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Nuria López Blázquez

Cosas por las que merece la pena vivir

Recuerdo esa escena de Manhattan de Woody Allen, en la que se tumba en su sofá y con una grabadora de mano, pequeña, cuando aún no existían los móviles, comienza una disertación sobre las cosas que le dan sentido a su vida. Cosas pequeñas, que no se compran, pero que para él representan en la película algo valioso; por lo que merece la pena despertarse cada día.

https://youtu.be/3hQMB7qIODo

Como escritora, siempre he sentido la necesidad de escribir mi propia lista de las cosas que me mueven por dentro: las que me gustan, por las que merece la pena levantarse cada día y vivir. De modo que ahí va mi lista, sin grabadora, pero con voz pausada, recreándome en cada palabra.

Adoro el sonido de las golondrinas al levantarme en primavera y cuando cae la tarde, escuchándolas y viéndolas volar, rasantes, cercanas, desde mi balcón metropolitano.

Me encanta despertarme a la hora que sea, por mala que haya sido la noche y encontrar la sonrisa pícara de mi hijo pequeño, diciendo sólo con ese gesto “por fin te has despertado”.

Mis palabras mágicas de cada mañana “Buenos días, preciosa”, que me hacen sentir feliz, y sonreír, sea la hora que sea desde hace tres años. Aparecen invariablemente, ya sea de forma directa, acompañadas de un beso o en la pantalla de mi teléfono si esa noche no hemos dormido juntos.

Despertarme después de 14 horas de sueño profundo, reparador. Sola en mi cama. Estirarme entre las sábanas revueltas y disfrutar de mi soledad y del silencio. Saber que ese día he cumplido con mi objetivo de descanso absoluto, sin ninguna interrupción, recuperando la energía necesaria para los próximos veinte días.

Pasear al caer la tarde por la playa, cuando ya todo el mundo se ha retirado con sus sombrillas, toallas y armatostes varios y puedes ver el horizonte, escuchando, que no oyendo el sonido del mar.

Salir de trabajar y tener el suficiente tiempo para decidir volver andando a casa, sin prisa, sin “tengo que… en la cabeza. Disfrutar de ver la cara de la gente. Escudriñarles, intentar descifrar qué se refleja en esos gestos e imaginar vidas, idas y venidas de la gente que pasa a tu lado, por un instante, y a la que probablemente no volverás a ver en esta gran ciudad.

Encontrarte por casualidad en el metro, el autobús, con una amiga o conocida, de las que hace tiempo que no ves y poder para a tomar un té o un café en la calle. Porque la última vez que hablamos dijimos las desgastadas, manidas y horribles palabras de: a ver si nos vemos, que hoy son tanto como decir: “ojalá tuviéramos tiempo, pero no es una prioridad en mi compleja vida ahora mismo”. Suena duro, pero es real; peor aún si esas palabras ni siquiera las hemos pronunciado por teléfono, sino a través de cualquiera de los medios que las redes sociales nos proporcionan.

 “A ver si…. Sabiendo que no va a ser.

 

Sentarme al ordenador, con calma y escribir. Mejor si es de noche y se escuchan en el silencio de la casa, todos dormidos ya, el repiqueteo de las teclas. Ese gran momento de intimidad creativa que tan completa me hace sentir.

Una comida con amigos en fin de semana, que empieza a las dos de la tarde y se alarga hasta las dos de la mañana, sin necesidad de alcohol, con risas sanas a carcajadas, riéndonos de nuestras propias vidas, sin entrar en las de los demás ajenos a ese espacio cómplice.

Una fiesta en cualquiera de los espacios autogestionados que cubren Madrid estos años, en los cuales siempre te cabe la duda de si se caerá el edificio apuntalado. Espacios enormes, con talleres interesantes, con gente que conoces de vista, otra con la que te saludas con un abrazo. Descubrir qué se hace en cada una de las salas: aquí una sala para fumadores, aquí otra para los que fuman algo más que tabaco, allí otra en la que dan una clase de autodefensa feminista, un piso más arriba música y bola de discoteca qué nadie sabe de dónde habrá salido. Conversaciones interesantes en cada rincón, mientras fuera diluvia y tú te sientes como en famila.

Dormir una siesta en tu sofá, sin necesidad de levantarte a una hora concreta, tapada hasta el cuello. Sin saber qué te adormece más: el ronroneo de tu gato en la tripa o dejarte llevar por el sopor, intentando leer, manteniendo los ojos semicerrados, notando como a cada segundo que pasa cuesta más centrar la vista, por muy interesante que resulte la lectura

Publicado la semana 69. 03/06/2018
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La Buena Vida , Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir , Vida
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