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Nuria López Blázquez

Nadie cree ser una mala persona

Nadie cree ser mala persona ni carecer de sentido del humor. Se puede hacer la prueba con un buen amigo, con el que se tenga confianza y decidle con calma que, en ese momento no está teniendo absolutamente ni un ápice de sentido del humor.

La reacción será inmediata y debremos prepararnos para algún que otro improperio en el mejor de los casos.

Si hacemos la misma prueba, pero esta vez comentando que alguna de nuestras amigas presentes en ese momento, no se está comportando como una buena persona en un caso muy, pero que muy concreto, la reacción será mucho más airada y violenta. Por parte de la interesada, o del interesado y de los demás amigos también. Y eso si hemos tenido la suficiente precaución y hemos utilizado el verbo “comportarse” y no el temido “ser”.

Podría ocurrir, como diría mi buen amigo Pablo, que, si la persona en cuestión es definitivamente una mala persona, admitido este principio general por todas las que nos consideramos sus amigas y amigos, en ese instante se produzca un incómodo silencio, mientras la persona cuestionada nos insulta de forma abrupta.

Y es que seamos sinceras: todas conocemos a alguien que es un auténtico capullo o una auténtica mala persona que forma parte de nuestro entorno más cercano, con quien por si fuera poco quedamos a tomar cañas en algún momento del año o a compartir momentos de ocio.

Invariablemente volvemos a casa preguntándonos “¿Por qué narices tuve que salir con semejante persona hoy?

Dependiendo, además de nuestro grado de masoquismo, estrechamente ligado a nuestra formación judeocristiana, y directamente proporcional a los años en que hayamos profesado la fe católica, volveremos a caer en el mismo error de quedar con él o ella una y otra vez.

Recuerdo perfectamente como si fuera hace un mes, que mi amiga Andrea cuando éramos muy pequeñas, entre los diez y los once años, quería a toda costa creer en dios como yo lo hacía, víctima de una madre creyente y practicante y de un padre que, decidido a erradicar mi fe por completo, para siempre, decidió dar gusto a mi madre y enviarme a un colegio de monjas, durante cuatro espantosos e interminables años en plena etapa de la formación de mi personalidad preadolescente.

Sin embargo, no sabe mi amiga Andrea la suerte que tuvo de no tener que padecer esa educación culpabilizadora por antonomasia, que deja marcadas sus huellas en tu manera de afrontar las relaciones humanas a fuego; es prácticamente imposible deshacerse de ello, aunque a base de bofetadas emocionales termina una aprendiendo. No sabe, insisto, la gran ventaja con la que entró en las relaciones maduras entre iguales con un grado de asertividad ya aprendido, sabiendo lo que realmente quería y lo que no. Cuestiones claves que la educación judeocristiana no permiten que se desarrollen en los individuos ya que “hay que escuchar a aquellos a los que nadie escucha”. ¿Por qué? ¿Qué necesidad? ¿No podría ser que, si no les escucha nadie, si no tienen nadie con quien salir los domingos y fiestas de guardar, es porque son sencillamente inaguantables?

Mira a tu alrededor y solo para tu interior, si no quieres compartirlo, pero reconoce que todas conocemos a alguien así, alguien a quien podríamos considerar una mala persona, por mucho que en el mundo ni siquiera los peores dictadores pretéritos y modernos se autocalifiquen como tal. Las malas personas existen, están aquí y están para quedarse; de manera que es mejor aprender a frenar nuestros impulsos empáticos, en este caso al menos y ponernos a resguardo.

Publicado la semana 72. 27/06/2018
Etiquetas
María Ostiz , No quedaba otra , Con las amigas
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