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Nuria López Blázquez

Morir ahora

Han sido pocas las ocasiones en la vida, la mía, en las que me he planteado que podría morir en ese momento y no sentiría un horror a la muerte irracional. 
Al bajar en un ascensor desvencijado, que se mueve de forma brusca y que sabes de antemano que puede suponer un peligro. Subiéndome a un coche con alguien al volante a quien viste beber previamente. En cada curva no sentí miedo a pesar de la velocidad excesiva y de la música alta, excesivamente alta. 
Que nadie lo  entienda mal: no es que quiera morir. Es que en esos momentos en los que decidí arriesgarme, vi claramente que no sentía miedo a morir. 

Es probable que cuando me tenga que enfrentar a la muerte de forma directa, note ese miedo del que mucha gente habla. Quién sabe. 
Pero en esos momentos concretos de los que hablo, que bien podrían contarse con menos de los dedos de una mano, me he sentido tranquila. Pensando en que realmente lo que he vivido hasta ahora ha sido maravilloso. 
Si tuviera que hacer un balance, al estilo de las antiguas civilizaciones cuando representaban con una balanza la vida del difunto, sus logros, su alma, y las diferentes facetas de la vida, yo misma podría dibujarla y decir que he conseguido vivir como he querido. He aprendido a alejarme de lo que no me hacía bien, he logrado saber qué es lo que quiero en cada momento y lo que no quiero. 
Me he rodeado de personas a las que quiero y que sé que me quieren y a la inversa, he podido alejar a aquellas que sentí que me dañaban; esas amigas que no lo son, esas parejas que no te quieren. Sencillas de detectar, aunque me llevó su aprendizaje reconocerlas: todas esas personas con las que después de pasar un rato te sientes mal, o inferior, o te crean un enfado, desasosiego, un regusto amargo según dejas de tenerlas delante. 

Y ahí es donde siempre reacciono, como un resorte. Un muelle que salta en mi interior y me dibuja una sonrisa inconscientemente y pienso que morir no sería un gran problema, pero que aún no.

Me quedan muchísimas cosas por hacer, por descubrir, por disfrutar, por experimentar, por dibujarme sonrisas en los labios y hacerme reír a carcajadas: viajar a Canadá y ver esos colores del otoño que cuentan, que te trasladan a un contacto absoluto con la naturaleza y la belleza. Seguir metiéndome los viernes por la noche, en la cama de un metro treinta y cinco centímetros con mis tres hijos a ver una película juntos y que se queden dormidos a mi lado; dar un paseo al salir de trabajar con mi pareja hasta que, sin darnos cuenta, de tanto andar y contarnos las tonterías y pequeñas miserias laborales que hemos pasado durante el día, transformándolas en risas y carcajadas, de repente nos percatamos de que hemos llegado a casa sin coger el transporte público. Más barbacoas en la terraza de casa de mi amiga Gabriela, que gracias al cambio climático podemos usar prácticamente todo el año, algo bueno tenía que tener estar a veinte grados en noviembre; y podría continuar este listado hasta el infinito porque mi vida tiene momentos mágicos, no vamos a exagerar estilo “flower power”, no todo es felicidad y carcajadas continuamente pero, pese a los malos momentos que todos pasamos, mi balanza como en el juicio de Osiris, representado en los sarcófagos egipcios se inclina hacia una vida plena.

Supongo que esto es crecer; madurar y haber traspasado la frontera lo que ya es muy probablemente, la mitad de mi vida. Y, sin embargo, no quiero quitarme méritos porque no todo el mundo lo consigue.

No todos pueden contestar afirmativamente a la pregunta de ¿esto es lo que quieres en tu vida? ¿Es así como te la imaginabas?

Publicado la semana 98. 14/11/2018
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Todo lo vivido , De camino al trabajo
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