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Nuria López Blázquez

Y el junco se rompió

Hay veces en las que parece que todo llega de golpe, sin dejarnos tiempo apenas para reaccionar. Con veinte años, esos momentos me sobrepasaban y no me sentía capaz de actuar como las normas sociales establecen. Era un bloqueo real tal y como yo lo sufría, aunque fuera una somatización. Veintiséis años después, soy plenamente capaz de retomar la vida, incluso organizar a mi familia, escuchar a los amigos, tratar de aconsejarlos, en esos instantes en los que la vida cambia y no hay vuelta atrás. Creo que por eso el calificativo que más escucho en los últimos años es: eres una mujer muy fuerte.

No pedí serlo. Ni siquiera me entrené para ello. Surgió. La vida me fue golpeando. Al inicio con suavidad, pero de forma tozuda, como la lluvia en el norte, persistente, incisiva hasta lograr calarte, pero no en tromba. Más adelante llegó la tromba, la lluvia prácticamente tropical que no deja nada en pie y de nuevo volví a ser quien se mantuvo impertérrita por fuera, aunque destrozada por dentro.

En probable que el hecho de tener tres hijos a los que cuidar, proteger y convencer de que todo iba bien me hizo representar ese papel de persona con control ante las dificultades. El divorcio fue un enorme jarro de agua, agua y lodo, que me hizo mantenerme en pie para que ellos y yo misma nos sintiéramos a salvo. La búsqueda de empleo cuando nadie apostaba por mí, cuando mi ex marido se regodeaba diciéndome en mi cara que jamás lograría volver al mundo laboral, las puertas que toqué y no se abrieron y las que por el contrario se abrieron sin que yo esperara nada de esa llamada. Ese fue mi mayor triunfo.

Recuerdo celebrar con mis hijos mi primer empleo, como secretaria: una carrera universitaria, unos cursos casi olvidados de contabilidad y tres idiomas hicieron el milagro de convertirme en secretaria y gestora fiscal. Sacarme un máster mientras compaginaba dos trabajos y seguía atendiendo a mis hijos, me reforzó ante el mundo y me convenció a mi misma de ser la mujer capaz de poder con toda adversidad, con la mayor fuerza de voluntad y mi enorme capacidad de concentración jamás reconocida antes. Mi hijo pequeño tenía cuatro años y las vacaciones de aquella semana santa las pasé redactando mi trabajo fin de máster con la trilogía de “Albín y las ardillas” como banda sonora indeseada, en el cogote. Tengo tanto que agradecer a esas ardillas parlanchinas y nunca podré hacerles llegar mi gratitud por salvar mi máster y mantener a mi hijo horas pegado a la pantalla, porque por entonces aún se daba ese genial truco de repetir por la tarde la película de la noche anterior.

Desde ahí, mi carrera profesional mejoró y las preguntas de la novia de mi ex marido, declarada “feminista” pero viviendo de él, también fueron en aumento. El pequeño crecía y con siete años ya se extrañaba del hecho de que aquella señora que llevaba tres años viviendo con su padre, se interesase tanto por si alguien venía mi casa a limpiar, si los niños y yo salíamos a comer a restaurantes, si cogíamos un taxi, si aparcábamos en garaje o en la calle, en definitiva: si nuestro nivel de vida era lo suficientemente susceptible de empeorar porque consideraba que mis hijos y yo vivíamos de un dinero que injustamente tenía que pasar el padre de mis hijos como parte de su manutención. Un clásico muy machista que al parecer los talleres de empoderamiento femenino que ella misma impartía, no la habían permitido sentirse suficientemente independiente. Si ella supiera que las semanas que no están mis hijos en casa sigo viviendo con camiseta y pantalones térmicos bajo la ropa de calle y gorra roja de lana, estilo francés, ladeada a la izquierda porque los principios y el buen gusto no son monopolio de quien maneja dinero.

La cuestión es que el covid19 entró en nuestras vidas y arrasó, como en tantas otras, diría como en casi todas, pero no me atrevo porque todavía veo a gente yendo a yoga por las mañanas como si nada hubiera pasado, como si no hubiera una tromba de agua, una gota fría de las que veíamos en la televisión en la zona del mediterránea entre septiembre y octubre, en blanco y negro cuando yo era pequeña.

A mi, la tromba del covid me pilló de lleno. Me ingresaron en un hospital madrileño, público porque evidentemente los lujos no eran tantos y yo no tenía seguro privado. Los días que pasé en la Unidad de Corta Estancia del Hospital Clínico de Madrid me hicieron perder toda la sensación de humanidad que durante años había ido construyendo.

Durante los meses de confinamiento había visto como otros muchos madrileños los vídeos de los sanitarios que se ponían el nombre en sus EPIS, en sus gorros y mamparas de protección y yo, ingenua siempre, me lo había creído. Pero en aquel lugar comprendí que no, que no había humanidad para los pacientes. No tener papel higiénico en un servicio para más de 30 personas, que te llamen por tu número de cama en lugar de por tu nombre o tu apellido, ver cómo el único médico de la unidad tenía que reanimar infructuosamente a una persona delante de ti, porque el carro de paradas no “estaba en su sitio”, hicieron que el alta y el confinamiento de los veinte días posteriores en mi casa supusieran una sensación semejante a salir del corredor de la muerte. Así lo viví por mi tendencia al drama, seguro.

Y el covid pasó. Costó, pero pasó y cuando de nuevo volvía a ser yo, trabajando con energía, cuidando a los niños con la sonrisa de “esto no ha sido nada”, contestaba a los tediosos correos de mi exmarido argumentándole que si no había estado con los niños los 15 días que me correspondían en agosto, no era por haberme ido a Isla Mauricio, sino porque debía estar aislada, entonces justo entonces apareció el auténtico huracán que me hizo perder pie por primera vez en muchos años: en la misma semana murió mi abuela, sufrí un ictus, leve eso sí, como efecto secundario del maldito covid que produce al parecer estas alteraciones plaquetarias y mi jefe decidió dimitir, dejándome a mí al frente de una organización moribunda y por supuesto sin aumento de sueldo.

Y me rompí. El junto que flexible me habían ayudado a creer que yo era en las clases de yoga, autoayuda, empoderamiento, se quebró.

Lo más sencillo de analizar fue la muerte de mi abuela; 98 años, en una residencia de esas que la Comunidad de Madrid había cerrado durante meses, sin que supiéramos cuántos habían muerto. Superó el covid en mayo, pero la pudieron los años, la soledad, la distancia de las visitas, solo una semanal de media hora, soportar día tras día en una cama sin entender qué pasaba, porque las residencias se han convertido en este año 2020 en un aparcamiento de mayores. Si puedes sales y si no te quiebras como el junco. Y ella ya no pudo más. Su cabeza ya no era suya. Sus recuerdos iban y venían y su mirada perdida no era la suya: vivaz, sonriente siempre, incluso en los peores momentos. Aquella ya no era mi abuela y aún así, yo la recuerdo como era y me duele el pecho, físicamente, con una bola grande y pesada que a veces me impide respirar, cuando pienso en ella, en la abuela que para mi había sido más que abuela, madre  que me cuidó y acogió en su casa entre los cinco y los seis años, supliendo las ausencias de unos padres que se marcharon al otro lado del Atlántico a trabajar y a acompañar a un marido.

La ventaja de los ritos cuando alguien muere es que acompañan y nos encontramos la poca familia que somos en el tanatorio, recordándola, con risas, como somos nosotros y con alguna lágrima disimulada que se secaba con el dedo mientras se seguía con los recuerdos. Más parecía una de las sobremesas de las comidas de navidad de cuando éramos más jóvenes todos los allí reunidos, aún niños mis primos y yo, repitiendo las anécdotas de una casa, la de mi abuela en la que vivieron en los mejores tiempos del hambre de posguerra trece personas entre hermanos de mi abuela, hijos, madre, marido y los añadidos que llegaban, iban y venían.

Pero el rito ayuda a separarte, a hacer el duelo y a ir admitiendo poco a poco que ya no está esa persona tan especial que me ayudó a ser la mujer fuerte que soy. Trabajadora, pero con un comentario jocoso en cualquier momento del día, con energía para tenernos a todos en la misma cama aunque fueran las once y hubiera que levantarse temprano, sobre todo ella, que a las seis salía a trabajar. Ahora veo mi cama con mis tres hijos y recuerdo esas noches y esas risas y ese punto y final con el que mis primos y yo sabíamos que era el momento de callar y apagar la luz “¡qué tío listo el que inventó la cama!”, su frase favorita y repetida cada noche. Y ¡Qué gran verdad! Cuando llegas agotada a la cama y notas la tranquilidad de tener eso, una cama. Y como magia, los ojos de todos nosotros, al escuchar aquellas palabras, se cerraban y dejábamos que el colchón y la manta nos engulleran hasta el día siguiente.

Pude hacer mi duelo y llorar a mi abuela. Sin embargo, mi imagen externa de mujer dura y resistente, resilente que se dice ahora, no me permitió llegar a casa y reconocer el miedo que el diagnóstico de un ictus leve, solo leve, había producido en los más hondo de mí. Una de las emociones primarias más puras: el miedo. Procuré decir a todos que era lo mejor que podía haber pasado. Organicé mi argumentario: había sido un aviso, me habían dado medicación, me revisaría ahora un cardiólogo después de un neurólogo, nuevas pruebas que seguro que saldrían bien y los ojos de mis hijos mirándome, porque me conocen demasiado bien, escrutando cualquier gesto que desmintiera esa retahíla aprendida y repetida.

El miedo me pudo y durante días una nueva bola, que podía sentir casi de forma física se instaló entre la garganta y el estómago. Me impedía dormir, me despertaba con pesadillas, hacía que mi humor cambiara y estuviese más irritable de lo normal en casa. Los niños son esponjas y sabían que su madre no estaba bien, lo pasaban mal y tuve que reconocer que el miedo era esa bola que me atenazada, hasta el punto de no ser capaz de sentarme para buscar el nombre de un cardiólogo y pedir hora.

Por primera vez, dejé de sentirme invencible: no luchaba contra personas que me podían desear lo peor y a las que demostrar que no podrían conmigo. Ahora me enfrentaba a algo mucho más prosaico, ancestral: la posibilidad de morir o incluso peor, de no valerme por mi misma. Y no podía hacer nada, absolutamente nada para oponerme a ello; solo podía dejarme llevar y dejarme en manos de los médicos.

Yo no controlaba el proceso y no paraba de escuchar a mi alrededor: “déjate llevar. Estás en buenas manos. Lo han descubierto pronto. No pienses demasiado en ello”. Todo ello era exactamente lo contrario a lo que había aprendido durante estos últimos años, en los que el timón lo manejaba yo y no podía permitirme un momento de tranquilidad, la concentración era la única vía. Ahora todo era a la inversa: dejar el control y confiar en otros, los médicos.

La bola crecía cada vez más y no lograba dominar mi frustración. Un humor pésimo me acompañó durante semanas, a mí y a los míos que lo sufrieron. Y yo seguía resistiéndome a soltar, y la realidad tozuda me enseñaba que no había nada que agarrar y que así solo lograría una contractura muscular si seguía tensando aquella cuerda que ya parecía el cabo de una vela en plena tormenta. No llevaba un velero yo sola, estaba acompañanada y no quería verlo, y además aquel velero tenía un motor que podía sacarme con facilidad de la tormenta a la que yo insistía en adentrarme. Pero me faltaba algo crucial en una tormenta: visibilidad. El agua salada que salpicaba mi cara no me permitía ver. No conseguía romper a llorar y aquello me hacía sentir más y más frustrada, empeñada en ir directa a lo más negro. Quería sentir aquellas lágrimas que dejaran salir y enseñar al mundo ese miedo que tan dentro tenía y que durante años había reprimido frente a la imagen de mujer capaz, fuerte, casi invencible.

Solo un consejo llegó a conseguir que escuchara y soltara los cabos de aquellas velas que ya me despellejaban las manos de tanto agarrar: “no puedes decidir cuándo saldrá esa emoción. Cuando estés preparada aparecerá”. Son de esas palabras que tal vez oí antes, pero que no escuché de forma consciente. Fue entonces cuando comprendí que, en aquel momento, yo solo podía soltar, encender el motor, atisbar el puerto, la cala en la que retomar fuerzas o el momento en que abriera el cielo y viese de nuevo su azul brillante. Y como en toda tormenta, yo no podía decidir cuándo pasaría aquello, solo debía ser cauta y cuidarme hasta que la naturaleza me dejara vislumbrar el momento de amarrar y dejar soltar ese miedo que aquella gran tormenta había provocado.

Publicado la semana 198. 13/10/2020
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Desde la emoción
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