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Conduciendo

Mi amiga Carmen dice que cada uno conduce como es. Este comentario surgió tras un fugaz viaje de amigas. Fugaz absolutamente. Carmen decidió irse en tren. Nos conoce de sobra a Gemma y a mí y sabe que no íbamos a cumplir la promesa de salir del trabajo a las tres, un viernes.

Gemma es una absoluta apasionada de su trabajo, empatiza con cada caso que la llega y no es capaz de dejar tirada a ninguna familia que se encuentra en el trance de afrontar que un familiar ha tenido algún tipo de accidente cerebro vascular y ha perdido capacidades. En este caso concreto, se trataba de una mujer que al dar a luz sufrió un derrame. ¿Cómo dejar a alguien así sin valorarla, sin darle la oportunidad de que la familia conociera su centro, después de que desde su seguro privado dijeran que no podían hacer ya nada por ella?

En mi caso el trabajo no me apasionaba, pero se me acumulaba. Mi jefe llevaba en estado de estrés varias semanas esperando a vender un piso que había comprado a un montón de familiares indirectos de una mujer que tuvo la suerte de comprar un piso enorme en el mejor barrio de la cuidad.

El negocio para el que yo trabajaba por aquellos días, consistía en adquirir pisos complicados de comprar, rehabilitarlos y venderlos a precios desorbitados. Durante el proceso, se habían producido varios retrasos, lógicos cuando hay tal cantidad de herederos de diferentes clases sociales y con diferentes necesidades. Sin embargo, así como la empatía era el fuerte de Gemma, el de mi jefe en ocasiones brillaba por su ausencia. Así era como a mí se me había acumulado el trabajo. Reacciono fatal a los gritos, estrés postraumático lo llama mi psiquiatra, y esa semana el tono había subido y estábamos los dos empleados un tanto presionados.

La diferencia entre Germán y yo, era que a él la situación no le angustiaba y a mí sí, de forma que me quedé hasta más de las cinco organizando papeleo pendiente.

Cuando llegué a recoger a Gemma con mi coche eran las seis y pico y ninguna de las dos había comido; un sadwich de pavo que bajó ella de su casa fue lo único que engullimos en el trayecto.

Conduje todo el tiempo, de noche hasta que por fin llegamos y conseguimos meter mi coche, que parecía un autobús en el centro, entre las estrechas callejuelas del centro.

Tan fugaz fue la escapada que no llegaron a veinticuatro horas juntas. Mucho por ver, mucho por hablar, con Carmen, con Sara que también vivía en Salamanca.

Era mi amiga de la infancia, con la que pasé veranos completos de los 4 a los 18 años. Amiga de confidencias, de hacernos mayores juntas, o eso pensábamos entonces. Yo le leía siempre lo que escribía y ella era mi mejor crítica, implacable y al tiempo aportando su visión. La mejor para esa tarea. Nadie más ha sido capaz de hacerlo igual nunca más. Tampoco dejo a nadie que lo haga, porque crecí con la mejor y nadie sabría hacerlo como ella.

Pero se casó y dejó una brillante carrera profesional en Madrid, para seguir al hombre de su vida, con el que tuvo tres hijos. La veía ahora allí, en aquella ciudad pequeña y me costaba reconocerla. Muchas hemos dejado cosas por amor. Yo diría que en mi generación la mayoría.

Yo misma, dejé mi carrera universitaria al grito de “si vuelves a acompañar a tu director de tesis a comprar una cama, aunque sea porque se está divorciando, él que se divorcia soy yo”. Es verdad, que mi director de tesis no estaba muy centrado. Nada centrado.

No era que quisiera acostarse conmigo, pero entre machos si tocan a “tu” chica, o si crees, imaginas o fantaseas con que pudieran hacerlo, no se consiente y lo que haces es amenazar a “tu” chica. Cuando lo lógico sería echarle narices al tema y hablar con el susodicho director de tesis y plantearle que no es normal obligar a una becaria de doctorado a ir de compras cuando te divorcias, ni llamarla a las tres de la mañana porque tu ex mujer te persigue insultándote por la casa….lo dicho, no estaba en sus cabales aquel hombre, muy inteligente por otra parte, para la cuestión intelectual, o bien ayudar a tu pareja a empoderarse y plantearle sin amenazas, eso sí…que es necesario poner al director, señor catedrático en su sitio.

Pero por aquel entonces existían los “señoros” pero no era yo consciente, ni la sociedad estaba tan concienciada. Así que yo también abandoné una brillante carrera en la Universidad por el que un año después se convertiría en mi marido.

De modo que, mientras pensaba en lo cambiada que estaba Sara, sabía que no podía decirle nada, porque yo misma había pasado por lo mismo y fui feliz así. A ella se la veía más feliz que en otras temporadas. El cambio de Madrid a Salamanca le resultó duro, lógicamente. Su familia política era todo lo contrario a lo que fueron sus padres: referentes del progresismo de los años 70 y 80. Y ella se vió rodeada de ganaderos castellanos, con ganado por afición, no por necesidad, con comentarios machistas y retrógrados en las comidas familiares.

Sara era fuerte y puso punto y final a aquello de manera radical: dejó de ir a las comidas, cenas e incluso navidades. Al menos hasta que nacieron los niños.

Realmente, verla la vi poco aquel fin de semana, porque con sus tres hijos, su marido, su trabajo que la obligaba a trabar algunas noches, eran medias horas, o una hora como mucho lo que podía sacar para vernos y contarnos cosas en su propia ciudad.

Y de nuevo me acordé de la frase: “cada uno conduce como es”.

Yo lo abriría aún más: “cada una nos conducimos y corremos, sin coche necesariamente, según somos y estamos”. Yo misma cuando me encuentro mal corro y hago mil cosas a la vez. Y según veía a Sara intentando sacar pequeños ratos para vernos y a la vez tener que salir corriendo cuando la llamaban al móvil, y a Carmen corriendo para meter en las maletas que había traído de Madrid las cosas que quería llevarse de aquella casa en la que creció y que ahora deseaba vender como si la quemara entre las manos, recorriendo habitaciones de los 200 metros cuadrados a tal velocidad que yo no era capaz de seguirla, y de empaquetar lo que iba cogiendo, me di cuenta de que no es necesario conducir para ver cómo estamos, cómo somos.

Basta con observarnos con distancia, incluidas a nosotras mismas para saber si debemos parar un momento y pensar.

Publicado la semana 60. 18/03/2018
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