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Samuel Baldeón

PELOTAS DE ACERO

Cuando se piensa en ser testigo de actos de bravura, temeridad insensata, atrevimiento pasmoso, heroicidad inútil o, llanamente, cojones como camiones, no suele imaginarse uno en la común e intrascendente situación diaria de cruzar un semáforo. Y el protagonista, alojado en un tópico común, será casi seguro un joven, de peinado ligeramente extravagante, vestido de colores llamativos, equipado con exóticos complementos como paracaídas o patines de algún tipo, dispuesto a realizar hazañas de coordinación muscular y ocular, o en su defecto de resistencia al dolor, en apariencia sobrehumanas al parecer del resto de los mortales.

Desde luego se escapa a esta convención la idea de un venerable anciano de espalda encorvada, rodillas bloqueadas en ángulos que impiden la total extensión de las piernas, y energía insuficiente, no ya para correr, sino incluso para acelerar el paso, ya de por sí moroso. El anciano en concreto está, de hecho, moviendo sus músculos a todo lo que permite su evidente decadencia física, como muestra claramente su crispada expresión, sus ojos entrecerrados y los dientes (o dentadura postiza) asomando por su entreabierta boca, tratando de sustraer bocanadas de aire oxigenado a la decididamente tiritante cualidad del aire, de la mañana en concreto que fuimos testigos de su acto. Este hombre no conseguirá moverse más rápido, a pesar de su esfuerzo, tan solo a un ritmo más regular, en el compás de su renqueante tranco, pero, para alcanzar una velocidad que lo salve, será lastimosamente insuficiente. La anchura de la calle, seis carriles, tres en cada dirección, sin mediana, es una tarea titánica incluso con todo el tiempo que permite el semáforo en verde para peatones. Pero este jubilado ciudadano acaba de abandonar la seguridad de la acera, cuando el parpadeo del monigote verde, señalando que el tiempo para cruzar se acaba, ya lleva al menos dos iteraciones. Así que asumo, mientras me cruzo con él, que va a ser prontamente arrollado por los elefantiásicos y ubicuos SUV[1] o por un autobús despistado. Nada juega a su favor. El cruce, en una calle larga, es el único semáforo entre el principio y el final de la recta, una de las pocas oportunidades para acelerar y conducir ágilmente cuando se mueve uno cerca del centro de Madrid. La mayoría de los conductores sobrepasan el límite de velocidad, si la calle está mínimamente despejada. Muchos aceleran con la luz ámbar, para evitar verse detenidos en mitad de la recta. No necesariamente porque tengan prisa, sino por rascarse el incómodo cosquilleo mental de la frustrante conducción con tráfico y retenciones. Así que, cuando llega la luz roja es común que algún conductor agresivo y optimista (y ligeramente idiota) se la salte, incapaz de resignarse a perder una carrera con la ley (o la colisión inminente) aupado en su enorme, hasta la ilusoria indestructibilidad, apéndice de cuatro ruedas. El riesgo de cruzar en rojo para un peatón de reflejos felinos, con buena visión periférica, es muy alto. El anciano no tiene ni una cosa ni otra. Está a punto de cambiar el semáforo, no ha atravesado ni un carril, y su muerte, violenta, se antoja inminente.

Es justo pensar que quizá la hubiéramos podido evitar. Podíamos haberle retenido en la acera y salvar su vida. Pero para ser sinceros, nunca pensé, ni creo que nadie en las inmediaciones, que se fuera a atrever a dar aquel primer paso. Había detectado al viejo, es cierto, antes de que se lanzara a aquella aventura, pero por su lastimosa forma de moverse. No específicamente lenta, pero casi lisiada. Su cuerpo vencido permanentemente en dos direcciones, hacia su frente y a su derecha, era la más clara evidencia de que este señor no podría físicamente correr, ni siquiera para salvar su vida. Todo su esfuerzo al caminar iba dirigido a mantenerse en pie, que no derecho.

Pero había una mente detrás de aquella ruina física. Lo notabas. Era incapaz de algo parecido a velocidad, pero no cabía duda de que tenia prisa.  Alerta y despierto incluso chequeó a izquierda y derecha antes de lanzarse al paso de cebra. ¿Para que podría tener prisa un jubilado, de al menos ochenta años, con evidentes problemas de movilidad y de control de su cuerpo? ¿problemas urgentes de salud, falta de medicamentos? Los centros de salud y farmacias más cercanas están todos en la dirección opuesta a la que quiere tomar y de la que viene. ¿Quizá algún problema con su banco? Otra vez, las sucursales más cercanas de los bancos y cajas de ahorro principales están más cerca en su lado de la calzada. ¿Puede que vaya a perder el metro, el tren o el autobús para llegar a su casa? De nuevo cruzar la calle tampoco lo puede ayudar, y no lleva ningún tipo de equipaje. Y si su prisa es porque su parada está cruzando la calle y ha visto llegar el autobús, es imposible para él, cruzar a tiempo y luego esprintar hacia la parada sin que el autobús lo adelante. No es físicamente posible para él correr tanto. No lo es para mí y tengo 40 años menos. Tal cosa no puede haber pasado por su cabeza.

¿Qué puede hacer tan desesperadamente apresurado a este anciano que está dispuesto a arriesgar su vida? ¿O quizá no es desesperación? Por alguna razón, el mirar a los dos lados y decidirse a cruzar parece una decisión consciente. De verdad cree que puede realizar ese número, esa improbable cabriola y salir indemne. Es consciente de a que se enfrenta. Echa la mirada al lado correcto de cada carril, por dónde pueden venir los coches y la invierte en cuanto cambia de sentido. Sabe que vienen y que vienen a por él, a triturarle los huesos, a partirle en dos, a hacerle volar por los aires y estrellarlo a veinte metros. Pero sigue hacia delante. Un conductor, cruzando a sus espaldas, maldice con el puño tras estar a punto de atropellarlo. Un coche clava frenos y está a punto de ser embestido por el que le sigue, que acaba con el frente desviado peligrosamente al carril contrario. Una furgoneta alarga su frenada hasta entrar completamente en el paso de cebra. Un motorista hace un peligroso zigzag para evitar comerse primero la furgoneta y luego al anciano, que no variado ni la velocidad ni la trayectoria, pegado al límite izquierdo del paso de cebra. Lo ha visto todo, ha sentido la corriente de aire del coche que casi le atropella, ha visto el apretar de dientes del conductor de la furgoneta rezando para detenerse a tiempo. Cualquier otro estaría sumido en el pánico. Pero él no tiene tiempo. Está plenamente concentrado en el ritmo de su marcha, uno primero, otro después, vuelta a empezar, cada elevación de pie marcado por una sacudida de toda su columna vertebral. Chirridos de frenazos, cláxones contribuyendo a un crescendo, audibles gritos de conductores incluso con las ventanillas subidas. Peatones boquiabiertos incapaces de apartar la vista del protagonista, cuyo franqueo del paso de cebra resulta tan hipnotizante como un accidente a cámara lenta. No podemos dejar de mirar. Casi no podemos creer que haya llegado al otro lado intacto.

Pero lo ha conseguido. Y los demás lentamente recordamos respirar. La mayoría de conductores, que lo han esquivado, lo despiden con atronadoras pitadas, con acelerones violentos, pasadas rápidas demasiado pegadas a la acera por la que sigue andando. ¿De verdad pretenden intimidar a este sujeto? ¿El tipo que no le ha importado crear ese caos, solo porque su prisa le ha impulsado a jugarse la vida, por unos meros segundos menos? ¿De verdad creen que es un imprudente e irrespetuoso temerario ese hombre de ochenta años? ¿Cómo narices iba a llegar a esa edad haciendo este tipo de cosas a menudo?

Quizá no tuviera prisa, o no la suficiente como para hacer lo que hizo. Quizá vio en ese momento una oportunidad para producirse una emoción fuerte. Del tipo de las que te pueden parar el corazón. No creo que quisiera morir, pero sí quizá notar la sangre bombear en partes de su cuerpo ya invariablemente frías incluso en verano. Que todos te miren y estén pendientes de ti, que admiren tus redaños ya que no tu sentido común. Que vean no a un anciano de ochenta años encorvado y a punto perder la capacidad de andar. Sino a un auténtico chalado, mal del tanque, un temerario de la vida. En el mismo sentido que hablan de jóvenes yendo demasiado rápido en cualquier cosa con ruedas.

Un rato más tarde tuve que hacer el camino inverso, volver a cruzar el paso de peatones, y bajar por una de las calles hasta un mercado. Justo enfrente de ese mercado hay un edificio oficial, dedicado a alguna consejería, con un pequeño parquecito delante, protegido de los coches por unos enormes bolardos en forma de esfera. Y sentado sobre uno de ellos, recuperando el aliento, estaba el viejo. No había ya prisa en él, y en su cara se dibujaba, incluso a través de la agitada respiración, los pómulos altos y la dentadura (de nuevo probablemente postiza) de una satisfecha sonrisa, la de alguien que ha conseguido algo o se ha salido con la suya. Apoyado el culo en la bola, sus piernas eran en realidad lo que le sostenían, y para ello las tenía abiertas de par en par, haciendo sitio al enorme bolo de metal colocado en su entrepierna. Me impresionó el tamaño de aquellas bolas. -Menudas pelotas -Me dije.

 

[1] Sport Utility Vehicle, confusamente nombrado y traducido literalmente por Vehículo Utilitario Deportivo, cosa que no es en sus dos últimos atributos. Básicamente un coche normal inflado con esteroides a las dimensiones de un todoterreno. Diseñados para eliminar complejos sobre el tamaño (propio o del coche) y nunca poder aparcarlos en ese minúscula y oportuna plaza libre.

Publicado la semana 152. 30/11/2019
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