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Nuria López Blázquez

Un día de mierda, una semana de mierda, unos años de mierda

 

Lo que viene siendo un día de mierda, una semana de mierda, un año de mierda. Su psicóloga del centro de atención a víctimas de violencia de género siempre le advertía de que más habitualmente de lo que podía verse como dentro de la norma, los pequeños reveses se los tomaba como auténticas caídas. Las vivía como hecatombes de las que salir resultaba complejo después, si se dejaba arrastrar.

Pero vamos a ver, leches, ella recapitulaba: un ex marido maltratador que no se reconoce como tal, porque no ella no llegó a denunciarle, por miedo, por su hija, porque desde la misma Administración te recomiendan que sólo lo hagas si tienes todas las de ganar y ella, nunca se atrevió a ir al médico después. Se maquillaba y se ponía gafas de sol, porque en Sevilla siempre es tiempo de ponérselas, menos mal.

Y la trabajadora social que la alertaba: mucho cuidado, porque las cifras muestran que la mayor parte de las mujeres que denuncian y después vuelven a casa, es ahí cuando las matan. Y ¿dónde iba a ir ella? ¿Sin haber acabado el bachillerato, con una hija, sin haber trabajado? No podía denunciar y no volver a casa. Su familia no lo entendía o no quería entenderlo y verlo.

Pero le echó narices y se lanzó. No denunció. Como muchas otras. Pero se divorció y renunció a todo lo que hubiera tenido derecho con tal de que él la dejara en paz.

Su padre que lo único que le dijo al divorciarse es que vaya follón con una hija pequeña, buscar ahora trabajo tal y como está el panorama. Al menos treinta entrevistas de trabajo donde su currículum no valía nada.

Y cuando por fin consigue un trabajo como cajera en un supermercado, es a jornada completa llegando a casa a las 21, porque por tener una hija pequeña tiene el privilegio de que “le dejan salir una hora antes, para conciliar”.

Y eso genera envidias en el trabajo, y las que tienen hijos mayores o no tienen hijos se pasan el día diciendo lo más alto posible y hablando con el encargado, que siempre es un hombre, que no es justa esa medida, porque siempre les toca a las mismas hacer caja al final del día.

Y de ahí se fue en cuanto pudo y, sobre todo tuvo seguro que la contrataban para trabajar como dependienta en una tienda de ortopedia.

Ya el primer día, su compañera dejó caer un boli y la tiró de la falda. Debajo del mostrador la advirtió de que había cámaras por toda la tienda y que no podía ni leer, ni tocar el móvil, ni sentarse.

Ahora se explicaba porque estaba toda la tienda llena de espejos, las columnas y el techo incluidos. Otro año de espanto vendiendo todo tipo de utensilios extraños mientras su hija crecía y ella la insistía en lo importante que era que estudiase para no tener que entrar a trabajar en lugares tan horribles.

Pero no hacía falta. Tod@s dicen que l@s niñ@s son esponjas e Isabel más que nadie había absorbido los gritos, los golpes, los moratones y las gafas de sol, las horas de cajera, de dependienta en la ortopedia y la celebración familiar el día en que a su madre le hicieron un contrato de trabajo en los mejores grandes almacenes de la ciudad. Igual que aprendió que si eres mujer debes estudiar el doble, esforzarte el doble, demostrar el doble. Nunca jamás suspendió, sabía dónde y cómo quería ir.

Su madre era como ella una superviviente y dejó que Isabel dedicara todos los ahorros a estudiar y a formarse: libros, idiomas. Lo que hiciera falta. Isabel no viviría como ella. Lo que no sabía ella, es que Isabel era ahora quien le devolvería todo aquello.

De modo que cuando cumplió los 18 ya no volvió a casa de su padre, ni volvió a cogerle el teléfono, ni a verle. Entró a estudiar en la Universidad y en cuanto terminó se llevó a su madre a Portugal, porque igual que era bilingüe en inglés, lo era en portugués, un idioma que casi nadie escogía en la Academia Oficial de Idiomas.

E Isabel enseñó portugués a su madre, aquella que no había acabado el bachillerato, pero que puso todo su empeño en aprenderlo y lo logró. Sabía lo importante que era para aquella que había sido “su niña”, el mapa mental que ya adulta Isabel se había trazado para ambas: vivir lejos de aquello y aquellos que las recordaban los peores años de sus vidas, y elegir un país similar, pero viviendo al lado del mar.

Allí las gafas de sol no se usaron más para ocultar, sino para pasear junto a la orilla.

 

 
Publicado la semana 36. 31/12/2017
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