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Nuria López Blázquez

Mi insomnio infantil

Tengo recuerdos borrosos de los meses que pasé en casa de mi abuela entre los 5 y los 6 años. Mis padres estaban muy lejos por el trabajo de mi padre y tan solo tengo una sensación más que un recuerdo, como algo lejano un sentimiento de profunda tristeza, pero enseguida se superponen imágenes de risas y momentos de felicidad intensa en aquella gran casa. Ahora siendo adulta creo que mi abuela hizo grandes esfuerzos por hacerme feliz aquel tiempo. Lo que primero se me viene a la cabeza son las noches. Recuerdo dormir en su cama. Siempre había querido dormir con mis padres, tenían esto que ahora llaman terrores nocturnos y me despertaba cada noche desde el principio de mi vida hasta los 6 años con sudores fríos y viendo cosas horribles.

Mis padres hicieron lo que pudieron con algo así. Imagino que comprarían el famoso libro del doctor Spock, de cabecera en todas las casas preocupadas por la salud y la crianza responsable ya en los años 70 y consultarían con todos sus amigos. Por lo que ellos cuentan, no había noche en la que yo no me despertara y solicitara que alguno de los dos se quedara junto a mi cama hasta que me durmiese o que me dejaran dormir en su cama. Tal vez lo hablaran mucho entre ellos, tal vez nada, el caso es que yo no recuerdo un patrón fijo de conducta; en mis recuerdos más lejanos está la imagen de mi habitación a oscuras y el color rojo de un cigarrillo que se consumía junto a los pies de mi cama, mis ojos intentando no cerrarse y seguir sintiendo la presencia de mi padre o de mi madre allí. También el recuerdo de quedarme dormida junto a uno de los dos en su cama. Esas eran las noches más tranquilas. Yo seguía la respiración de quien estuviera a mi lado y conseguía dormirme.

Imagino ahora adulta que destrocé la vida sexual de mis padres con esas apariciones nocturnas y viéndolo ahora como madre de tres hijos, entiendo que mi deseo de tener hermanos fuera lo último que desearan complacer mis padres. Pero como niña también resultaba duro escuchar siempre las quejas de ambos con las noches tan horribles que “yo daba”. En los 70 los niños estábamos presentes en las conversaciones de los amigos adultos que venían a casa, al menos en el círculo de mis padres y el tema recurrente de mis miedos nocturnos era algo que siempre salía a relucir y todos miraban a la niña rubia y ponían cara de pobre padres. Yo sentía entonces una inmensa rabia porque nadie entendía que yo escuchaba al despertarme a las 3 o las 4 de la madrugada a un gran oso al lado de mi cama, lo veía, escuchaba su respiración. Cuando vi El Retorno del Jedi en el cine pasé la peor noche de mi vida. Pegué literalmente la espalda a la pared y sentada en la cama miraba a derecha e izquierda esperando aparecer a Dark Vaider. No era capaz ni de moverme para ir al baño o pedir ayuda en el cuarto contiguo de mis padres. Muchas noches tenía incapacidad incapacidad para gritar después de despertarme con una pesadilla: la garganta seca, el corazón acelerado y la voz que no salía.

En mi memoria ha quedado grabada una noche en la que mis padres, seguramente siguiendo algún consejo, decidieron que ya no entraba en su cama, que no me harían ni caso y yo pasé la noche en el suelo en una de esas alfombrillas de noche que había entonces a los pies de la cama, a ser posible idénticas a cada lado de las camas de matrimonio. No recuerdo frío, solo que me costó encontrar la postura para que no me hicieran daño en la cara los adornos que había tejidos en la alfombrilla.

Contado así, de corrido podría parecer que mis padres eran muy intransigentes. Hoy lo veo como un auténtico suplicio tanto para ellos como para mi. Ahora he criado tres hijos, cada uno con sus miedos nocturnos y sé que no es fácil manejarlo cuando has pasado un mal día. Pero los niños son lógicamente egoístas y yo no comprendía por qué no podía dormir con ellos y acabar así con esas horribles pesadillas.

Ahora en mi generación he encontrado mucha gente que ha optado por el colecho y nunca he sabido si ha sido algo impuesto por esos miedos infantiles o por la idea que nos cuentan al resto de que el apego con el niño es mayor. Evidentemente es mayor, pero entre que el niño duerma en el suelo y que sistemáticamente duerma tu hija contigo y con tu pareja tiene que existir un término medio.

El caso es que cuando mi madre decidió seguir a mi padre al otro lado del Atlántico y dejarme con su suegra, mi abuela, mi vida nocturna cambió. La cama de matrimonio de mi abuela era enorme, con una manta de un leopardo en tonos marrones que me encantaba y que mi abuela me remetiera la manta antes de meterse ella por el otro lado era como estar en el paraíso para mí. La mujer se metía temprano en la cama, a la hora a la que una niña de 6 años se tiene que acostar porque ella misma debía estar agotada. Se levantaba a las 6 de la mañana para hacernos el desayuno a su hermana cincuentona y felizmente soltera que trabajaba en un periódico, a mi a quien debía bajar a tiempo a la parada de la ruta del colegio y luego salir corriendo a trabajar en el quiosco de la Gran Vía que regentaba, entonces con ayuda de Jose, un hombre que se ocupaba de abrir de madrugada ahora que ella estaba tan atareada en casa como para estar para recibir la furgoneta que pasaba dejando la prensa del día. También estaba en la casa su madre, mi bisabuela Emilia, pero yo no recuerdo si a ella también la hacía el desayuno o no, de nuevo el mundo egocéntrico de los niños. Yo solo escuchaba: “decídete de una vez en qué vestido te pones que no llegamos y se va la ruta”.

Hoy en día cuando mi hijo pequeño viene a mi cama con una pesadilla, desde luego hay días en que tengo que respirar hondo para no desesperarme porque yo también me levanto a las seis y media, pero o bien le meto en mi cama o bien me meto yo en la suya y me preparo para despertarme con un tremendo dolor de espalda que durará todo el día. El colecho no es lo mío y sin embargo no puedo dejar de empatizar con los miedos nocturnos.

Publicado la semana 199. 25/10/2020
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De noche
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