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Nuria López Blázquez

¿De dónde diablos salí yo?

¿De dónde diablos salí yo? Es una pregunta recurrente en mi vida adulta.

Cada vez que la vida me propina un revés, la reacción de mis padres es la misma: “no te muevas, no discutas, no te metas en líos, no te salgas de la senda marcada”. Y sin embrago, yo erre que erre sigo batallando, revolviéndome ante la injusticia, “metiéndome en los mayores líos” desde su conservador punto de vista.

Conservador tomando esta palabra como adjetivo, como aquellos que proponen mantener el orden establecido, frente a quienes nos llegamos a jugar la vida por sacar a una mujer maltratada de su casa a las cuatro de la tarde, a 345 kilómetros de mi propia casa. Una mujer a la que apenas conocía, pero que necesitaba una mano para salir del pozo en el que su marido la metía cada día, paliza tras paliza, hasta desfigurarla. Y en ese caso, donde mi naturaleza me empuja a coger un autobús de línea y ayudarla a huir, cogiéndome un día de vacaciones, mis padres se escandalizan por aquello de “no vaya a pasarte algo”.

Es una reacción lógica en unos padres, dicen muchos de mis conocidos, pero yo como madre sé que yo no miraría igual a mis hijos, si en una situación semejante no actuaran así.

Con mi propia vida actúo de igual forma. Tal vez porque durante muchos años viví como me marcaron y siempre fui la perfecta mujer de su casa, de su familia, de su marido. La perfecta hija que nunca dio grandes problemas, que no suspendió ninguna asignatura hasta llegar a primero de carrera, y aún entonces logró sacar la carrera con unas notas excepcionales.

¿Salí de ahí tal vez? De una vida encorsetada, en la que no se permitía disfrutar y reírse como si siguiera teniendo veinte años, a pesar de que mi apariencia física sea mucho mayor. Reírse a carcajadas. Reírse con tu amiga, estando de vacaciones con tus hijos, sin necesidad de probar ni una gota de alcohol; reírnos hasta que una de las dos acaba cruzando las piernas antes de acabar haciéndose pis encima, porque la maternidad no perdona y la vejiga penaliza a las madres antes o después.

Porque cuando aprendes a reír y disfrutar, a abandonar las aburridas conversaciones en torno al último anuncio publicitario, la última noticia de la familia real, o a conversar con las mujeres de la familia política, después de comer semanalmente, fin de semana tras fin de semana, escuchando las mismas referencias a cómo el beis, el crudo y el vainilla son imposibles de combinar en un salón, por mucho que se haya puesto de moda en los escaparates de la calle Serrano esta temporada, nunca puedes agradecer lo suficiente al universo haberte hecho distinta. No haber tenido tanto miedo como para paralizarte y dejar de escuchar a tus propios padres que te recomendaban mantener una vida semejante, con el argumento de que la seguridad económica para tus hijos y para ti era todo un valor.

Un valor vacío. Una opresión. Una cárcel de sumisión.

Ninguna de aquellas mujeres con las que compartí mesa, mantel, conversaciones y aprendizaje en torno a los tejidos más adecuados para tapizar, bien una silla o bien una descalzadora, comprendió mi decisión. Su insistencia por mantenerme en la opulencia llegó hasta proponerme acompañarlas a sus visitas semanales a Prada, Becara y Loewe.

Debo reconocer que aquello sí que me sorprendió, porque los sentimientos de animadversión suelen ser mutuos en las relaciones humanas y sé, que nunca fue de su agrado mi forma  de vestir, mi desaliño al peinarme, empeñada en no ir a la peluquería con la asiduidad requerida, mi incapacidad para recordar los nombres de los diseñadores de interiores que redecoraban sus casas, en un continuo, un bucle que me impedía ser capaz de encontrar el baño, cada vez que visitaba aquellas magníficas casas,  nunca de menos de 200 metros cuadrados.

No obstante, las impactó saber que alguien puede renunciar a gastar dinero de forma tan absurdas como para comprar cuatro pares de zapatos por doscientos euros en rebajas, y que no sufre por ello. Más aún: no sólo que no sufre, sino que además se ríe abiertamente de lo que considera extravagantes costumbres, y que las comenta en las cenas de amigos, quienes incrédulos me miran, intentando dilucidar si son fruto de mi imaginación o realidad de un mundo paralelo, que vive entre cuentas en Suiza y en las Islas Mauricio.

Este tipo de anécdotas dan mucho de sí en cualquier reunión de amigos. Pocos pueden creer que el día de tu boda, un imputado en el caso Gürtel le dijera al que acababa de convertirse en mi marido: “ahora sí que la has cagado. Te va a dejar sin un duro”, al tiempo que le tendía a él un sobre con varios billetes de quinientos euros. Yo estaba presente, al lado para más señas, pero no era nada ni nadie. Era tan solo la que iba a arruinarle la vida: bien tapizando sin parar sillones en colores claros, sin ser siquiera capaz de diferenciar el beige, del hueso, o bien divorciándome y dejándole sin toda aquella fortuna amasada por la familia. Dicho así, suena muy estilo Scorsese, pero realmente era tal cual se ve en las películas: familias enredadas entre tramas inconfesables y matrimonios imposibles de romperse porque saben demasiado del otro y suponen una auténtica amenaza para su integridad física.

Nunca vi reír a nadie en aquel mundo paralelo. Nunca veo reír a mis padres, que se definen ideológicamente de izquierdas, pero que aún hoy siguen pidiéndome que no me meta en más líos. Y yo, sigo con “mis locuras”; tirándome por un tobogán en un parque acuático con mis hijos y disfrutando de sus gritos y los míos, mezclándose entre las curvas, viviendo una semana entera en bañador, sin utilizar ropa interior ni siquiera a la hora de la cena, aún a riesgo de que la gravedad haga notar la edad de mi cuerpo. Pequeños detalles que nos ayudan a vivir plenamente y preguntarme cómo he podido salir yo así, después de vivir encorsetada, ceñida a las normas e incluso oprimida, notando la falta de aire en mis pulmones.

Publicado la semana 85. 13/08/2018
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Con ganas de reír
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