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Nuria López Blázquez

El principio de Arquímedes de una nadadora cualquiera

Cuando empezó a nadar hará más de veinte años, como parte de su ocio primero, y de forma casi adictiva a las endorfinas que genera el ejercicio físico después, lo que más la hacía disfrutar de aquel espacio y tiempo, sólo suyo, fue la capacidad para no pensar en nada mientras nadaba.

Sería lo que ahora los histerianos llamarían “el perfecto momento para practicar el Mind Fullness” y lo que ella descubrió pronto y bautizó como “sentirse plenamente viva”; estar aquí y ahora, siendo plenamente consciente de la forma en que el agua se escurría por su cara al sacarla del agua, de forma rítmica para respirar. Sentir como su cuerpo se deslizaba suave, sin apenas salpicar, de un extremo a otro de la piscina olímpica que había elegido por casualidad, simplemente porque era la más cercana a la que entonces era su casa.

Apenas contaba 21 años entonces y, a pesar de acudir a su sesión semanal de disfrute máximo del agua, del tiempo, de la respiración que la obligaba a relajar su mente, pronto tuvo la certeza de que debería buscar otro lugar si quería seguir disfrutando de aquella maravillosa experiencia.

Cuando tuvo que cambiar de turno en la universidad y pasar al de mañana, sus escapadas a la piscina tuvieron que ceñirse al estricto horario de seis y media a ocho de la tarde, de la noche cerrada en invierno. En aquella franja horaria, la que parecía la piscina perfecta se transformó en un lugar desagradable, al que la costaba ir.

Hubo días en los que, después de clase, llevando la mochila con el bañador, gorro, toalla, chanclas y demás enseres necesarios y, habiendo cargado con todo ello durante la larga jornada universitaria, evitaba acudir. Se inventaba para sí misma mil escusas y sin embargo era consciente de no saber por qué ya no la apetecía disfrutar de sus placenteros largos.

Una tarde por fin se decidió a volver a probar. Se cambió en un vestuario mucho menos silencioso de lo que recordaba que era el mismo espacio por las mañanas. Madres peinando a sus hijos, dándoles cremas y tratando de que saliesen lo antes posible por la puerta, con el objetivo de llegar a casa a tiempo para hacer los deberes para el día siguiente. No era aquello lo que la incomodaba, aunque hubiese tenido que abandonar su taquilla favorita, por esa extraña tendencia que tenemos los seres humanos a hacer “nuestra” cualquier rutina, y torcer el gesto cuando nos encontramos con nuestro sitio en clase ocupado, la taquilla habitual siendo utilizada por otra persona o el espacio en la barra que ocupamos a la hora del café inaccesible.

Se metió en el agua cauta, sin esperar demasiado y comenzó a nadar. Primero a ritmo lento; calentando las articulaciones y utilizando la respiración como mecanismo de relajación. Pronto una bocanada de agua se introdujo en su boca y después en su garganta justo en el momento en que sacaba el lateral derecho de la mejilla para tomar aire. Paró y miró a su alrededor: en el carril contiguo, una estela, una ola más bien se dirigía en sentido contrario. No pudo distinguir más porque la velocidad de la persona que nadaba era alta.

Continuó nadando, porque sus músculos comenzaban a calentarse y su respiración a hacerse regular. Esta vez a braza para evitar nuevos encuentros desagradables con olas o sunamis indeseados.

En el siguiente largo, ni siquiera su pericia como nadadora fue capaz de evitar que de nuevo tragase agua. Había visto acercarse de lejos, gracias a las gafas azules al que distinguió ya como un musculoso nadador justo en el carril de al lado. Dos tragos de agua eran suficientes.

Decidió cambiar de carril. Afortunadamente las clases de los niños habían dejado todos los carriles libres y había solamente un nadador por calle, dos como máximo la pareció intuir desde su mirada difuminada por las gafas de natación.

Vuelta a empezar y vuelta a tragar agua. Esta vez, en su propio carril un gorro negro se apresuraba por doblarla en cada largo. Ella ralentizó la marcha. Estaba allí para disfrutar del agua, de su tiempo, de su respiración que debía ser rítmica y pausada. El nadador mantuvo su frenético ritmo.

Vuelta a cambiar de carril. Cruzó la piscina horizontalmente hasta el carril justamente anterior al borde de la piscina olímpica. Todo el mundo conoce las reglas en las piscinas y sabe que ese carril pegado a la pared es para quien ha decidido empezar a nadar y mantiene un ritmo lento. Nadie que no quiera molestar invade esa privacidad de los primeros días o meses de aprendizaje.

Comenzó de nuevo demostrando su mayor cualidad: el tesón y la constancia por disfrutar. No obstante, la constancia no lo es todo en la vida y, enseguida descubrió que otro nadador del carril de al lado, no el de principiantes, por supuesto, sino del de más hacia la izquierda, volvía a pasar lanzando tal cantidad de agua, en un empeño casi sobrehumano por demostrar a todos los presentes su capacidad por nadar con un impecable estilo mariposa, que se hizo de nuevo imposible obviar su presencia.

Había descubierto por fin, por qué ya no disfrutaba de las tardes en la que había sido su piscina, su espacio, su refugio. Y a partir de ese día, cada vez que se metía en cualquier piscina, olímpica cubierta en invierno o al descubierto en verano, con veintidós años o con cuarenta, lo primero que le venía a la cabeza era lo que dio en llamar “su principio de Arquímedes particular”: cualquier cuerpo masculino, desaloja un volumen de agua directamente proporcional a su nivel de testosterona.

Publicado la semana 82. 27/07/2018
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Nina Simone , Experiencias , Leer y leer
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