Semana
49
Nuria López Blázquez

Estereotipos II y nueva vida laboral

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Natalia seguía empeñada en hallar la posibilidad de encontrar un trabajo remunerado. Ser asalariada. Dejar de hacer sus malditos impuestos trimestrales y le daba igual la horrible experiencia del año anterior. Incluso le negaba a su amigo Luis haber reconocido que el mundo laboral estaba lleno de gente extraña y competitiva, aunque ambos sabían a ciencia cierta que lo negaba por no darle la razón. Porque ella era cabezota y  ¡leñe¡, porque estaba ya harta de pasar un año entero encerrada en casa otra vez, trabajando sola.

-Prefiero a aquel jefe loco que me tomó por su asistente personal a la idea de pasar otro mes metida en casa.

-No te falta trabajo ¡Si hasta te han contratado para el proyecto de Finlandia!. Luis la miraba atónito. Él hubiera dado la vida por salir de su ámbito profesional que le exigía estar anclado a un despacho de esos que ahora llaman "open space" y que en realidad, son las mesas de toda la vida: ésas que salen en las películas de los años 50 del siglo pasado, pero con paredes de cristal y un "lunge" con puff y sofás para la hora del café, y que ahora desde septiembre servían el desayuno gratis para los empleados, con zumos naturales y café según llegabas a las ocho de la mañana, en un espacio “open” también...pero éste abierto a la calle, porque una gran cristalera permitía que todos los viandantes te vieran tomar tu café para empezar el trabajo.

- Ya, pero mira: puedo terminar lo de Finlandia este mes, al fin y al cabo, no me queda otra que acabarlo ESTE mes, así lo incluyo en mi currículum y al siguiente empezar a buscar y lanzar currículos sin parar hasta encontrar algo que me guste de verdad.

-Y lo peor es que lo encontrarás. Encontrarás el trabajo asalariado que quieres y volverás a dejarlo.

-No, esta vez, voy a elegir la empresa con mucho más cuidado. -Sentenció Natalia y se terminó de un trago el resto de la infusión que la quedaba.

-Mira que te gusta el melodrama...Escarlata O´Hara. – Este comentario sólo se lo consentiría Natalia a Luis, nadie más, ni su pareja podría decirle semejante cosa, ya que era absolutamente cierto.

Durante años, ensayó la cara de Escarlata en el espejo de su cuarto cerrando la puerta para que no la vieran sus hermanos. Pero Luis lo sabía. Precisamente porque él un fin de semana tras otro lo había sufrido: era el encargado de dictaminar si era o no similar la mueca a la de la protagonista de la mítica película cuando ambos contaban dieciséis o diecisiete años. Eso sí, a cambio Natalia había tenido que soportar las interminables quejas adolescentes, cargadas de hormonas, de cómo la chica pelirroja de sus sueños salía con todo el instituto menos con él. Ese tipo de relaciones que te han unido de forma tan fuerte, pueden mantenerse en el tiempo convirtiendo a esos amig@s de instituto en compañeros de quejas, risas y apoyo constante toda una vida

La cuestión es que la empresa apareció. En esta ocasión Natalia había rechazado, debido a su incursión laboral previa a toda gran multinacional. La empresa que eligió se circunscribía a un sector absolutamente diferente. Tampoco era hípster. Andaba entre dos mundos dispares: la empresa que crean dos niñas ricas, de colegio privado, pero que han optado por salirse del camino que las marcaron y acercarse a lo que se denomina ahora la economía social y colaborativa.

De modo que Natalia empezó a trabajar en una empresa que estaba ya en los 14 empleados, cooperativistas todos ellos, instalados en un local con techos altos, mesas de Ikea, sin zona de sofás, pero con sillas que habían ido trayendo cada un@ de l@s cooperativistas de su casa o de algún contenedor y, a la vez magníficos Macs que las familias de ambas cooperativistas “fundadoras” pusieron a su disposición, antes de saber que aquello iba a ser una cooperativa y no una empresa S.A. como mandan los cánones.

La cuestión era que Natalia disponía de unos medios técnicos estupendos para desarrollar su trabajo: un despacho y un compañero de despacho que pertenecía a todas las asociaciones, grupos y fracciones del mundo ecologista, vegano y animalista.

-Un chalado, Luis un loco peligroso. Es como un talibán, pero con el tema de los animalicos…De verdad. Se trae su propia comida y bebida, y la tiene apartada en la nevera de la oficina. - Luis la miraba con esa media sonrisa que a Natalia acababa por sacarla de quicio – ¡No me mires así! Consu, es vegana, ecologista y animalista. Dedica una tarde a la semana a ir a la perrera a sacar a pasear a los perros, a acariciar a los garos, hasta me contó la semana pasada que ahora tienen un burro y que ¡le da zanahorias! Pero tío, Consu si hacemos una comida, unas cañas un lo que sea, no se pide una tapa de jamón, pero nos monta un lío por comer un poco de queso, leches. Es flexible…definitivamente la flexibilidad debería definir a los seres humanos. – Y permaneció pensativa, tratando de averiguar si había dado por fin con el elemento necesario para mejorar las relaciones humanas e incluso la paz mundial. Por eso no escuchó más que lejanamente la voz de Luis que decía:

-Si es que te has metido en un sitio muy raro tía. - Luis no era ni ecologista ni nada parecido, lo cual a Natalia la desesperaba bastante.

Ella sí creía que había que cambiar la forma de consumir, reutilizar, reducir y reciclar, las famosas tres eres, transformar la forma de vivir; el paradigma en general, que diría Kuhn. Pero nunca se había adentrado en el mundo de la militancia activa. Sin embargo respetaba el compromiso activo de su red de amig@s y la encantaba escucharl@s, pero de ahí a hacer del centro el cambio, a situar la causa mundial por excelencia la lucha animalista, había un amplio trecho que Natalia no estaba dispuesta a transitar.

Y así fue como a aquel despacho en la cooperativa pasó a ser “el despacho de la feminista y el animalista”, ya que podían pasar todas las horas del café y el roiboos discutiendo sobre cuál de ambas causas debía ser la prioritaria en el cambio de modelo. Pero la mezcla funcionaba, porque cuando no hablaban de ninguno de ambos aspectos, como diseñador@s eran un gran equipo.

-Mejor en morado tirando a lila esta capa, degramos en la parte inferior. Morado y lila porque se trata de una campaña de zapatillas para niñas. Hay que huir del rosa y, el morado que vira hacia lila abajo no hará que se rechace. Creerán que se parece al rosa ¿no? - Natalia se levantó para ver con más perspectiva el anuncio.- No me convence el tamaño de la letra del texto de arriba. La tipografía sí, el tamaño, lo aumentaría. ¿Qué opinas gran jefe de los animales?

-Verde, Natalia, verde y te acepto el degradado ese espantoso que propones. Sabes que en los colores va implícito el código subliminal que se necesita para el cambio de modelo. Hay que meter verde como sea…y me como el degradado a cambio.

- ¿Te lo comes? - Natalia levantó una única ceja, como Escarlata, eran ya gestos propios, incorporados durante años. Cuidado no vaya a tener algo de leche… Que no Mario que no, que el verde aquí mira cómo queda de horrible. Ninguna madre de la Comunidad Valenciana va a comprar las zapatillas si va todo en verde. ¿Pero tú has estado en Elda? ¿Valencia al menos? Que es calzado español…aún no te has enterado.

-No, en Valencia sólo he estado en un santuario de animales que abrieron unas compañeras del grupo de Whatsapp. Impresionante el curro que hicieron…

-Vale. Me da igual, el santuario, los putos perros o lo que sea. Que se te está poniendo cara de tofu, coño – Estalló Natalia – Morado, sin degradado y punto.

Se hizo el silencio. En la puerta apareció una de las socias “fundadoras” de la cooperativa: pelo largo, piernas largas, ropa ecológica pero de marca, no de cooperativa ni de artesan@s de la zona… y, sonrisa permanente. Natalia aún no sabía exactamente qué hacían ellas dos allí, aparte de haber creado la cooperativa y conseguido los Macs.

- ¿Todo bien cerebros? - preguntó desde el umbral - ¿un yogui tea? Vamos a tomar algo ya son las cinco.

Maldita manía de tener que parar a las cinco. ¿Pero que era aquello? ¿Londres? El palacio de Buckingham pero con los techos tan altos que era imposible calentar aquella espaciosa nave.

-Porque es esa es otra Luis…las cooperativas tienen que ser verdes, y entonces tiene que hacer un frío de narices. No se puede encender la calefacción y aunque la enciendas, como es tan enorme la altura de ese lugar nunca jamás llegas a calentarlo, de modo que me debato entre el calentamiento global o el frío extremo mientras trabajo. Que yo estoy concienciada, pero no puedo utilizar el ordenador con guantes. Que me he tenido que comprar la ropa térmica del Lidl esa que sale para “el momento esquí barato” y los que trabajan en el “mundo verde”.- Pero no es todo así, el otro día estuve a presentar un proyecto en otra cooperativa, verdes también y cuando comenté que era un gusto el calor que hacía allí, me dijo el tipo que nos recibía que ya estaban hartos de sitios donde pasaban frío, que durante años habían tenido que usar locales heladores y que ahora que podían permitírselo, habían optado por un aislante ecológico…madera certificada. Cogí hasta un folleto…pero en esa nave, enoooooorme no va a haber solución, ni con madera certificada, ni con chimenea como en Buchimghan Palace, ni quemando las mesas de Ikea.

-Vamos que estás ya harta de la empresa, cooperativa o lo que sea. - Luis la miró con cara de “he vuelto a ganar mi apuesta”

-No. Aún no, porque el trabajo me gusta y la gente que conozco es muy diversa. Aquí tengo un futuro. Ya verás.

Esta vez fue Luis el que se acabó el café con leche de un trago y pidió otro. La tozudez de Natalia no parecía tener límites desde su perspectiva.
Publicado la semana 49. 30/12/2017
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