47
Nuria López Blázquez

Un solo verso, un relato

“Ni muy feliz ni muy triste. Sencillamente cansado” un poema de Diego Álvarez Miguel visto en un paso de peatones en el centro de Madrid. 

No pude resistirme a hacer una foto a las palabras pintadas sobre el  asfalto. Esa imagen tan cotidiana en este Madrid: una persona que fotografía con su móvil. 

Y fue debido a que me sentí absolutamente identificada aquella mañana lluviosa. 

 

Madrid es una ciudad que agota, dura, donde en el bullicio diario de las horas punta especialmente, como el de aquella mañana en la que tuve que esperar varios minutos para que ningún vehículo pisara con sus ruedas el poema, entre el estruendo de los cláxones y los motores, una ciudad que solo admite a aquellas personas dispuestas a seguir su ritmo trepidante. 

 

Entrar en un vagón de tren a las nueve de la mañana requiere un ejercicio de pericia, valentía y dejar a un lado la empatía, todo al mismo tiempo; capacidad para empujar lo suficiente y abrirte hueco o aprovechar tu tamaño pequeño para deslizarte entre los cuerpos que presionan por ocupar un mínimo espacio y así, de refilón, intentando pasar inadvertida, conseguir alcanzar la meta que supone un mínimo resquicio dentro. Un gran logro que evita esperar cuatro minutos más hasta que pase el siguiente tren. 

 

Sin embargo, si un día te encuentras mal física o anímicamente, o bien te rompes un brazo, no digamos si tienes que moverte en silla de ruedas, quedas ineludiblemente expulsada del vagón y del ritmo madrileño 

 

Intentar subir las escaleras mecánicas con un brazo roto que te duela, se convierte en una misión en sí misma. El hecho de esquivar a todos aquellos que suben las escaleras con mochilas, bolsos y tres bolsas, carteras de escolares, todo aquello con lo que cargamos desde que salimos de casa a las ocho de la mañana y que, nos permite sobrevivir en la ciudad durante todo el día. Todos esos bártulos se pueden transformar en auténticas armas, que te golpean en tu brazo dolorido o en tu bajo estado de ánimo. 

 

Sin olvidarnos de las carreras, literales que cada día observo y protagonizo, según el momento. 

Auténticas demostraciones de proezas deportivas, en las que se puede ver a hombres jóvenes subiendo o bajando escalones, de dos en dos para alcanzar el metro. 

 

O a mí misma, realizando un sprint calle abajo porque, a pesar de haberme puesto a alarma para salir a tiempo del trabajo, me empecino día tras día, en terminar la última transferencia y ya que estaba, mirar el correo, total que veinte minutos antes de que empiece la reunión que tengo cinco calles más abajo, me encuentro esquivando gente, casi sin resuello y deseando con todas mis fuerzas, no caerme en alguna de esas trampas mortales en las que se convierten las rejillas metálicas, que adornan el suelo por dónde quiera que te muevas en el centro, como si alguien hubiese decidido que se convirtieran en el icono madrileño por excelencia, sin percatarse del peligro que entrañan un día lluvioso cualquiera. 

Y todo ello, ¿para qué? ¿Cuál es el auténtico sentido de vivir en una ciudad que resulta, así descrita tan deshumanizada? 

Podríamos hablar de la gentrificación, tan al día cuando se habla de ciudades actualmente. Y sin embargo, me gustaría terminar enviando un mensaje esperanzador, sobre una experiencia real y muy próxima en el tiempo:

una de esas agitadas mañanas, me dejé el cargador de mi móvil en casa. Algo que puede resultar una verdadera tragedia en una intensa jornada como cualquiera de las que he descrito. 

En pleno centro, con las obras de remodelación de la zona de Sevilla y sus amenazantes e inmensas máquinas como banda sonora predominante, entré en una conocida franquicia. Este tipo de tiendas en los que puedes encontrar desde un cojín de lentejuelas a 10 euros, barras de pegamento 3 por 2 euros, papel de regalo, un cuaderno de acuarelas hasta el objeto absolutamente imprescindible para mí aquella mañana: un cargador. 

Busqué por la enorme tienda a un empleado que pudiese indicarme el modelo adecuado. Y para mi asombro, fue él quien me encontró a mi; me ofreció una galleta enorme de jengibre en forma de corazón y después de escuchar mi petición, mientras agradecía la galleta, que me supo como el mayor de los manjares ya que no había tenido tiempo de desayunar, me acompañó por toda la tienda, me hizo sacar mi teléfono, para asegurarnos de que servía para mi móvil, ya que según su experiencia este modelo específico, no siempre funciona con cargadores baratos que no sean de marca, fácilmente identificable por su logotipo mordisqueado. 

Fueron varios minutos, diría que quince los que pasó conmigo aquel muchacho desconocido, recorriendo el inmenso establecimiento en busca de un enchufe en el que probar mi sencillo y simple cargador. 

Su sentido del humor, contándome anécdotas de sus años de trabajo en aquel lugar, como el hecho de que había llegado ha detestar las emblemáticas galletas de jengibre que, por otro lado acababa de ofrecerme, después de comerse una caja entera en su primer día de trabajo allí, coincidiendo con el inicio de la campaña de navidad 

 Su empecinamiento y perseverancia por lograr probar el cargador, lograron que olvidase lo inhóspito del día a día en el centro de Madrid, mis carreras, que llegaba tarde a recoger a mis hijos y captar mi atención plena e incluso un par de carcajadas con sus chascarrillos, hicieron que volviera a recordar porqué Madrid puede ser una gran ciudad que dedica parte de su presupuesto en plasmar versos en sus pasos de cebra.

Publicado la semana 99. 25/11/2018
Etiquetas
El día a día, Historias de mi ciudad , En el transporte público
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
II
Semana
47
Ranking
0 81 0