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Nuria López Blázquez

Pequeños objetos

Aquella noche, de madrugada acabé viendo amanecer estudiando metodología de la Historia y de la Geografía. Nunca antes lo había hecho. Ni cuando estudiaba la carrera.

Siempre había sido la alumna modelo que no estudiaba el día antes. Repasar como mucho. Porque, disciplinada y obidiente, había creído en la idea de la evaluación contínua desde los inicios de mis estudios académicos, manteniendo el método durante la abierta adolescencia y más allá. Cuando mis compañeros se marchaban en época de exámenes, en la facultad de políticas, de noche a airearse un rato y beber unas cervezas, yo seguía con mi disciplina cartesiana, acostándome temprano y manteniendo el ritmo de sueño de ocho horas mínimo para estudiar por las mañanas y las tardes en la biblioteca, prácticamente vacía. Políticas no era, ni es medicina ni ingeniería. Aquella biblioteca enorme, con sus características ventanas naranjas y la luz natural entrando por la claraboya del techo, siempre tenía sitios de sobra entre los que elegir la sobrexposición de sentarse junto a las ventanas que daban al pasillo por el cual transitaban mis compañeros, camino de la moqueta, o refugiarme en un extremo, pasando inadvertida; donde nadie pudiese encontrarme, ni siquiera imaginar dónde estaba.

Pero la edad hace estragos con nuestra vida y nuestras costumbres. La dedicación completa que me permitió estudiar mi carrera se transformó en un tetris para conseguir horas de estudio entre los trabajos que debía compaginar, mi tarea como madre de familia numerosa y quehaceres varios de toda vida compleja. Y allí me encontraba, tratando de concentrarme, tras el tercer café de la noche, escuchando los gritos y golpes de los adolescentes, que como mis en tiempos compañeros de facultad, aprovechaban la nocturnidad para emborracharse y dar patadas a los cubos de basura al salir de bares y discotecas. Difícil tarea la de volver a estudiar por enésima vez en la vida la metodología y corrientes historiográficas desde el inicio de esa disciplina como tal a finales del siglo XVIII, hasta las nuevas tendencias del siglo XXI. Soporífero, por mucho que siempre hubiese logrado las mejores notas a fuerza de constancia y esfuerzo. Era uno de esos temas a los que mi memoria se resistía desde siempre.

Y me vi sentada, en la cocina dándole vueltas al café con una cucharilla, buscando la manera de despertarme de ese sopor, apelando a mi carácter característicamente disciplinado, ordenado para el estudio. Sin embargo, algo dentro de mí se revelaba. ¿Sería la madurez lo que por fin experimentaba? ¿El agotamiento de semanas de maternidad responsable en un mundo en el que las mujeres trabajamos dentro y fuera de casa sin descanso, sin permitirnos descansar del rol de cuidadoras de hijos, padres y parejas? ¿o simplemente sueño?

Reparé en la cucharilla a la que continuaba dando vueltas. No era como el resto de mis cubiertos, todos de Ikea, idénticos y sencillos. Esta era una cucharilla especial que me retrotraía a los tiempos de mis estudios universitarios. Tal vez por eso recordaba toda esa etapa en aquella madrugada.

Es estudio la Historia, desde la metodología, organizada como análisis de los objetos que han ido componiendo nuestra propia historia personal. Bonita metáfora.

Recordé cómo había llegado esa cucharilla a mi casa desde la casa de mis padres, la casa de mi infancia y adolescencia. Mi madre la trajo al hospital en un recipiente, junto con dos kiwis, cuando nació mi segundo hijo. Cuidados de madre de nuevo. De la mía en este caso.

Y reflexioné, desde el punto de vista historiográfico y sociológico, sobre la importancia del estudio de los objetos que van configurando y creando nuestra historia de vida. Una simple cucharilla que a nadie le diría nada más que no se trataba de la misma cubertería, para mí significaba toda una etapa en casa de mis padres, el recuerdo de la habitación de un hospital, la llegada de un nuevo hijo, el cariño y el cuidado constante de mis padres, desde la infancia en la que utilizara por primera vez aquel objeto, hasta la madurez, cuando como madre la usara para recuperarme de un parto.

¿cuántos objetos más tendría en mi casa que supusiesen tanta reflexión sobre una vida? ¿Cuántos quedarían cuando pasaran los años? Ninguno de valor, sin duda, pero muchos con recuerdos que sólo sobrevivirían mientras yo los mantuviese vivos. De nuevo la misma pregunta: ¿serán reflexiones propias de hacerse más mayor? No. Ya en mi infancia reparé en la importancia de los objetos, en como tienen una vida propia según se hayan ido impregnando con los acontecimientos de toda una vida. Una piedra regalada por un niño de diez años, que décadas después se convierte en un colgante que vuelve a llevarme los recuerdos más lejanos de mi infancia. Una foto de mi actriz favorita que siempre me ha acompañado, desde los catorce años y que aún está colgada en la pared de mi dormitorio. Un libro, subrayado y con las hojas mojadas y después secadas sobre un radiador que recuerda esas noches de insomnio propias de la adolescencia, cuando lo que quieres no es dormir y descansar como ahora, sino mantenerte despierta a cualquier precio, leyendo o escuchando música o hablando por teléfono, porque parece que si te duermes acaba algo importante.

Cómo cambia nuestra propia historia, nuestra vida, nuestros deseos, nuestras necesidades. Los pequeños objetos que nos acompañan se pueden mantener con nosotros, con un valor sentimental propio, creyendo que significan lo mismo que cuando los encontramos y sin embargo se han transformado en recuerdos de otro momento vital, de otra etapa. Y sigo dando vueltas al café, pensando si irme a la cama y abandonar mi constancia y tenacidad en el estudio de toda una existencia, que ha ido construyendo mi identidad pero que, en esta madrugada ya más bien, parece ajena a mí y dejarme, por fin vencer por el agotamiento de mi actual vida, mis circunstancias.

Publicado la semana 76. 01/07/2018
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