Semana
66
Nuria López Blázquez

Mi pitonisa particular

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Cuando a Marta la despidieron de la empresa, en la que llevada tres años trabajando, toda una eternidad para el mundo "líquido empresarial" de hoy en día, se sintió inicialmente angustiada. Después enfadada. Posteriormente furiosa. Luego, de nuevo agobiada por cómo pagar las facturas, el alquiler, la compra y esas pequeñas cosas cotidianas que, nos convierten en seres humanos independientes económicamente.

La tercera semana, la angustia desapareció y se despertó el lunes a la misma hora a la que acostumbraba levantarse para ir a trabajar. Aquella mañana no le costó levantarse; de un salto salió de la cama, se duchó, se secó en tiempo record, ya que la calefacción había sido lo primero a lo que había renunciado, en aquella ya lejana, primera semana de angustia y, se sentó a esbozar en un papel primero, luego en dos, después en tres, la idea que llevaba pergeñando toda la noche en la cama.

Podía volver a establecerse como autónoma, el maldito autoempleo que tanto se escucha constantemente, cuando a partir de los 44 años te quedas sin trabajo, o cuando eres mujer y te quedas embarazada, o cuando anuncias en la empresa que te vas a casar, o cuando...

Lo tenía todo decidido. No era la primera vez que se quedaba en la calle. Se había casado con 32 años y al mes y medio, después de ser la brillante abogada recién salida de la carrera que no podía faltar a ninguna reunión con un nuevo cliente, y participar en los casos más importantes del despacho, al menos para que su opinión fuera escuchada, se vio despedida con un generoso finiquito y tiempo de sobra para observar estupefacta, la blanca marca de su anillo de casada, tras la luna de miel en Rivera Maya.

Si había salido de aquello, ahora con 44 años podía hacerlo mucho mejor. Su bagaje era mucho mayor, sus redes también; vivimos en el “Networking” perpetuo.

Tras un segundo café, observo orgullosa su plan de empresa, ya pasado a un PowerPoint y un espléndido Excel, con tablas dinámicas: abriría una gestoría para llevar los impuestos de los pequeños autónomos primero, y poco a poco iría acercándose a pequeñas empresas. Sus conocimientos de derecho fiscal eran amplios y era perfectamente capaz de hacer aquello sola. Sola o acompañada, porque las ayudas a la contratación de mujeres mayores de 45 años, si su contrato se planteaba como indefinido desde el inicio, le habían dado la idea de contactar con una de sus conocidas, en paro desde hacía meses.

Aquel lunes se inició su nueva vida laboral, una vez más.

Al mes tenía ya dos clientes. Un fontanero del barrio y una mujer a la que había conocido de forma casual, en uno de los talleres de “mejora de la autoestima” a los que Marta se apuntó en el espacio de Igualdad de su barrio, en la semana “número dos” postdespido, después de que el enfado le pillara insultándose a sí misma, delante del espejo del baño.

Aquella mujer, que era ahora su cliente número dos, no tenía nada que ver con ella, era muy agradable de trato, sonriente, pero con un pronto muy fuerte, que la hacía estallar en ataques de rabia.

Todos estos detalles, los conocía porque eran cuestiones privadas que se compartían en las sesiones del taller, para intentar conocerse mejor y, ser capaces cada una de “reconocer en qué parte de nuestra personalidad, se encuentra el problema de autoestima. Porque la autoestima no es una: son muchas en una misma persona. Autoestima como mujer, como madre, como trabajadora, como hija…

Esto al menos es lo que explicaba una de las facilitadoras del taller. Porque en los cuatro años en los que Marta no se había acercado a aquel espacio de Igualdad, al que le encantaba ir de vez en cuando para reponerse, refugiarse, sentirse parte de la “manada”, como se dice ahora en el imaginario feminista, las dinamizadoras habían pasado a ser facilitadoras. Lejos quedaban las profesoras, educadoras sociales y otros términos semejantes, según el quinquenio en el que se acudiera a uno de estos centros. El postmodernismo alcanza todas las esferas de la sociedad, queramos o no.

La cuestión que más le costó asumir a Marta, fue el hecho de aceptar ante sus amigos que su segunda cliente era pitonisa, echadora de cartas, tarotista, y una famosa “consejera espiritual”, que salía en la televisión por las mañanas, junto a un tapete verde y unas cartas rarísimas a las que Marta intentaba ni mirar, cuando iba al local donde pasaba consulta su segunda cliente.

Marta creía en el Karma, ya que como su amigo Pablo sentenciaba, todos los que crecieron con las películas de Wall Disney, siguen pensando que el mal será derrotado y se hará justicia en el último momento. Sin embargo, el Karma era una cosa y aquellas cartas, velas, dioses con cabezas, dragones dorados y símbolos para ella indescifrables era otra cosa muy diferente y, alejada de su imaginario y su mentalidad más primaria.

Pero una clienta es una clienta, y a base de hacerle las facturas de la televisión, de entrar semanalmente en el local, y mirar ya a los ojos a los dragones y hadas de porcelana, tuvo que pasar por el trance de ir a la Delegación de Hacienda con ella, donde finalmente, asumió que era un empleo como otro cualquiera y que hasta en Hacienda lo aceptaban como tal. Ese fue tal vez el día más duro de sus comienzos como asesora fiscal.

 Marta y su clienta esperando sentadas juntas a que les atendieran en las mesas para actualizaciones del modelo 036. Marta pidiéndole a aquella mujer a la que conocía quizás más de lo necesario, que no se alterara y que por favor mantuviera en todo momento una sonrisa cordial, nada de ponerse violenta con la funcionaria que les tocara.

La cuestión estaba complicada, la anterior gestora había dejado muchos flecos sin cerrar y había que hacerse cargo de una sanción por no presentar un modelo de un impuesto en plazo. La pitonisa que lejos de hacer caso a Marta, empezaba a elevar el tono y a decir, “esa se va a enterar, ya verás”, Marta tratando de contenerla y de enterarse al mismo tiempo de cuál era el importe de la sanción en cuestión y, la funcionaria que al ver la situación pidió que se acercase el responsable del departamento de censos.

Aquel hombre, agradable de trato, joven y guapo, se acercó sonriente y tras escuchar el breve resumen de la funcionaria, le preguntó a Marta mirándola directamente a los ojos: “y ¿por qué está inscrita en el epígrafe 999, “otros sectores de actividad”? ¿No pueden concretar más? ¿A qué se dedica exactamente su empresa?

Marta tomó aire, ya ni siquiera escuchaba las voces de su clienta, y con la cara más seria que pudo poner, como si pidiera disculpas, dijo: “es pitonisa, tarotista…echadora de cartas” y esperó la reacción del responsable de la unidad de censos.

-Bien. Entonces 999 es el epígrafe correcto.

Marta volvió a tomar aire y pensó: “666 hubiese sido más adecuado, pero aceptamos 999”.

A partir de aquella fructífera mañana, en la que solventaron todos los problemas fiscales de su clienta y asumieron juntas el 999 como su epígrafe del IAE, Marta pasó a poner una pitonisa particular en su vida.

 

Publicado la semana 66. 11/04/2018
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El Fary , Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir
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