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Nuria López Blázquez

La Arquitecta de la felicidad

Cuando llegaba un amigo a su casa, las primeras palabras, después de desembarazarse de sus prendas de abrigo solían ser muy similares: “¡qué agradable!” O bien “¡Qué casa tan alegre!”

Así Elena había ido incorporando a su relato vital que vivía en un piso especialmente hermoso. No era la luminosidad lo que lo hacía diferente, ni la ubicación, ni su cercanía al metro, ni siquiera el vecindario caracterizado por su silenciosa convivencia.

Era el ambiente que la propia Elena conseguía crear en su apartamento. Todo era obra de su gran capacidad para incorporar a su casa su gran riqueza: la capacidad de ser feliz y de hacer felices a quienes la rodeaban.

Tuve la suerte de atravesar las puertas de su casa y de su vida gracias a una amistad común. Era cierto que no podría decir qué objeto de aquella hermosa casa resultaba determinante. Era todo el conjunto: dibujos de sus hijos, junto a unas cortinas con motivos y colores infantiles que, sin embargo, colgaban en el salón marcando el contrapunto a un señorial sofá gris antracita, pequeños recuerdos en la enorme estantería que dejaban constancia de un rico pasado viajero, fotografías de sus hijos sin gran calidad artística, pero de las que brotaban sonrisas y carcajadas que te contagiaban al mirarlas.

Un enorme gato blanco hacía de mayordomo cuando abrían la puerta, te acariciaba las piernas, cruzando su cola parsimoniosamente enredándose en tus pasos, y te invitaba a acariciarle notando su piel suave y su ronroneo audible. A partir de ese momento entrabas en los dominios de la arquitecta de la felicidad, como acostumbraban a llamarla sus amigos más íntimos. Capaz de sacarte una sonrisa en tus peores momentos y de organizar la mejor de las fiestas cuando algo era digno de celebrar.

Fuimos muchos quienes tuvimos la suerte de observarla en acción, derrochando cariño con absoluta naturalidad, sin darle importancia y dejando pasar las horas como si no hubiese nada mejor que hacer. Esa era la mejor de las cualidades de Elena, su dadivosidad, su capacidad de entregarse absolutamente cuando consideraba que la causa lo merecía, y poner todo su empeño por hacerte sentir bien.

Fue por eso por lo que aquella soleada mañana, me supuso un auténtico horror enterarme de su muerte, un suicidio que ninguno de sus benefactores fuimos capaces de predecir.

Publicado la semana 92. 30/12/2018
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