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Nuria López Blázquez

Contenido y forma

Llevamos ya varios años, yo al menos veinte escuchando hasta el hastío la degradación que sufre el sistema educativo. Lo comparamos con sistemas magníficos como el finlandés, donde el profesorado dedica al menos siete años de su formación universitaria a prepararse para una de las profesiones más valoradas en aquel país: la persona que va formar a las siguientes generaciones, no sólo en contenidos académicos sino en valores cívicos.

Tengo la suerte, de estar actualmente en contacto directo tanto con profesores de instituto, como con profesores de universidad.

Todos cuentan que el sistema ha cambiado radicalmente desde que yo terminé, el instituto y lo que entonces, se denominaba la licenciatura.
Hace veinticinco años, nuestros profesores ya se quejaban en ambos niveles educativos de la degradación del sistema, de lo que consideraban cada vez peor nivel del alumnado. Ahora soy yo quien, realmente impactada vengo a reflexionar sobre esa generación, de la que se quejaban mis profesores, de esa generación que es precisamente la que está formando nuestros hijos en colegios, institutos, grados universitarios, e incluso masters.

Observo horrorizada, de qué manera la importancia del contenido ha pasado a un segundo o incluso, a un tercer plano frente la preponderancia de la forma.

Me explico: una alumna de primero de eso, tiene que entregar un comentario sobre un libro que ha leído durante tres semanas en su casa, y su profesora no le permite entregarlo, pese a que faltan tres días para que finalice el plazo establecido, porque las tres hojas que ha dedicado el alumno al trabajo han sido numeradas, pero no has seguido la instrucción precisa y concreta de entregar la tarea grapada. Hablamos de un alumno aplicado, dedicado, encantado con el libro, quien en su trabajo no sólo demuestra haber leído realmente el libro y no haber sacado un resumen de internet, sino que ha disfrutado de la lectura y se ha enganchado al género del misterio pidiendo en su casa más libros de Sir Arthur Conan Doyle. Un hecho poco común actualmente, conozcámoslo, ahora que lo que piden los niños de doce años son videojuegos y más tiempo para seguir viendo a su “youtuber” favorito.

La forma, la grapa consigue que ese día ese niño vuelva a casa desalentado y pensando que es absurdo hacer el trabajo con tanta de dedicación si lo que puntúan no es su trabajo plasmado en aquellas hojas no grapadas.
 

Otro alumno y otro ejemplo perverso del sistema. En este caso de educación primaria, se encuentra con que, en la clase de plástica, asignatura centrada, según la definición curricular, en aprender las distintas técnicas de dibujo, y a desarrollar la capacidad creativa en los niños, su profesor le han bajado la nota 75 centésimas de punto, porque cuando le pidieron que copiara un dibujo de Kandinsky lo hizo, pero dando rienda suelta a su capacidad creativa y de creación, decidió mezclar la técnica de Kandinsky, con lo que mi profesora de Arte hace veinticonco años hubiera calificado como una maravillosa visión para interpretar la obra de Kandinsky, mezclándolo con la visión genial de un Rothko. Resultado: un mediocre seis con 25, por no ceñirse a las directrices claras del profesor y una nota en la agenda, que sus padres leen incrédulos, porque “se trata de una falta de disciplina” que al parecer vienen observando en las clases de plástica durante todo el trimestre.

Lo absurdo del sistema es que los padres estamos convencidos de que las normas están para cumplirse y de que hay que seguir las directrices de los profesores y sin embargo, cómo es que como madre no me siento con la capacidad de explicar a nuestros hijos que no deben poner su ingenio, su creación y toda su dedicación en la clase de plástica, sino seguir estrictamente las directrices que le marcan. Ya pintarás en casa cómo realmente lo sientas.

Seguramente ese profesor de plástica haya acudido ya, en los últimos años a varias ponencias, sesiones de formación y demás eventos relacionados con la importancia de permitir a los niños y niñas en edad temprana, dejar volar la imaginación y valorar la creatividad, tal y como marca el currículum de su comunidad autónoma, los contenidos mínimos establecidos por el Ministerio e incluso el PEC (Proyecto Educativo del Centro docente donde imparte esta materia).

Sin embargo, ese profesor no ha conseguido integrar en su esquema mental todo lo que ha debido escuchar en esas sesiones. Sencillamente no está preparado para valorar, con criterios de evaluación determinados de manera rígida y exhaustiva, la manera de ver y de interpretar una obra plástica. Por una simple razón, porque este profesor cuando empezó su carrera profesional no tenía absolutamente ningún conocimiento de arte, de plástica ni de nada relacionado con la asignatura que está impartiendo, él estudió y se preparó para dar clases de educación física. Pero, y esto pasa en un gran número de centros, la falta de profesorado y la necesidad de reducir costes salariales en los colegios concertados han conseguido pervertir el sistema de esta forma; consiguiendo alumnos y profesores que se sienten frustrados con su trabajo. De nuevo, primando la forma de corregir sobre el contenido y el saber que deben obtener el alumno de esa materia.

Otro caso, que podría llegar a ser jocoso. En un colegio religioso, donde la asignatura de religión no es lo que habitualmente denominamos una “maría”, una alumna aplicada rompe a llorar cuando le entregan la nota de su examen: de un diez le han bajado su nota a un nueve con 77 ya que, según la anotación en verde, nunca rojo porque desincentiva la motivación de los alumnos según la nueva pedagogía imperante, ha escrito que San Pablo hablaba de Jesús y no De Dios.

Y digo yo, educada durante cuatro años en un colegio de monjas donde, por otra parte jamás me calificaron con décimas los exámenes de religión: ¿acaso Jesús, Dios y el Espíritu Santo no conformaban la Santísima Trinidad? El famoso Uno y Trino que tan magistralmente plasmó José Luis Cuerda en “Amanece, que no es poco”. La anécdota me recuerda a la película por lo absurdo, no obstante vuelvo a la realidad y siento una verdadera lástima por esa niña a la que ni siquiera conozco.

Mi desazón crece según subimos en los niveles educativos. A nivel universitario contemplo con gran desazón, como los trabajos de máster se puntúan, en base a criterios que poco tienen que ver con la importancia del contenido.

Trabajos de fin de master, en los que puedes incluso encontrarte con que ni siquiera, se evalúa una primera propuesta, porque el alumno no ha tenido en cuenta que había que presentarla con un formato que incluyera un interlineado de 1,5 y no como se le indicaba un uno de los primeros formularios que le presentaron al inicio del curso, con un interlineado de uno. Tampoco tuvo en cuenta una directriz tan fundamental para su formación, como es presentar el trabajo en un formato de letra concreta: Times New Roman 12, tipografía por otro lado innovadora donde las haya. 

Aquellos alumnos a los que mis profesores de universidad y de COU daban clase, han llegado, gracias a su constancia y perseverancia, que no en muchos casos a su capacidad a convertirse en los nuevos profesores. Aquellos que forman a las nuevas generaciones de ciudadanos. ¿Qué harán estos nuevos alumnos cuando lleguen a ser ellos quienes evalúen? 
¿Se producirá un efecto rebote y veremos cómo los formatos, interlineado, decimales absurdos en asignaturas como plástica, dibujo artístico o religión o valores ético desaparecen para dejar paso, por fin a la importancia del contenido, de la reflexión por parte del alumno y de la creación basada en el razonamiento y capacidad de abstracción o la creatividad, según lo exija la asignatura? 
O por el contrario, ¿seguiremos asistiendo a la degradación más absoluta de una de las profesiones más importantes para una sociedad? hasta el punto de permitir que todo aquello que recibieron como normas absurdas durante su educación, de una vuelta de tuerca más, y terminen imponiendo nuevos criterios de evaluación, donde el contenido formal quede reducido, pongamos a un 2% de la nota final, mientras que los alumnos se afanen en buscar en distintas fuentes: plataformas digitales novedosas, fotocopias con normas y reglas sobre la presentación de los trabajos, cuadernos en los que apuntan, desde el primer día de clase los porcentajes sobre los que van a ser evaluados, en aras de la transparencia y de la preeminencia de la forma. 
 

Me hace sentir realmente triste ver a los alumnos actualmente más preocupados, por saber cuánto vale y cuánto supone como porcentaje para su nota final, cada una de las preguntas de un examen, un trabajo en concreto, un comentario de una obra de arte. Con este sistema sin sentido, hemos logrado que aprendan a seguir normas, pero que no desarrollen la capacidad de aprender, de disfrutar aprendiendo, de dedicar una hora para lograr formarse en algo tan importante como es hacer un esquema con todo aquello que se le entrega cómo material imprescindible para su formación.

Tuve suerte cuando estudié porque mis profesores de COU, con muchos de los cuales hoy en día mantengo contacto y una estrecha relación, me dedicaron esa hora para enseñarme, durante un recreo a organizar mi mente y conseguir sacar un esquema de un tema, que me antes parecía amplio y complejo. Aprendí a esquematizar, a analizar, a reflexionar y a argumentar con ellos. Un lujo que esta nueva generación no está pudiendo disfrutar en la mayoría de los casos

Publicado la semana 97. 14/11/2018
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todos mis grandes profesores , En cualquier momento, Al llevar a tus hijos al colegio
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