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Nuria López Blázquez

Despido Disciplinario

Roberto había trabajado toda su vida laboral en una pequeña empresa familiar. Pequeña en lo que al número de empleados se refería y más concretamente, en lo relativo a los empleados que acudían de forma real, física, plausiblemente a su puesto de trabajo, día tras día.

Durante 27 años él, y nadie más que él y su jefe, el Señor Benavides acudieron a la oficina. Primero una pequeña sala angosta y lúgubre, al fondo de una nave industrial en lo que entonces era el extraradio de la capital. Posteriormente un apartamento de una habitación, con vistas a un amplio jardín, perfectamente cuidado. 

La primera vez Roberto que entró en aquel apartamento, que terminó siendo la sede social y fiscal definitiva de la empresa, Roberto, el Señor Fernández, en boca de su jefe cuando acostumbraba a requerir su presencia, reparó inmediatamente en la cantidad de luz que iba a tener para trabajar por fin.

Era una mañana de mayo, calurosa, fresca aún, y la luminosidad se colaba entre las regillas del estor metálico que habían colocado en el gran ventalan del que sería en adelante su despacho. Una gran mesa en forma de L absoltamente despejada, salvo por un ordenador, una pantalla, su teclado, un ratón y un flexo nuevo, era todo lo que había en aquel nuevo despacho.

Con el paso del tiempo el apartamento siguió siendo igualmente lujoso, el jardín maravillosamente cuidado, la enredadera que no existía al llegar, había alcanzado la parte superior del muro que lindaba con el convento de monjas de la propiedad contigua y Roberto ya no disfrutaba de la luminosidad de aquel lugar.

Únicamente se apresuraba a dejar detrás del respaldo de la que ahora era una silla ergonómica, su cazadora o chaqueta, según la época del año, y comenzaba a abrir con rapidez los sobres del banco, las facturas y los demás envíos postales mientras el ya anticuado ordenador iniciaba su proceso de arranque. Tres minutos exactos que le servían para ordenar mecánicamente los papeles que iban a la papelera inmediatamente, los que debía contabilizar y, por fin aquellos que requerían la atención del Señor Benavides.

Diez minutos después, mientras Roberto estaba ya en pleno proceso de contabilizar, primero a mano; haciendo los apuntes contables cual contable del siglo XX, en un papel en blanco en el que posteriormente graparía los extractos bancarios o las facturas, según correspondiera, llegaba con puntualidad suiza el Señor Benavides.

-Buenos días - Decían ambos prácticamente al unísono. 

De modo que Roberto sabía que disponía de otros díez minutos de reloj para terminar de meter los asientos contables en el nuevo programa de ordenador que tanto le había costado aprender nueve años antes, cuando viese por primera vez aquella luminosa estancia, disfrutando del cambio de luegar de trabajo. Transcurrido ese tiempo, desde el cuarto contiguo se oiría como cada mañana la voz del Señor Benavides diciendo en tono alto y firme:

-Señor Fernández, vemos lo que tenemos pendiente para hoy, por favor.

Y él haría una mueca cada día más agria, suspiraría cada vez más sonoramente y cogiendo los papeles necesarios, y organizados de forma metódica a primera hora, tan solo veinte minutos antes, acudidía al despacho del Señor Benavides, dando siete pequeños pasos hasta encontrarse cada a cara con su jefe, un hombre diez años más joven que él, de aspecto atlético, ojos oscuros y penetrantes e impecablemente vestido, peinado y perfumado.

Sin siquiera levantar la vista de su pantalla Mac último modelo que cada día que pasaba le parecía a Roberto más grande, más brillante, vista desde atrás y más moderna, el Señor Benavides miraría sin decir nada los papeles que Roberto le hubiera tendido con respeto desde el otro lado de la mesa, los observaría durante un instante tan sólo para después desviar la vista hacia su pantalla y preguntar si había algo urgente para aquel día.

Pregunta capciosa donde las hubiera, ya que hacía ya años que no había ninguna urgencia. Ni tan solo algo interesante a lo que pudiera dedicar su tiempo el Señor Benavides. 

Desde que muriera su padre, anterior jefe del Señor Fernández y tuviera que vender la empresa de la familia a una multinacional sueca para trasladarse del pequeño cuchitril que Roberto recordaba ahora con añoranza, el Señor Benavides no tenía absolutamente nada que hacer durante toda la mañana, más que repasar la prensa económica, sacar los extranctos bancarios para entregárselos a su contable y gestor fiscal y contestar con tono impaciente a las escasas llamadas que recibía en su teléfono móvil, última generación fuera cual fuera en aquellos largos nueve años.

-Hoy vamos a sumar los tiques de los taxis.-Anunciaba una vez cada quince días el Señor Benavides.

Aquello significaba que Roberto podía tomar asiento, siempre después de coger su calculadora y tras haberla recuperado de entre las facturas del día, y haber recorrido esos otros siete pasos hacia su mesa, repleta de papeles, laboriosamente apilados, y vuelta al despacho de su jefe, que tamborileaba nerviosamente con los dedos en la superficie siempre impoluta de su mesa de madera de roble, de metacrilato o de cristal, según el material que se llevase en aquel momento en el curioso mundo de la decoración de interiores.

La esposa del Señor Benavides dedicaba todo su tiempo libre, todo su día literalmente, a recorrer las tiendas más caras de la ciudad, revisar las revistas de interiorismo y comprar cualquier objeto que pudiera hacer la vida de su marido más cómoda en aquella pequeña oficina en la que pasaba él las mañanas hasta que daban las dos y media exactas de la tarde.

Para entonces Roberto ya hacía media hora que se había despedido del Señor Benavides hasta el día siguiente. Bajado las escaleras que le separaban una planta del jardín y del aire fresco y puesto rumbo a paso rápido hacia el metro. Media hora de metro en línea directa hasta su casa donde su mujer y su hija le esperaban para comer.

Ni Kafka hubiera podido encontrar un lugar más apropiado para describir la angustia que podía llegar a suponer en la vida de dos hombres adultos, pasar aquellas largas horas de cada mañana laborable. Sin intercambio de ningún tipo comentario que se saliera de la rutina laboral. Sin mencionar el uno al otro apenas la exisencia de una vida exterior, al margen de las facturas, los balances y los descuadres del banco por haber metido una comisión financiera que correspondía a otra cuenta.

Por eso cuando el Señor Benavides una mañana entró y enlugar de decir como cada mañana "Buenos días", espetó un lacónico:

-Señor Fernández, venga a mi despacho.- Aún con su abrigo color camel de pelo de camello puesto sobre los hombros, Roberto supo que algo iba a cambiar en su vida.

-La situación de la empresa es cada vez mejor fiancieramente, gracias a las inversiones que he ido eligiendo con extremo cuidado, diversificando el riesgo entre Asia, Europa y Estados Unidos. Sin embargo, usted, Señor Fernández sabe mejor que nadie que cada día tenemos menos necesidad de utilizar papel. El mundo está transformádose y las nuevas tecnologías hacen más sencillo que nunca gestionar los patrimonios desde un sencillo ordenador como éste- El Señor Benavides señaló la última versión compacta de una de las máquinas más caras, que no más eficientes del mercado del hardware en aquellos momentos.

Roberto miró de nuevo la pantalla desde su perspectiva, por la parte de detrás de la misma y se percató de que ya no era gris metalizada sino blanca brillante. Nueva. Aquello explicaba la factura de Apple Store de 4.879 euros con IVA al 21% que había llegado hacía dos días a su mesa.

-Usted fue un gran empleado para mi padre durante toda su vida. Recordará que yo era solamente un recién licenciado en Economía cuando nos conocimos y empecé a trabajar en aquella empresa que fundase mi padre. Siempre le tuvo a usted en una gran estima.

Silencio pesado, plomizo, como el día, que en el exterior amenazaba tormenta de primavera.

-Su trabajo conmigo ha sido siempre magnífico. Sin embargo, la vida está cambiando y usted a penas maneja el correo electrónico. Emplea mucho más tiempo del necesario en meter los datos de las facturas y de los bancos en ese programa que usa y que, reconozcamos que le costó más de lo habitual en aprender a utilizar. Recordará sin duda que tuvimos que contratar un servicio extra para que pudiera llamar a un número novecientos cada vez que surgía alguna duda, cuando tuvimos que implantar el sistema de contabilidad en su nuevo ordenador.

Roberto visualizó su antiguo equipo negro, con sus eternos tres minutos de reloj necesarios para arrancarlo cada mañana.

-A partir de la semana que viene será mi hijo Álvaro quien se ocupe de llevar la contabilidad de la empresa. La fiscalidad también la hará él bajo mi supervisión. 

Un nuevo silencio se apoderó de la estancia.

-Como sabe usted bien, Álvaro acaba de regresar de Estados Unidos de terminar su máster en ADE y quiero que tenga la oportunidad de empezar a trabajar en el negocio familiar desde abajo. Por supuesto- y aquí el Señor benavides carraspeó involuntariamente, lo cual le obligó a incorporarse ostensiblemente para recuperar la posición perfectamente erguida que siempre mostraba, se entrase cuando se entrase en su despacho. -Usted, que siempre ha realizado un gran trabajo en esta empresa, tendrá todos los beneficios que se le puedan ofrecer para que su jubilación no se vea afectada. Ya tiene usted, ¿cuántos? ¿sesenta y dos años?

-Sí, Señor Benavides.Cumpliré sesenta y tres en junio, dentro de dos meses.

-Bien. Todo está preparado en la gestoría. Sólo necesitan su firma y su consentimiento, además de asegurarnos de que con la aceptación de este cheque que tengo ya preparado, de cuatro mil euros adicionales, en concepto de, digamos agradecimiento a su lealtad todos estos años con la familia - y sacó de su chequera de piel de cocodilo color marrón oscuro un cheque perfectamente liso, sin una sola arruga. -Me he permitido además la libertad de elegir con mi mujer este fin de semana este regalo para usted.

Roberto cogío la bolsa blanca, con asas negras de cuerda y miró en el interior. Era una de esas tiendas en las que la esposa de su jefe acostumbraba a comprar los complementos para su marido, El lo sabía porque el nombre de la bolsa que ahora sostenía, aparecía en las facturas que muchas mañanas había picado en la contabilidad, con sus propias manos, escribiendo sobre un papel blanco primero y pasando después el asiento contable al programa informático.

-Ábralo, Señor Fernández, no sea tímido, es un regalo de agradecimiento, no solo mío, podríamos decir que de toda una familia. Es algo que me enseñó mi padre: siempre se debe reconocer la lealtad y la fidelidad de un buen empleado, como usted, que entró a trabajar con mi padre bien jóven, continuó conmigo viendo cómo yo me hacía mayor y cómo ahora mi hijo va a tomar las riendas de la sociedad. Tres generaciones que se unen para valorar su trabajo durante tantos años.

Roberto separó el lazo negro de tela que envolvía el paquete perfectamente cúbico. Después retiró el papel blanco con letras góticas negras que daban constancia del nombre de prestigio de la firma comercial. Y encontró, sin sorpresa alguna, una caja de piel negra con un elegante reloj de esfera blanca y correa negra de cocodrilo auténtico que marcaba las nueve y veinte minutos de la mañana.

-Es precioso Señor Benavides

-Por supuesto, puede pasar por la tienda si la correa necesita de algún agujero más. -Señaló el Señor Benavides, intentando esbozar una mueca que parecía querer ser una leve sonrisa en los labios.-Me alegro de que le guste. Hemos grabado mi mujer y yo sus iniciales en la parte posterior. Ella siente no poder verle, pero tenía una terea ineludible hoy. También Álvaro siente no poder estar, pero he querido que fuera a la gestoría a terminar de firmar los papeles que le dan plenos poderes en la sociedad y su nuevo contrato de trabajo.

-Por supuesto Señor Benavides. Me hago cargo.

-Pero mañana, a las nueve vendrá ya Álvaró conmigo para que pueda usted indicarle donde encontrar los documentos que vaya a necesitar, cómo está organizado el archivo. Yo aún no me aclaro con las carpetas. Al fin y al cabo, ha disfrutado usted de total libertad para organizar el trabajo y yo reconozco no haber prestado demasiada atención a estos pormenores. Sin embargo, conociendo su capacidad, sé que en los 15 días que le corresponden de vacaciones será usted capaz de enseñar a Álvaro dónde está cada cosa, a quién llamar cuando necesite alguna información adicional y cualquier cosa que usted considere relevante para que el traspaso de funciones no suponga ninguna dificutad para la empresa.

El Señor Fernandez asintió, miró de nuevo la caja negra de piel ya cerrada, mientras el Señor Benavides volvía a carraspear, cosa realmente extraña en él, hombre seguro e inquebrantable por naturaleza.

-Desde luego, he dado orden en la gestoría de que no descuenten los días que disfrutó usted en Reyes, sino que cuenten exactamente los quince días que le corresponderían de no haber faltado entonces. No supone ningún perjuicio para la empresa y a usted le vendrán estupendamente para redondear el finiquito.

El teléfono móvil del Señor Benavides sonó y Roberto salió del despacho como acostumbraba a hacer cuando esto ocurría. Se sento en su silla y guardó la caja en la bolsa blanca.

-Señor Fernandez, puede venir por favor.- De nuevo, como cada mañana a esa hora, con cinco minutos de retraso ese día, se trabaja de una pregunta retórica a la cual Roberto acudía sin contestar si quiera.

-Me dicen el la gestoría que ya está todo preparado- Se giró hacia su monitor blanco, cogió el raton y a los cinco segundos salieron un gran número de hojas de la enorme impresora y escaner que el Señor Benavides tenía junto a su escritorio-Aquí está: la carta de despido, el finiquito para que firme el recibí, los papeles para que los lleve al Servicio Estatal de Empleo y una copia de su última nómina que han preparado con total diligencia, teniendo en cuenta lo rápido que ha habido que hacerlo todo. Funciona realmente bien esta gente. 

Roberto se encontró con al menos siete hojas de papel que le tendía la mano firme de su jefe desde el otro lado de su mesa de crital. Observó el reflejo perfecto, en la mesa completamente diáfana salvo por el teclado y un ratón, del mismo tono de blanco que la pantalla.

-Cuanto antes firmemos, antes podremos ponernos con las cuestiones del día.- Insistió el Señor benavides empezando a perder los nervios. Más de cuatro segundos con la mano extendida, desde su posición sentado al otro lado de la enorme mesa no le resultaba ni física ni emocionalmente satisfactoria.

Roberto tomó lo papeles, los miró hoja por hoja hasta llegar a la carta de despido con el membrete familiar de la empresa que había cambiado levemente desde que empezara a trabajar allí.

"Despido Disciplinario" pudo leer en aquel último papel ya firmado y sellado desde la gestoría. 

-Es una mera formalidad -Volvió a carraspear el Señor Benavides- Despido Disciplinario es la única forma de que la empresa pueda ahorrarse los quince días de preaviso que imponela ley. Ya sabe usted cómo son de puntillosos los sindicatos en materia de despidos. Pero sus vacaciones, prorrata de la paga extra que le corresponde por los días trabajados este año, los treinta y tres días trabajados y por supuesto el cheque nominativo que le acabo de entregar junto a su nuevo reloj, son mucho más que lo que le correspondería por sus quince días de preaviso. Una mera formalidad.

El Señor Fernández, que no Roberto, tomó el bolígrafo Montblanc que le tendía su jefe para firmar su despido disciplinario pensando en que por fin, transcurrido quince días no tendría que volver a entrar en aquella luminosa oficina nunca más, ni escuchar el fugaz "Buenos días", ni "Señor Fernández".

Nunca nadie más volvería a llamarle de aquel modo.

Publicado la semana 74. 16/06/2018
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