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Nuria López Blázquez

Miedo

Cuando pierdes el miedo ya no hay vuelta atrás. Cada día vas dando, al inicio pequeños pasos y según transcurren los meses, grandes zancadas que te hacen sonreír de lo absurdo de aquel miedo que sentiste.

El miedo es una de las emociones primarias. Lo sabemos todas las que hemos estudiado ciencias sociales. Es innata e implica varias formas de actuar: puede paralizarte, hacer que salgas huyendo o en algunos casos, enfrentarte a ello.

En un curso muy interesante al que acudí, explicaban estas reacciones planteando que nos imaginásemos como mujeres de la edad de piedra y nos encontrásemos, de repente frente a un enorme mamut. En esa situación podríamos optar por coger nuestra lanza y enfrentar al animal, salir corriendo para ponernos a resguardo o bien quedarnos paradas, sin capacidad de reacción.

Esto mismo ocurre con situaciones de nuestro día a día y no hay que olvidar la función básica del miedo: ponernos a salvo de un peligro.

La primera medida es poner algo de cordura. Hoy en día va a ser difícil encontrarnos con un animal salvaje, pero existen predadores y hay que aprender a detectarlos. Diferenciar si es realmente una amenaza real o hemos magnificado el peligro, es la segunda etapa. Hay momentos en la vida en los que nos obcecamos en magnificar pequeños hechos, sin embargo, es fundamental aprender a diferenciar y relativizar de modo que, cuando nos encontremos ante un peligro real, nuestro instinto sea capaz de avisarnos y podamos protegernos.

Desde luego, la solución de quedarme quieta, sin atreverme a moverme, durante mucho tiempo fue la opción que adopté. Pero cuando un día te das cuenta de lo absurdo que resulta estar plantada delante de un mamut, esperando a que o no te vea, o acabe aplastándote, pareces despertar y decidir salir de allí con una rápida carrera, rauda, veloz, ligera cual gacela. Después, con el tiempo puedes ir armándote con las tradicionales lanzas neandertales o elegir las modernas, que consiguen en darte la seguridad que parecías haber perdido en todo ese tiempo de quietud. Y de pronto, con el paso del tiempo y tus modernas lanzas, te encuentras riéndote de aquello que tanto miedo te dio, que logró paralizarte, y consigues ver que el mamut, no era tal: se trataba más bien un moscardón.

Publicado la semana 90. 20/09/2018
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Dia a dia de una mujer , En un círculo de mujeres
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