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Nuria López Blázquez

Vecindad y el extraño nombre de Masiosare

Escuché la otra mañana en la radio mientras preparaba el desayuno, que los espacios de “Coworking” estaban ganando peso y se imponían poco a poco a las pequeñas oficinas tradicionales. Incluso las grandes empresas tratan de simular cierto “estilo coworking”.

Pude percatarme de ello, cuando esa misma mañana acudí a una cita en un edificio céntrico, cuyas grandes cristaleras daban al paseante distraído la oportunidad de observar con total claridad, una amplia entrada con mesas bajas y sofás de diseño vanguardista, formas impensables hace años para un espacio de trabajo. Colores chillones de tendencia, naranja, morado, rojo se imponían en aquella entrada, aquí y allá salpicados en sofás, chaisses longes, cojines.

Junto al mayor de los ventanales de aquella multinacional, más cerca de la acera que de los ascensores por los que debían bajar los empleados a disfrutar de aquel espacio, se extendía una barra con fruta fresca, una máquina de zumos naturales, paneras y platos de gran gusto y sofisticación, comprados por algún ser dotado desde su anterior vida con el don de elegir objetos bellos. Sobre cuencos, fuentes y fruteros se podían ver todo tipo de cruasanes, ensaimadas, napolitanas, galletas, y panes de diferentes texturas y colores.

Fue tan sólo un fogonazo, lo que vi desde la entrada de la enorme puerta de cristal, pero me dieron ganas de soltar la chaqueta y me sentase a desayunar junto a aquella gente en vaqueros y zapatillas. Una auténtica empresa cotizando en el IBEX y con un desayuno pantagruélico que hacía caminar más despacio a los viandantes que, desde el otro lado del cristal, parecían preguntarse si se trataba del último bar de moda de la zona donde desayunaban los más hípsters del barrio o una nueva cadena de bollería y panadería.

El modo coworking arrasa en las grandes ciudades e incluso en las grandes empresas y yo tengo la suerte de trabajar en uno de los primeros que se crearon en esta ciudad. Me bajo cada día en la estación de metro más céntrica de Madrid y camino dos minutos entre turistas, prostitutas, chulos y ciclistas que se obstinan en pasar entre la marabunta, hasta llegar a un enorme edificio que no guarda ningún parecido con el de la gran empresa multinacional que, homenajea a sus empleados a diario con ese desayuno propio de un restaurante de resort en el Caribe.

Sin embargo, no voy a ser yo quien descubra lo obvio: la apariencia de nada sirve si no hay un trasfondo detrás, y nuestro coworking se ubica en pleno centro, en un edificio de antes de la guerra civil, con una portera maravillosa y auténtica. Ella es la primera persona con la que se encuentra todo el que traspasa ese portal de mármol y escalera con balaustrada de metal, como se construían en los años veinte en Madrid los entonces nuevos y elegantes edificios en torno a la Gran Vía.

No tenemos cruasanes en el desayuno, ni encontramos la mesa puesta al llegar, de hecho, ni siquiera tenemos cafetera, porque el último en llegar al espacio de coworking y hacer su primer turno de limpieza  escribió en el grupo de Whatsapp de la oficina: “he limpiado las partes altas y he tirado el estropajo y una parte de una cafetera que pedían a gritos que, por favor, las matara (compro estropajo nuevo). Dicho esto, una petición, ¿podemos por favor tener una mejor higiene eléctrica? Me he encontrado varios cables de ordenadores enchufados, sin el ordenador y un par de ladrones cargados al lado de los plásticos o papeles”.

Este maravilloso texto, por supuesto obra de una gran Tuit Star, da una idea de cómo no nos hacen falta los cruasanes, ni nos importa un pimiento no tener cómodos sofás o pufs en los que recostarnos durante las pausas de trabajo y, sobre todo nos hizo reír con su tono incisivo.

De hecho, ni siquiera tenemos pausas de trabajo, la única pausa en nuestro súper espacio “real” es la de la comida: el mejor momento del día. Cuando nuestra Tuit Star, que por otra parte es la persona menos engreída que conozco, nos hace reír con sus frases lapidarias, nuestra ilustradora, compañera de mesa nos anuncia que está embarazada después de pasar un año completo contando sus visitas a la ginecóloga, y una abogada de origen japonés pero, de nacionalidad británica y un castellano perfecto nos cuenta con absoluta crudeza su último viaje como observadora de la oficina de la mujer de las Naciones Unidas a Colombia. Allí, nos dice en voz muy baja, porque es ante todo una mujer fuerte pero muy tímida, las mujeres activistas feministas están siendo asesinadas. De ellas y de sus asesinatos machistas no había llegado aún noticia a nuestro pequeño espacio de trabajo en común.

Todo ello sobre un mantel a rallas, lilas y moradas por supuesto, de hule comprado en el supermercado más barato de la ciudad, por la persona que se encargara aquella semana de la limpieza y mantenimiento del local de coworking, siguiendo un riguroso turno que se cuelga en un documento compartido, para que nadie pueda decir que no se enteró de que aquella semana le tocaba limpiar el local y fregar de nuevo el linóleo del suelo, que me hace pensar en lo felices que serían los localizadores de “Cuéntame” si pudieran ver nuestro coworking con esa luz de neón que aún funciona y se resiste a ser cambiada por una cálida luz de led.

Es tan solo media hora de comida, porque todos queremos salir pronto para disfrutar de nuestra vida fuera del trabajo, y sin embargo es una media hora plagada de anécdotas. Recuerdo con especial cariño el día que cada cual cantó o recitó el himno de su Comunidad Autónoma, hasta llegar al de Madrid, que era sin duda lo que pretendía quien propuso semejante entretenimiento. Las carcajadas debieron traspasar nuestra puerta y más de alguna persona de las micro oficinas de alrededor se preguntaría qué estaría pasando allí dentro. Y es que el himno lo merece, invito a quien esté decaído a hacer la prueba y buscarlo en internet: es imposible no esbozar al menos una sonrisa.

La comida nada tenía que ver con los deliciosos panes de centeno, semillas de amapola o con los cruasanes, eran nuestros tápers de cada día, traídos de casa y algún bocadillo improvisado por las prisas en salir de casa. Nada de vajilla comprada por un decorador de interiores. Y sin embargo, el mantel de huele a rayas fue sustituido pronto por un precioso mantel rojo y exuberantes flores de todos los colores que alguna del espacio trajo de su último viaje a Méjico. Todo lo cual volvió a traer a colación los himnos, en un espacio de lo más anárquico por otro lado, y aprendí entre risas que la primera estrofa del himno mejicano dice:

Más si osare un extraño enemigo

profanar con su plata tu suelo….

Tal arcaísmo, al parecer ha dado lugar a un extraño fenómeno en aquel país, de manera que existe una parte de la población actual cree que “Masiosare” ES un extraño enemigo, e incluso se ha llegado a convertir en un nombre utilizado para varios miles de mejicanos y mejicanas, ya que la ventaja es que es absolutamente neutro.

Es evidente que esta historia, absolutamente verídica, consiguió de nuevo amenizar nuestra comida aquel día, en el “coworking”. Dudo que haya muchos coworking de pega, de empresas que no se hayan creado desde la cercanía ideológica y forma de entender la vida, donde las risas sean tan naturales a la hora de comer o acaben conociendo el himno de la Comunidad de Madrid o la extraña leyenda de “Masiosare”.

Publicado la semana 91. 04/10/2018
Etiquetas
Himno mejicano , Con ganas de reír
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