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Nuria López Blázquez

La playa: ese extraño lugar de observación sociológica

Basta un día completo en la costa española para un acercamiento a la idiosincrasia nacional. 

Dejando al margen el fenómeno “guiri” tan entretenido para comentar en otros tiempos, tuve la suerte de pasar unos de días en la costa mediterránea. 

 

Una preciosa playa kilométrica, de las que todavía quedan, con dunas naturales, sin construcciones a la vista.

Sí, existen en el mediterráneo idílicas playas como la que describo, es sólo cuestión de conocer a alguien de la zona que te desvele los nombres de estos paraísos aún respetados por el boom inmobiliario de los 2000. Si bien es posible que no sobrevivan a una de las últimas medidas fiscales aprobadas por el gobierno de derechas; para información de quienes no se preocupan por leer los titulares económicos: la desgravación por vivienda este año, se traslada a la segunda residencia, en zonas de playa.

De modo que aprovechad para preguntar a todas vuestras conocidas en las zonas costeras por esas “reservas” de playas aún sin construir, al borde de las dunas. 

 

Llegué directa de mi último día en la oficina antes de las vacaciones, aún con los pies negros de recorrer el asfalto madrileño con sandalias y sin importarme lo cubierto que estaba el cielo, me dirigí a la playa al filo de las siete y media de la tarde. 

En el camino desde la entrada de las dunas hasta el borde del mar, me crucé con varias personas y ahí comenzó mi reflexión. Para algo estudié una sociología y se relacioné con el cualitativismo desde mi más tierna infancia. Ventajas del entorno familiar que no todos han podido disfrutar, tal y como dictaminó C. Wright Mills

 

Ver a tanta gente retirándose en el mejor momento del día, cuando la playa se vacía y la luz se convierte en un reflejo rosado, de forma que el implacable sol permite pasear por la orilla sin riesgo de conseguir quemaduras de segundo grado, o disfrutar de un baño prácticamente sola, ya merece una reflexión sobre los extraños horarios veraniegos que realiza gran parte de la gente que se cruzaba conmigo en su salida de la playa. 

No obstante, el segundo día volvió a sorprenderme el hecho de que, realizando el mismo recorrido, a la una y media volví a cruzarme, en dirección contraria a la playa, con familias enteras que azuzaban a sus cachorros para que se apresuraran porque se acercaba la hora de comer. 

Mi amiga Carmen, referencia constante para cualquiera de mis reflexiones sociológicas, me informó de que su propia familia seguía un horario estricto en vacaciones: su hermana y su marido levantan a sus hijas adolescentes a las nueve de la mañana para llegar pronto a la playa y comer a la una y media; siesta hasta las tres y vuelta a la playa hasta las siete para cenar a las nueve. 

Esto explicaba mi soledad en el agua la tarde anterior y la fuga masiva en la que era mi primera mañana playera. 

Encontré un hueco espléndido entre dos grupos de lo que parecían congéneres similares y después de marcar mi territorio, tal y como establecen los cánones playeros, me lancé de nuevo al mar. 

Al regresar a la toalla, cerré los ojos y traté de centrarme en ese sonido tan particular de las olas. Estaban a apenas 10 metros de mí y, sin embargo, la conversación del grupo humano más cercano me impidió concentrarme en algo tan básico como es el ir y venir del agua.

Una de las mujeres, vestida y sentada en una silla plegable, informaba a todo el que quisiera escucharla de sus próximas fechas de vacaciones. Pero no hablaba de este mismo verano sino de enero del próximo año, momento en el que al parecer, había cerrado ya un viaje a Laponia. Continuó después refiriéndose a cómo caían las fallas el próximo año y qué día era mejor cogerse de vacaciones, para que éstos se pudieran aprovechar de la manera más ventajosa en lo que al calendario laboral se refería. 

Intenté pensar en qué tenía yo previsto para semejante fecha, pero no era capaz de recordar nada más allá de la semana siguiente. Y sólo pensarlo hizo que me levantase y volviera a meterme en el mar. 

Vista desde dentro del agua y después de escuchar aquel fragmento de conversación, la playa me pareció diferente: demasiada gente sentada en sillas y prácticamente nadie en el agua nadando o dejándose llevar, al fin y al cabo, el mediterráneo no obliga a realizar grandes esfuerzos para mantenerte a flote. 

Me di cuenta de que en la orilla únicamente parecía haber niños, bebés y algunos jugadores de palas, pocos a aquella hora.

Una hora después comenzaba a sentir la necesidad de agarrar a aquella mujer y a su hermano, puesto que ya había logrado establecer el grado de parentesco de todo el grupo, y meterlos a los dos en el agua de forma que no pudieran seguir con aquella conversación absurda. Tras el repaso completo, y digo completo como sinónimo de absoluto, del calendario laboral, pasaron fraternalmente a repasar los viajes realizados y los viajes por realizar, ya pagados, cerrados en fechas y comprobando a cada uno de los integrantes. ¿Y quién sería el valiente que se aventurara en un bosque silencioso con semejante par?

Recordé una excursión que hace años me había relatado un amigo, bastantes años mayor que yo, desesperado porque no había manera de disfrutar de los sonidos del bosque, no recuerdo dónde, pero sí el motivo: el constante sonido de las voces de quienes le acompañaban. Lo recordé y sonreí pensando en sus hirientes comentarios en una situación como la que estaba viviendo yo entonces, tendida en mi toalla, intentando zafarme del sol y volviendo al agua para disfrutar del silencio, al menos evadiéndome de los sonidos articulados.

Decidí poner fin a mi particular tortura y recoger mis pocas pertenencias y buscar otro hueco en la playa. Para entonces debían haber tocado aquella campana que no lograba oír, y que sin duda existía, porque la playa había vuelto a llenarse. Me costó encontrar dónde estirar mi toalla, pero según me alejaba del chirirnguito y del camino de madera que sorteaba las dunas vi que se iba abriendo algún hueco.

Mi objetivo se fue estableciendo: un hueco lo suficientemente amplio para no tener a nadie pegado a mí, a ser posible que fueran menos de tres personas y sin nevera portátil- Sí, nevera…porque hay quien va a la playa y despliega una segunda residencia o tercera, no sé bien.

Incluso me fijé, en que este año se había implementado un material de arrastre gracias a unas tumbonas con ruedas, que permiten introducir en ellas varios objetos voluminosos y que al parecer hacen factible arrastrarlas sin demasiado esfuerzo por la arena. La mente humana puesta al servicio de extrañas necesidades que nos vamos creando.

De eso modo, es posible ahora mismo, encontrar en nuestro litoral, gente que no sólo lleva una nevera, sino que además montan una especie de caseta con cuatro puntos de agarre a la arena de la playa, lo cual les permite mantenerse todo el día allí, con víveres suficientes incluso para establecer un campamento de refugiados en caso de llegar ese aluvión de pateras con el que amenaza el presidente italiano y parte de nuestra derecha. Y música. También pueden incluir música a un volumen tal que consiga hacerles creer que están en una discoteca de Benidorm a las tres de la madrugada. Imposible escuchar al vecino de al lado en su toalla, ni el mar llegando a la orilla.

Cuando conseguí encontrarme y situarme entre dos toallas que parecían de inofensivos veraneantes, que practicaban la lectura silenciosa había recorrido al menos un kilómetro largo. Resoplé y me tiré literalmente sobre mi toalla para poder reponerme del calor.

De nuevo al mar a refrescarme. No había hecho tanto deporte desde hacía meses por lo que comenzaba a estar cansada.

Salí de nuevo dejándome empujar por las olas y tuve que esperar unos segundos hasta que encontré un hueco para volver a mi toalla. Al parecer una nueva campana había dado el toque de “paseo al borde del mar”. Tres días después ya sabía dónde encontrar mi espacio, pasado el campamento provisional para aquellos que iban a la playa a comer sin parar con sus mesas, sillas, tumbonas, neveras y demás enseres domésticos imprescindibles para ellos y, además, tenía claro que entre las seis y las siete de la tarde era la hora en que la orilla se llenaba de paseantes en ambos sentidos. Parecía la Gran Vía de Madrid llevaba a la misma orilla.

Y fue entonces cuando me percaté de que además de haberme hecho yo con los horarios playeros y con mi particular ruta hasta el espacio que me resultaba más agradable, yo misma me había convertido en parte de la “fauna” a observar por aquellos que salían de paseo por la playa, porque ya se sabe que la arena es buenísima para caminar y ayuda a quitar las durezas de los pies para el resto del año.

De nuevo mi mirada sociológica tuvo que retrotraerse a los primeros problemas teóricos estudiados, al que finalmente toda mirada sociológica debe enfrentarse alguna vez en su vida, cuando observando una realidad, debe tenerse en cuenta que se encuentra formando parte del “objeto” investigado.

Encontré el lugar idóneo, con la suficiente superficie de arena, agua, y silencio para poder pensar en todo ello sin ser molestada por nadie, en definitiva: unos días de vacaciones excepcionales.

Publicado la semana 86. 25/08/2018
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En cualquier tarde de verano
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