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Nuria López Blázquez

Caída, rotura y compostura emocional

Cayó todo lo larga que era sobre una de esas rejillas metálicas que abundan en la gran ciudad. Era un día de finales de primavera, de esa extraña primavera que el cambio climático había convertido prácticamente en un nuevo otoño. Por ello llovía, diluviaba, como si de tormentas tropicales se tratara, y lo hacía prácticamente todos los días de la semana, sin descanso.

La rejilla empapada, sus botas de plástico rojo y su ritmo extrañamente pausado hicieron el resto. Y se vio en el suelo. Las manos raspadas con ese escozor que le recordaba a sus días de infancia, cuando aterrizaba en el patio del colegio y la gravilla arañaba sus palmas y sus rodillas. Al mismo tiempo, notó un sabor conocido en la boca, ferroso; un sabor y un olor que reconoció como sangre en el labio, en la lengua o en la mejilla. No podía concretarlo en ese preciso instante, por el dolor que sentía al mismo tiempo en la barbilla, la cual había impactado fuertemente contra el final de la rejilla, tocando directamente con los adoquines duros, fríos, mojados.

Tras el impacto inicial y ya recuperada del estado de conmoción inicial, se dio cuenta de la semejanza de su caída física con su estado emocional. Se sentía tal cual estaba en aquel instante: estirada en el suelo, deleitándose en su amargura sin ganas de levantarse. A veces la vida te sitúa en condiciones físicas para obligarte a parar y recapacitar sobre lo que estás haciendo. Puede tratarse de una enfermedad, la rotura de una pierna, o una simple caída como en aquel instante. De nosotras depende ser capaces de interpretar la señal y aprovechar la situación para repensarnos.

Ese ritmo pausado de su deambular no era habitual en ella, siempre con prisas, llegando tarde a cada cita, en una acumulación de tareas diarias constante. Sin embargo, aquel día había decidido parar. No conseguía sentirse bien.

Sabía que despertaba la envidia de mucha de la gente que la rodeaba. Todos consideraban que llevaba una vida envidiable, con una agenda repleta de compromisos con personas conocidas por todos, horarios laborales que se alargaban hasta bien entrada la noche y ni un minuto libre que permitiera salirse de los planes establecidos y plasmados en su libreta de piel azul, siempre a mano en su bolso último modelo. Esta sociedad resulta así de absurda, se valora y se considera a una persona según lo ocupada que esté. Nadie reconoce de buena gana que tiene todo el tiempo libre que quiere porque ello te condena al ostracismo social. Absurdo, pero absolutamente cierto.

Cuando nos preguntan qué tal estamos, ninguna respondemos que estupendamente, sin prisa, disfrutando de cada momento. La respuesta más común es “cansada, sin parar” lo cual despierta en la otra parte el afán competitivo y se inicia una escalada de egocentrismo basado en las múltiples tareas que nos vamos imponiendo a diario, muchas veces sin, ni siquiera escuchar a quien tenemos enfrente.

Fue consciente de esa situación dos días antes, cuando se escuchó a sí misma disculpándose ante su hermana por teléfono ya que le sería totalmente imposible acudir al primer cumpleaños de su sobrino, debido a una ineludible cita, en casa de una conocida cantante con la que su empresa estaba a punto de cerrar un importante contrato.

Su hermana suspiró al otro lado y simplemente dijo:

-De acuerdo. Cuando tengas tiempo pasas a vernos. Nosotros siempre tenemos un hueco para ti. No suelo hacer nada que no pueda posponer. Resulta raro hoy en día ¿verdad? pero lo considero una suerte enorme.

Nunca antes se había encontrado ante una muestra de asertividad tan evidente. Fue un golpe brutal que la hizo ser consciente de la poca consistencia de su vida diaria, de sus prisas artificiales, de su extremada debilidad. Y decidió parar. Respirar hondo y tratar de buscar dentro de ella qué era lo que realmente perseguía cuando corría a diario.

De ahí su ritmo pausado aquel día. Seguramente la falta de práctica caminando despacio, la hizo caer y resbalar sobre aquella rejilla metálica. Una metáfora cruel de su actual estado: en pausa.

Publicado la semana 59. 09/07/2018
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Todo lo vivido , Por la noche
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