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Nuria López Blázquez

Familia, amigos y otros animales en vacaciones

En las oficinas se escucha a menudo la broma de: “y tú ¿dónde vas de vacaciones, a pasarlo bien o con la familia?”

Por muy alternativa que sea mi oficina, también es un tema que surge cuando llega julio. En la sala de coworking es donde más se dan las vacaciones familiares.

La mayoría de las “habitantes” del coworking no son de Madrid, por ello la visita estival a casa de los padres se convierte en inevitable. La ilustradora, una mujer siempre sonriente, que logra que las comidas se conviertan en una constante fiesta de risas al plantearnos preguntas del estilo: “¿cómo conseguiríais vosotras que en una ilustración se distinguiera a simple vista una pato macho de una hembra?”, tiene que alternar varias semanas en Huelva, encantada junto a su madre y sus tres hermanas, con otras tantas en Barcelona, en casa de sus suegros, igualmente encantadores.

Sin embargo, en lugar de un mes tiene que cogerse dos de vacaciones, para poder disfrutar de un tiempo de ocio con su pareja y amigos.

También en el coworking, Charlotte relata a la hora de la comida cómo tiene que repartir su verano entre la casa de su madre en Burdeos y la de su padre en Poitiers para verle a él y a sus sobrinos, que conviven con su hermana menor, separada recientemente, en la casa de su infancia. Muy campestre y bucólico si no fuera porque esos tiernos sobrinos, que ahora tienen más de veinte años, desprecian a su madre porque no es capaz de encontrar otro trabajo que el de repartidora del periódico gratuito que se reparte en las esquinas de la ciudad a primera hora de la mañana. Ser mujer, divorciada y mayor de cincuenta y cinco años en Francia también es una tara en el mundo laboral.

Charlotte tampoco se reincorpora al coworking, a seguir redactando su tesis sobre la imagen de la mujer en las series televisivas actuales hasta septiembre. Previamente necesita pasar unos días con su antigua compañera de residencia estudiantil en París, una holandesa de ya casi cuarenta años, que por fin ha logrado aprobar una plaza de catedrática en la Sorbona, tras años de constancia e investigación. Ella no se ve obligada a que repartir sus vacaciones con su familia, ya que sus padres hace ya años que fallecieron en el norte de Holanda. Esta frisona no consigue evitar suspirar cuando Charlotte se queja de sus días en familia. Todas acabamos envidiando en algún momento lo que no tenemos.  

Ya fuera de la sala de coworking, mis compañeras también tienen vacaciones familiares.

Amelia tiene que pasar el mes de julio en Madrid, turnándose con su hermana mayor para cuidar de su padre, que quedó tetrapléjico hace un año y que acaba de volver a casa desde el hospital en el que se ha tenido que acostumbrar a su nueva forma de vida. Es una forma de pasar las vacaciones dura, en familia sin duda, pegada a la realidad, a esa realidad que intentamos muchos esquivar precisamente en nuestros días de descanso veraniego. Pocos al tumbarnos en el césped de la piscina o en la arena de la playa queremos recordar historias como la de Amelia, que está en la ciudad, aprendiendo a manejar una grúa, a lavar a su padre, a seguir adelante durante sus días de vacaciones manteniendo la cabeza fría para tolerar el mal humor, comprensible, de su “nuevo” padre.

Ainoa pasará sus vacaciones en familia también, las primeras vacaciones con su bebé de nueve meses. Las que somos madres sabemos lo duro que resulta hacerte consciente de que van a pasar varios años antes de que puedas volver a coger un libro en la playa, en la piscina, a la hora de la siesta.

Adoro a mis hijos pero, reconozco que ahora que son mayores y no tengo que estar pendiente de que se ahoguen en cualquier momento, ahora que puedo disfrutar de bañarme con ellos, de leer una novela a la hora de la siesta sin que se me cierren los ojos, debido al agotamiento físico que produce correr, literalmente detrás de un bebé, o de vigilar en cada momento que un bebé no intente bajar cada escalón o precipicio a su medida que se presente delante de él, puedo decir que las vacaciones son muy diferentes.

Una puede adorar a su madre, a sus hermanos, a su pareja, pero el primer verano con un bebé, mezclado con esa familia que antes era adorable, puedo convertirse casi en una pesadilla.

Lo mejor sería que se acostumbrara a dormir solo, no contigo al lado” “Yo creo que ya es mayor para seguir dándole el pecho” o bien: “Lo cierto es que cuando te veo, me alegro muchísimo de haber decidido no tener hijos” puedes llegar a escuchar de la boca de tu propia hermana.

Propongo que las madres de bebés tengan, igual que nuestra ilustradora del coworking y nuestra francesa favorita, dos meses de vacaciones: uno sin familia y otro como ella decida. Y que las que tengan que ocuparse de sus padres también, y de igual forma, las que hemos conseguido superar los diez primeros años de vida de nuestros hijos, antes de que entren en la temida adolescencia y dejen de disfrutar bañándose en el mar con su madre o bailando con ella en público. Seguro que, si pudiésemos disfrutar de ese segundo mes, sin familia, con amigos, en pareja, solas, como quisiéramos, rendiríamos el doble durante el resto del año. Rendiríamos aún más…y eso ya sería muchísimo, seríamos casi “superwomen”. Pensémoslo despacio: tal vez por eso no se instaura ese segundo mes de ocio.

Publicado la semana 84. 16/08/2018
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Mejor sin música esta vez , Tendido en el césped
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