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Samuel Baldeón

NUNCA MÁS DESPACITO

La primera señal de la condición de Ginés fue que no era capaz de recordar la canción de Despacito. Era absolutamente inconcebible que no recordase ni la letra ni la música. Por una parte, no era sordo ni se había vuelto recientemente, por otra nunca vivió en el ostracismo, ni podía en su apartamento en mitad del centro de Madrid. Requería una cualidad especial el ser capaz de no oír a voluntad, lo que venía de todos modos de la ventana de un coche vocinglero, de las casetas de las fiestas, de los vecinos afectados de joviales borracheras, en sus farras detrás de tabiques medianeros. Incluso de los amigos que, aunque presumiéramos de estar por encima de modas, no podíamos evitar repetir, embromar y acaso recitar, con fingida displicencia y verdadero aprecio, el mantra de aquel verano.

Me pueden argumentar que es fácil simular ignorancia y no niego que esa fue nuestra acusación a Ginés. ¿Estaba tratando de ser incómodamente snob, lo que no era descartable? Pero el desconcierto en que le sumía Despacito -la canción del verano pasado, ¿Cómo que no la oíste? Eso es imposible -requería un talento desconocido en Gines para el fingimiento.

Des-paaaa-cito, le recitábamos incrédulos todos, Juan de Murcia, Petra Escalante, Juan de Burgos, el Chema, la Palomita, Jacobo, Andrea y yo. Él sonreía como si fuese la primera vez que la oía.

Esa fue la primera señal de estar perdiendo el pasado en su memoria.

Después, un sábado, nos contó como sería todo al final, y aportó datos precisos, que se cumplieron. El resultado del partido fue tal como predijo, y de la forma que predijo. No por eso dejó de emplearse con ahínco en sus tareas de portero, a pesar de la fatalidad del resultado. Hizo todo lo que pudo por salvar el penalti. No pudo evitarlo de ninguna manera, lanzándose al lugar correcto, casi rozando el balón con los dedos. Desviándolo lo justo para llegar a su cita largamente prevista con el interior del travesaño. Ninguno de nosotros hubiera podido llegar. Sabíamos lo que iban a hacer, pero ellos eran mejores, tan mejores como para hacernos sentir impotentes. En retrospectiva esa fue también el primer síntoma de que recordaba el futuro.  - ¿Cómo pudiste saber todo lo que iba a pasar?

- ¿Qué quieres decir? -dijo aturulladamente. Por supuesto, para entonces ya lo había olvidado.

No supimos de su accidente, en camino a casa tras otro partido la semana anterior, hasta que nos lo contó su hermana Bárbara, que vino a recogerlo tras la derrota. Le preguntamos cómo era posible que no nos lo hubiera advertido. Él, tan desconcertado como nosotros, solo pudo balbucear que lo había olvidado. Asumimos que fue el shock, y quedamos medianamente contentos con nuestra falsa explicación. Ginés sin embargo no había mentido. El accidente estaba en su pasado. La clase de memoria a la que nunca más podría recurrir. El accidente de Ginés, supimos por Bárbara, no había sido grave. Un golpe en la cabeza, eso sí.

Ginés a partir de entonces conocería siempre el futuro de su vida y conocía todo lo que sería nuevo. Los nuevos estilos no lo eran para él, quizá por eso abrazaba el Trap, no con el fervor de adolescente, sino la nostalgia de un viejo fan del heavy.  Pero cada vez iba olvidando más lo viejo, lo antiguo, lo que no dejaba marca en el futuro, lo que ha quedado relegado a la nostalgia inconfesable, o a la historia irrelevante porque no se repite.

Su futuro sin embargo era muy similar a nuestro pasado, lo conocía precisa y pormenorizadamente, y podía servirse de ese conocimiento como experiencia. Pero no podía, en modo alguno, alterarlo. Bien lo aprendimos, no pudimos dejar de probarlo una vez que nos convencimos de que su presciencia era real. Quién no lo haría, no nos juzguen porque le obligamos, casi le chantajeamos (él sabía que le chanteajeríamos, es más, sabía que cedería), pero se resistió igualmente. Le pedimos, por supuesto, los números de la lotería.

Quizá porque sabía que nos defraudaría, quizá porque nos dejaría esta desazón en nuestras vidas: -No podemos cambiarlas, -les dije yo después, más tarde, a los amigos, los míos, los que Ginés alienaba y olvidaba consecuentemente. Después no los echó nunca de menos, no podía echar de menos a quién no volvería a ver nunca más.

Ginés oyó nuestra proposición. No se negó, pero nos dijo que era imposible. Ninguno íbamos a ganar la lotería, así que para que jugar los números que él sabía ganadores. -Eso es un disparate Ginés. -desdeñamos irritados.

-Pero si no la ganamos, nunca la ganamos. -Insistía él desesperado por nuestra insistencia en un absurdo.

Creímos que lo dijo para sacarnos de quicio. Más tarde nos dimos cuenta de que reiteraba una sentencia caída sobre nosotros. Y como toda sentencia condenatoria, no soportábamos escucharla de nuevo.

Nos dio los números. Pero aún, sin mejor prueba, estábamos escépticos de que Gines fuera capaz de acertarlos, supersticiosamente jugamos otros que habíamos jugado siempre. En el sorteo, nuestros números siguieron su larga tradición de ser inanes. Los de Ginés fueron cayendo del bombo uno tras otro con la funesta exactitud del orden en que Ginés los refirió. Tanta exactitud que Juan de Murcia y Petra Escalante, más escépticos o mucho más supersticiosos, decidieron olvidarse del asunto. -Los acertó por pura suerte. Ni él los jugó. -se justificaban. Me lo decían a mí, a Juan de Burgos, a Palomita, a Jacobo y a Andrea, pero en realidad justificaban un temor irracional. Petra llegó a explicitármelo en un aparte.  -Lo que hacéis con Ginés no está bien, ni puedo… es un crimen, ¿no lo ves?  -Pero Ginés hubo de sufrir un nuevo asalto, ahora de ojos más codiciosos, incluso indisimulada amenaza, en caso de resistir nuestros apremios. Encontramos que Ginés ya había jugado por su cuenta una apuesta, que nos enseñó. Pero insistió en que los números premiados eran otros. -No entiendo Ginés, para qué jugar otros. Nos quieres engañar. -El perjuraba que no. Que los números ganadores eran más claros que la razón por la que había jugado los de su boleto. Y es que esta, por supuesto, la había olvidado en la nada de su pasado. De nuevo, maliciosos, no los creímos y jugamos los que sabíamos que él había jugado.

Empezamos a entender la verdadera condición de Gines cuando cotejamos los números.  Solo el primer número fue suficiente. Supimos que no era el que habíamos jugado y en cambio sí el que nos había dictado. Comprobamos el resto, seguros del error de todos los demás y barruntando que no los podríamos descifrar nunca. Muchos, Juan de burgos, el Chema, la Palomita, incluso Jacobo desertaron de nuestro empeño entonces. Dos veces habíamos conocido los números correctos y dos veces no los habíamos jugado, no se puede reconciliar tal ligereza con lo que sabes de ti mismo de una manera fácil. Quién aceptaría negarse dos veces a ganar la lotería. Comprendí y comprendieron, que estábamos forzando algo, puede que la realidad, puede que el tiempo, que no admitía nuestros intentos de doblarlo y retorcerlo a nuestro favor. Que fatalmente volvería a su lugar y puede que no pudiéramos apartarnos a tiempo de la violencia de su repliegue.

Pero Andrea y yo éramos como curiosos al borde del abismo, divagando sobre las posibilidades de un resbalón o de arrojarse intencionadamente. Solo por la curiosidad de sí de verdad llegará tan presto el fin, que parece tan lejano allá al fondo. Solo tentar una vez más el vacío con una pierna sobre el borde, sin manos.

Creímos que esta vez Ginés se negaría. Pero solo porque no éramos capaces de pensar como él. No podíamos aburrirle con la insistencia, porque siempre era la primera vez para él. De nuevo la misma objeción. -Pero si no nos tocó, nunca nos tocó.

-Pero Ginés, sabes que al final nos diste los números -le manipulamos. Él nos dio la razón y los números. Nos trató sin embargo como locos. Cuando nos íbamos de su casa, bajando la escalera el último, me despedí. -Pase lo que pase vendré a verte Ginés. Quiero que sepas que no te guardo rencor. -el asentía convencido de que decía la verdad (quién podía estar más convencido que él) -Trataré de que Andrea o los otros… -Ginés adoptó aquella expresión angélica, de niño para el que todo es asombro y novedad, la misma expresión que cuando le cantábamos Despacito. Había olvidado ya, y para siempre quién era Andrea.

 

Nos aseguramos de rellenar con cautela y cuidado el boleto. Nuestra aprensión era grande cuando nos dirigimos a la administración de lotería. Estábamos convencidos de que algo real, pero sin voluntad, conspiraba contra nosotros. En cualquier momento, esperábamos ser descalabrados por un macetero, tirado por una inexplicable racha de viento. O ser arrollados por un autobús urbano en una distracción inoportuna de conductor. Nada ocurrió y llegamos sanos y salvos a sellar nuestra suerte. En la vuelta no encontramos ninguna señal, ni nada fuera de lugar que pareciera interponerse. Teníamos cinco días hasta el sorteo, pero solo necesitamos tres para saber que habíamos sido burlados. Andrea no quiso saber más, no pudo hacerlo. Yo pensé que no visitar a Gines en el hospital no podía ser descortesía ninguna hacia él. No lo hizo porque en la memoria de Ginés nunca fue a visitarle. No había ocurrido en los recuerdos de Ginés y por tanto sería una violación del orden natural. Creo que Andrea no se engañaba. ¿Cómo despedirse de quién nunca te ha conocido? En cambio, nada impediría que me sentase a los pies de la cama de Gines, el nueve de octubre de 2018, entre las cinco y las ocho de la tarde. Y que tratase de explicarme como era recordar lo que venía después y no conocer lo que había ocurrido antes.

No me sorprendió que Bárbara su hermana me llamara para despedirme. El golpe en la cabeza, de aquel accidente, había resultado más grave de lo que se pensó. Le quedaban días, seguramente horas. Le quedaba un hilo de consciencia. El único amigo que recordaba y del que quería despedirse era yo. ¿No me importaba acudir? No, no me importaba. No podría eludirlo de ninguna manera.

-Tenías razón, siempre la tuviste. Nunca nos tocó. -El sorteo en dos días ya era innecesario. Ginés sonreía. Todo iba huyendo de él. Todo trauma había desaparecido hace tiempo. Todo desengaño y remordimiento había dejado de morder. Toda cicatriz en su carácter se había alisado.

- ¿Cómo es que me recuerdas a mí? Has olvidado a todos los otros.

-Estás aquí y seguirás aquí hasta que me duerma, por eso sé que eres mi amigo, me preguntarás cosas que puedo responder también. -No estaba tan seguro de esto, pero de nuevo ¿quién podía estar más seguro que Ginés del futuro?

-¿Hay algo que recuerdes, algo que sepas que es del pasado? -Ginés frunció el ceño, como de verdad queriendo hacer memoria. Luego empezó a balbucear. Era una canción, una canción que también yo podía recordar, grabada a mi pesar en la memoria.

-quiero desnudarte a besos des-paaaa-cito

Firmo en las paredes de tu laberinto.

-Y yo continué la estrofa:

-…y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito. -Cantando los dos a dúo, repitiendo el estribillo varias veces hasta que me di cuenta de que Ginés había dejado de cantar y solo prestaba atención. Que recordaba Despacito solo de aquellos últimos momentos en que la interpreté para él. Y que una vez que me detuviese el también la olvidaría, dejaría de existir para siempre para él. No solo no recordaría Despacito, para Ginés nunca habría existido. Para el día de su muerte todo habría dejado de existir o de haber existido. No podía recordar más allá.

Gines Irenedo falleció el 11 de Octubre de 2018. Antes del mediodía. De un aneurisma cerebral.

Publicado la semana 104. 25/12/2018
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Cualquier cosa menos Despacito , Funes el memorioso
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