Semana
53
Nuria López Blázquez

Gélido invierno

Género
No ficción
Ranking
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¡Cómo no reengancharme al reto de los 52 Golpes en 2018! con lo disfrutado hasta ahora y sobre todo porque comienzan en enero. Tal vez si se empezase en julio la afluencia sería menor y mis ganas también, pero en pleno invierno, después de toda la resaca navideña a las espaldas, es sin duda el regalo de la que llaman cuesta de enero.

Cuesta de enero no sólo en lo económico, si bien ahora según el discurso oficial estamos en plena recuperación y los telediarios nos muestran la afluencia masiva a las rebajas en este primer domingo lluvioso, gélido, después de haber comprado todo lo imaginable entre Papá Noel y Reyes. También cuesta de enero en lo emocional, en lo más profundo.

Hay quien adora este tiempo frío, los árboles sin hojas, el viento helado en la cara, la lluvia, necesaria sin duda, pero ¿de verdad tiene que caer toda en la misma semana?

A mí el invierno profundo de enero a febrero me hace sentir desolada. Me asomo a la ventana y veo las ramas desnudas, la gente abrigada, andando lo más rápido posible y lo único que quiero es volverme a la cama. Yo, de verdad, si pudiera elegir me convertiría en un oso e hibernaría hasta que se templasen los días, se acortasen las noches y se pudiera salir de casa sin necesidad de llevar la capa de ropa térmica debajo. Un pequeño momento para agradecer este gran recurso que me enseñó mi gran amiga, ahora al otro lado del Atlántico y, que sin duda me ha salvado en los últimos inviernos.

Ahora que trabajo en una oficina y no desde casa, al menos puedo pasar unas horas con calefacción. Porque la pobreza energética existe y está más cerca de lo que muchos piensan.

Mi casa, preciosa por otro lado, fresca en verano, logra alcanzar temperaturas polares en el crudo invierno. Lo hemos comprobado mi pareja y yo: entre su casa y la mía, hay hasta siete grados de diferencia, sólo por la orientación, los muros enormes e impenetrables y el sol.

-Orientación norte, ni un rayo de sol entra por las ventanas. – Nos aseguró la vendedora de mi casa aquel mes de abril del año en que la compramos.

Y no mentía. Ni un poco de sol. Queda todo en el balcón, pero no penetra en la habitación, jamás. Entonces nos pareció estupendo, con el fin de poder pasar el verano medianamente frescos ya que, además veníamos de un ático: de esos por donde entra el sol por todas las ventanas, que por otra parte contaba con todas las orientaciones posibles al tener una estructura cuadrada, con lo cual el calor resultaba sofocante e imposible rehuirlo.

Pero hay un término medio, como diría Aristóteles y se nos pasó. Por mucho que ambos habíamos estudiado Ciencias Políticas, el termino virtuoso por excelencia, lo dejamos de lado y nos enamoró la belleza de una casa antigua, con muros de más de medio metro, techos excepcionalmente altos, un pasillo interminable y esas hermosas puertas antiguas que todo el mundo tira a la basura cuando compra una casa antigua. Es cierto que no aíslan del ruido, ni del frío, ni del calor pero son maravillosas y tienen toda una historia detrás.

Y la orientación norte supuso veranos frescos, sin aire acondicionado que es la bestia negra de todo ecologista como nosotros éramos. Pero llegó el cambio de situación económica y lo que había sido una factura de doscientos euros entre diciembre y febrero en gas para lograr calentar la casa, tuvo que transformarse en pobreza energética las semanas que yo paso sin niños.

Quien me conoce, como vostr@s ahora, sabe que yo soy la persona más feliz del planeta cuando en julio me meto en el coche y noto ese calor extremo. Dos horas al sol son suficientes para vivir esa experiencia. Y mientras todo el mundo pide a gritos “¡Abre las ventanillas!” yo, que por fin tengo el control del coche, espero unos segundos para disfrutar de cómo mi piel se pone de gallina gracias a esa temperatura maravillosa. Esta simple anécdota puede servir para entender el horror que vivo cuando el termómetro cae hasta los 5 grados y más abajo en estos días.

Sin embargo, todo tiene su lado positivo: escribir desde el frío extremo, con abrigo y gorra, le da un toque romántico a la escena. Puedes imaginar a esos grandes escritores que se trasladaron a París a principios del siglo XX, que pasaban frío, hambre y demás penurias e imaginarte reflejada en ellos, mientras tu nariz empieza a enrojecer. La imaginación no tiene límites.

Bienvenidos a mis 52 Golpes del 2018 desde las cuatro capas de ropa y la manta sobre las rodillas. Pasaremos el invierno junt@s e iremos viendo como lo superamos física y anímicamente, hasta volver a la felicidad absoluta de los 40 grados de agosto en la ciudad.

Publicado la semana 53. 07/01/2018
Etiquetas
La vida misma
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