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Nuria López Blázquez

Cosas que aborrezco

Junto al listado de la semana anterior, inspirado en Woody Allen, de las cosas "por las que merece la pena vivir", puede resultar un buen ejercicio de autoconocimiento realizar un listado de las cosas que una aborrece, siempre con la esperanza de que sean muchas menos que las primeras.

Personalmente detesto a la gente que empieza dos de cada tres frases con: "pues yo..." Las denomino, personas "Yo, Mi, Me, Conmigo", y lo cierto es que abundan, aunque no entre mis amistades.

Aborrezo sobremanera que me despierten en fin de semana antes de las doce de la mañana, y más concretamente que me despierten cuando no hace falta hacer uso del despertador.

Odio con todo mi ser a los y las machistas que se empeñan en explicarte cómo en realidad no lo son; todas ellas y ellos se escudan en que lo que hay que buscar es la igualda y no que las mujeres sean más, porque el "feminismo radical es extremo, y ningún extremo es bueno".

Esto me lleva a enlazar con mi casi odio visceral a la iganorancia y las ganas de la gente de opinar de lo que no sabe nada.

No puedo soportar las preguntas, que no son preguntas, sino ejercicios de egocentrizmo y "autoescucha" en el turno para el público después de una conferencia, un mitin político o una asamblea.

Me superan los gritos, será por el estrés postraumático que dicen que padezco, pero cuando me gritan no soy capaz de razonar. Antes me acorbardaba: sudaba, se me aceleraba el pulsoy se me secaba la boca de forma que mi lengua era incapaz de articular palabra alguna. Con los años esas manifestaciones físicas han desaparecido pero reacciono mal a los gritos: los innecesarios especialmente, si bien un grito porque una niña en el parque vaya a caerse consigue ponerme en estado de alerta.

Me resulta intolerable la injusticia, especialmente en el ámbito social. Por eso cuando pude elegir, dejé el mundo laboral "tradicional" de la empresa para pasar a cobrar menos, pero intentar dedicar mi formación, mis conocimientos y mi tiempo en un proyecto con un calado social importante y que se acercaba a mis valores, mis creencias, mis posiciones más íntimos y profundos; mi ideología, en definitiva.

Ese odio visceral a lo que puedo entender como injusto me ha hecho perder muchas oportunidades en la vida. No digo que todo lo que yo sonsidero injunto lo sea, al contrario, he aprendido con el tiempo a mirar las cosas con algo más de perspectiva, pero aún me pierde a veces una reacción inmediata, no meditada, irreflexiva, que pasa factura en determinados ámbitos que he tenido que abandonar: el político principalmente, poco dado a la intolerancia con la injusticia, la carrera académica universitaria, por citar algunos. Tal vez la edad consiga irme dando más margen para no saltar a la primera de cambio. 

Si bien, gracias a esa empatía con la injusticia he conseguido cosas de las que me siento orgullosa: salvar gatos callejeros a los 10 años y mujeres golpeadas por sus maridos a los 40. Esta última una de las más arriesgadas que he vivido, pero que me proporcionó la satisfacción de por vida de saberla viva y feliz, y de ver Thema y Louise a partir de entonces, no como una película de culto, sino como una experiencia vital más.

Me subleba mi mejor amigo cuando se obstina en explicarme periódicamente, porqué se empeña en vivir una vida de le hace infeliz a él y a toda su familia. Un fallo mío sin duda, ya que trato de forzarle a tomar las riendas de su existencia, cuando él ha optado por la "comodidad" económica y el pánico al tan manido "qué dirán".

Sin embargo aborrezco verle infeliz y perdiendo el brillo de sus ojos, los días que podíamos compartir riéndonos antes de nosotros mismos y los paseos que dábamos alguna mañana una o dos veces al año, simplemente para comentar nuestra vida, para ser eso mismo: amigos. Odio tener que echarle de menos.

Detesto los días de invierno con ese viento frío que se cuela hasta los huesos y tener que entrar en casa y ponerme gorro, abrigo gordo y una infusión para poder seguir adelante con las tareas diarias, cuando no puedo permitirme pagar la calefacción. El frío en la calle me atonta, me transforma, consigue que cruce en rojo la más peligrosa y concurrida de las calles sin mirar, igual que otros dicen que el calor de julio en Madrid les provoca esos efectos que dejan al margen el autocuidado mínimo y si me apuran, el instinto de superviviencia.ç

Odio que en mi familia más directa me traten como si todavía tuviera dieciseis años cuando he sido capaz de: criar tres hijos, divorciarme estando sin trabajo, salir adelante en un mundo laboral implacable con una mujer, madre de más de cuarenta años. Cansada, hastiada más bien de demostrar a diario a los más cercanos mi flexibilidad, mi fuerza, mi capacidad.

Y contradictoriamente, porque los seres humanos somos así: harta de que ante cada dificultad, que son bastantes y a veces importantes, tener que escuchar la ya famosa frase de: "saldrás de esta también, porque eres muy fuerte". Según de quien venga la tolero o no, y en ese último caso suelto un bufido, lo sé, pero por favor: no insistáis en que soy fuerte. Va en días, como todas.

Me desagrada muchísimo decir NO. Sé que la asertividad está de moda y que incluye aprender a decir a lo que a una no le gusta, lo lo que no quiere decir o hacer, teniendo en cuenta no herir a la otra parte ni levantar demasiadas susceptibilidades, pero siendo firme en el no.

No obstante, sigo a mi edad sintiéndome realemte incómoda diciendo que no a algo, auqnue sepa positivamente que no debo aceptar, porque no me beneficia. Y eso es algo que también me trae a menudo grandes quebraderos de cabeza o mucho más esfuerzo y trabajo del que me gustaría, por no haber sido capaz de haber sido simplemente capaz de dicer: NO. Pero a todo se aprende y sigo en proceso.

Mejorando. Avanzando. Progresando. 

 

 

 

 

Publicado la semana 75. 16/06/2018
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Edith Piaf-Je ne regrette de rien , Todo lo vivido , libreria
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