiada por el gobierno (jocosamente llamada “autoridad”, aunque solo hace informes, no interviene directamente) y ha tenido serios problemas para mantener a la agencia independiente de presiones del gobierno. Ha presentado su dimisión hasta en cinco ocasiones para salirse con la suya. No cabe duda de que aquí hay algo que contar. Uno no presente su dimisión casi cada año sin haberlas tenido tiesas con alguien. Así que cuando habla de que las instituciones, organismos, etc… dependientes económicamente, pero independientes políticamente, deben permanecer así contra viento y marea, habla por experiencia, ha tenido un coste para él defender esa idea. Pero sin embargo no ha transmitido eso al texto que publicó en El País. En este se atiene a una terminología muy monótona, abusando de los polisílabos y aguando las referencias. No dice, por ejemplo, el gobierno sino “ámbitos gubernamentales”, no le vale con la legitimidad democrática sino es “legitimidad democrática del ámbito político de decisión” el aval de la ley o aval legislativo se convierte en “el aval de un marco normativo preexistente” y cada vez que se refiere a agencias como la suya no puede evitar el mantra “instituciones económicas independientes”, hasta el punto de que parece que ha elegido el título porque de largo es la estructura que más repite. No ayuda que salpimiente su texto con ciertos errores de bulto, como equivocar sinónimos: “evitar la captura del regulador” cuando se refiere al secuestro del regulador, “medidas sustantivas” (sic) cuando se refiere a medidas sustanciosas, o directamente anacolutos como “reacción proactiva” (en serio). Para terminar, y como no, usa las comillas para dar énfasis: “mejores políticas”, “siempre mejor”, “el pueblo”, “la élite”, “técnicos”. Este tipo de cosas sabotean la intención de parecer objetivo o técnico, lo que de ninguna manera va a poder, y además uno intuye que tampoco se le pedía. El autor no parece darse cuenta de que lo que está dando es una opinión, y las opiniones siempre son personales. Después de saber su situación personal es muy claro lo que opina y por qué lo opina, incluso que algo de razón o al menos sus razones tiene. Sin embargo, en un texto de al menos tres cuartos de página de un periódico y más de mil palabras, no lo solo no lo deja claro, sino que lo envuelve en un fango de palabras y frases repetitivas, plúmbeas e inexpresivas, de errores groseros y estomagante retórica. Nunca he publicado en El País, pero sé que nunca tendría la oportunidad de hacerlo escribiendo de la misma manera que Juan Luis Escrivá ¿Por qué lo hace así, porque le importa tan poco? ¿Por qué le importa tan poco al periódico? Y sobre todo ¿por qué me importa a mí? ¿Por qué le dedico más del triple de palabras a un texto como Instituciones económicas independientes?

Como siempre no hay una sola respuesta, o no hay una respuesta que satisfaga todas las incógnitas. Presentaré solo las que no incluyen faltas o fallos por mi parte. Porque no pretendo ser objetivo en algo que es mi opinión. Porque no pretendo imbuirme de una autoridad que no tengo cuando mi punto de vista es subjetivo. Creo que he escrito mi crítica porque escribir tan mal sobre un tema que dominas y que te importa me parece insultante. No hablo de talento, hablo de como se trata al lector cuando se le obliga a atragantarse con las palabras, cuando se disfraza cosas sencillas de conceptos complejos, porque las palabras suenan a complejo, aunque apesten a esnobismo académico, cuando se pretende que la probidad en un campo te capacita automáticamente para expresarte por escrito. Cuando vendes la moto de que eres un complejo pensador matemático y eres un simple contable, dedicado a lo que en realidad es una ciencia social como la psicología y la sociología. Una ciencia que presume de analizar el comportamiento de los mercados, cuando en realidad harían mucho mejor en analizar el comportamiento de los mercaderes. Pueden existir psicólogos o sociólogos, filósofos y filólogos que no escriban bien, que sean aburridos, que escriban descuidadamente, pero ninguno de ellos pretende hacer una gran carrera sin al menos hacerlo correctamente o sin que alguien se exprese por ellos. Para bien o para mal la palabra es la herramienta principal de las ciencias sociales, la que de verdad traduce y difunde sus hallazgos, la que descubre la cordura en ideas en apariencias descabelladas. Cualquiera que lea un libro de estos temas espera ser tratado con un mínimo de respeto. No encuentro respeto por el lector en una sola línea de Instituciones… y apenas puedo soportar repetir ese inmundo título, horriblemente inexpresivo, una vez más.

 

 

 

[1] Al menos en América del norte y Europa. En Sudamérica y África era un cantar mucho más lúgubre.

[2] Mientras, por el contrario, la ciencia económica académica entraba en un colapso de tales proporciones que incluso acabó por expulsar a esta materia del campo de las ciencias duras. El Nobel de economía, por ejemplo, fue derribado de ese pedestal y acabó con los premios apestados, tendentes al escándalo, de literatura y paz, después de que varios de sus premiados en la década anterior a la crisis fomentaran los comportamientos rapaces y descontrolados de la industria financiera. El hecho de estar, supuestamente, basada en números y fórmulas matemáticas le había dado a la economía una pátina de saber técnico, de complejidad fisicocuántica. Los economistas eran imaginados como señores de ceño fruncido, sobrios trajes y desdén por las ciencias sociales en particular y las letras en general, como la sociología o la filología, pobladas de hippies y alcohólicos (en el caso de los filólogos hay que reconocer que esto último es casi una enfermedad profesional). Poseedores, en apariencia, de una capacitación propia de ingenieros de caminos y un bien merecido puesto en la cúspide del gobierno académico, empresarial y político, merced a su dominio de la alquimia de la obligación garantizada por deuda, la restricción crediticia, fiduciarios y fideicomisos, la inyección de liquidez, la desregulación hipotecaria, el tipo de interés ajustable etc… Pronto todos estos términos pasaron de ser conceptos hipercomplejos, solo al alcance de mentes superiores y especialistas consumados, a ser una mera jerga de tratantes de ganado, y sus matemáticas probaron ser débiles cuando no absurdas. La caída en picado del economista, como autoridad intelectual, ha sido sin duda subrayada por el hecho de que estos empezaron a asomar por las cadenas de televisión, en horarios de máxima audiencia.

 

[3] Paul Krugman se ha construido una carrera bastante decente a base de ser un cenizo profesional y la vez entretenido cascarrabias.

 

[4] Las metáforas las carga el diablo, a opinión de quién suscribe. Solo las armas de fuego han producido más daño que las metáforas cuando se manejan con descuido. Cosas como “Tormenta perfecta”, “brotes verdes”, son, sin duda, una espectacular muestra de enjundia y talento divulgativo por parte de los expertos.

 

[5] Acabo de advertirles sobre las metáforas. Esta, como poco, provoca reflujos estomacales. Mis disculpas.

[6] Jose Luís Escrivá es el presidente de Airef. Siglas de Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Si no les suena de nada Airef no se asusten, es un organismo relativamente reciente. Aunque comprendo la perplejidad, apenas puedo encontrarle sentido al nombre ¿Hay autoridades dependientes de responsabilidad fiscal? ¿La autoridad de Airef es La Autoridad en mayúsculas? ¿o es autoridad como en el argumento de autoridad? ¿Es una autoridad independiente de la responsabilidad fiscal de alguien o de la suya propia? ¿O es una autoridad  [coma] independiente [coma] de la responsabilidad fiscal? ¿Y de la responsabilidad fiscal de quién? Suponemos que del estado que es quién la financia. No es que no nos quede claro por las siglas, algo normal, es que no nos queda claro por el nombre completo, y eso es más grave. Da la impresión de que no sabemos para que sirve, cuando en realidad sí que sirve para algo. Es una auditora de las cuentas del estado y otras instituciones como las comunidades autónomas y ayuntamientos. Nada de esto se deduce de su nombre, al menos para el ciudadano común, que lo paga. Siendo ciudadano común el que suscribe, aparentemente no tan hábil con el lenguaje como el inefable bautista de esta institución, cuyo estilo recuerda, sospechosamente, al autor del artículo de El País.

[7] Esta es una extraña modestia, toda vez que al pie del artículo está su nombre y su título completo en tal institución, de la que es presidente. Y es totalmente innecesaria, no por obvia su referencia, sino porque dada su trayectoria en esa institución no parece que haya mucho de lo que avergonzarse. Airef es ahora más grande y con más medios que cuando empezó. También parece que su defensa de la independencia de la esa agencia recién creada está fuera de toda duda, toda vez que ha tenido que presentar su dimisión hasta cinco veces en los seis años de su mandato. No puede uno más que lamentar ese arrebato de falsa modestia. Un título como “Cómo me costó cinco dimisiones en seis años mantenerme independiente” es seguramente un título mucho más personal y menos descriptivo, pero de ninguna manera lo vas a pasar por alto y es casi imposible que no quieras averiguar de que va ese rollo.

[8] Dicho sin acritud. Que les funcione mal no quiere decir que no tengan empatía. Es solo que les cuesta reconocer, gracias a esta capacidad, que algo puede estar hecho para confundir a propósito. Por motivos humorísticos a menudo. No es el caso aquí, que solo es pura torpeza. Graciosa también, a su modo.

[9] Reconozco que incurro en una contradicción acusando al texto de trabalingüístico cuando lees título y encabezamiento seguido, para luego avisar que ambos no pueden leerse lógicamente como partes del texto consecutivas. Pero recuerdo al avispado lector que el que los ha hecho consecutivos al hacer que uno refiera al otro, no ha sido este reseñista servidor suyo.

[10] Uno puede imaginar que alguien necesite una “Estrategia para la recuperación de la credibilidad” pero solo en el caso de que la pierda (la Airef, que se sepa, no la ha perdido) y en cualquier caso que su “punto de partida” o más bien primer paso de la estrategia sea “una evaluación de su desempeño”, es de cajón. Claro que necesitas saber que has hecho mal para poder cambiarlo. Este texto es notable por la cantidad de trampas que se pone a si mismo, y lo que es más triste, en las que cae siempre.

Publicado la semana 153. 08/12/2019
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David Foster Wallace
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