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Nuria López Blázquez

Maternidad

Ser madre es el trabajo más difícil de la vida.

Ni cerrar el año fiscal, consiguiendo que una asociación sin ánimo de lucro no de beneficios, ni cuadrar los tres bancos con los 4.563 asientos contables, ni siquiera el esfuerzo de limpiar el baño al llegar a cada después del trabajo. La maternidad resultaba sin duda, lo más agotador de su existencia. 

 

Dicen que la mayor parte de las madres trabajadoras sufren estrés. Su mundana experiencia así lo acreditaba. 

 

Quedaba q menudo con sus amigas sin hijos y las encontraba mucho más felices, planeando viajes a Vietnam, entrenándose cada fin de semana para hacer el camino De Santiago, lo cual implicaba contar sus pasos de forma obsesiva y evitar lesiones acudiendo a un fisioterapeuta, o bien durmiendo siestas de tres horas los fines de semana y quedando para tomar el aperitivo sin importar qué diesen las cuatro de la tarde, porque no debían preocuparse porque los niños no hubiesen comido aún, ni escuchando quejas: “mamá me aburro” “¿cuándo nos vamos mami?” O el consabido “quiero hacer pis” en el momento menos conveniente, por ejemplo, cuando María contaba su último escarceo con el tipo que conoció en su visita semanal a la piscina cubierta.

Esa piscina que ella no visitaba desde hacía 10 años, cuando se dio cuenta de que con dos bebés era muy complicado seguir llevándolos a natación infantil. Era mayor el agotamiento de vestirlos, desvestirlos, y llegar a casa sin su sujetador y sus bragas que quedar en el parque con el resto de las madres. La psicomotricidad perdió todo el interés para ella cuando se encontró intentando abrocharse a sí misma los corchetes del body, como hacía con sus hijos bebés.

 

Cuando sus hijos tenían dos años y tres pensaba que aquel era sin lugar a dudas era el peor momento.  Resultaba agotador levantarse cada tres horas durante la noche. Exactamente igual que correr en direcciones opuestas durante las tardes en el parque, porque si algo sabe una madre de gemelos es que sus hijos pequeños nunca corren juntos, buscan siempre peligros en sentidos opuestos: escaleras y calzada, por ejemplo, o bien parque de niños mayores y campo de fútbol de adultos. 

Sin embargo, sorteados los dos y tres años, las pataletas de los cuatro y los tres parecieron superar los primeros años. Hubo que desarrollar la mayor habilidad materna: la inagotable paciencia. 

 

Algo que nadie te cuenta cuando anuncias feliz tu embarazo, es que vas a tener que entrenarte en el arte de no gritar, mantener la cabeza fría cuando lo que realmente te apetece es desaparecer y aprender a contar hasta doscientos evitando parecer una hidra. 

A los doce años de sus hijos, cuando crees que la paciencia está entre tus grandes cualidades, se inicia ese cambio hormonal en ellos, eso que ahora llaman preadolescencia, algo a lo que mi abuela, famosa por su mala uva, se refería con un despótico: “tienes un pavo inaguantable”

 

En esa etapa, tienes de nuevo que reubicarte y aprender a gestionar diferentes retos. Entre los doce y los trece debes mantenerte firme para no aceptar la presión para comprarles un móvil con datos para usar WhatsApp con sus compañeros, o para subir fotos a Instagram poniendo morritos o decorándolas con Snapchat. La simple idea de que puedan hablar de auténticas chorradas pagando tú la cuenta del teléfono, te hace recordar los gritos de tu padre, cuando con 15 años entraba en tu habitación para que colgaras el fijo después de una hora hablando, con la que entonces era tu mejor amiga: “crees que tienes acciones de Telefónica o qué?”

Y de repente un día, llegan del colegio y te preguntan: “mamá, ¿qué significa masturbarse? ¿es lo mismo que depilarse? León dice que sí”

En ese momento te alegras de haber creado el clima de confianza suficiente como para que, esos niños, que pariste con todo tu esfuerzo, se sientan cómodos haciendo estas nuevas preguntas, y sin embrago un desagradable cosquilleo en tu estómago, te demuestra que estás pensando seriamente en abrirles una cuenta en cualquier compañía telefónica, para que se lo puedan preguntar a sus amigos y terminar de preparar la cena, siendo absolutamente ignorante de esta nueva etapa que comienza a abrirse bajo tus pies.

Una gran brecha parece separarte de aquellos años en los que corrías desesperada pero aún con control de la situación, tratando de que sus gateos no les llevasen a tirar del cable de tu ordenador portátil o se lanzaran encima el vaso de cristal cuando tiraban de la punta del mantel tratando de mantenerse de pie.

Publicado la semana 94. 30/12/2018
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