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Nuria López Blázquez

Amistad que arranca sonrisas

Llevaba semanas arrastrando cansancio y frustración, incluso diría sin miedo a exagerar que rozando la extenuación. Mi amiga Andrea dice que a menudo victimizo y que al igual que ella, puedo aprender a cambiar esa tendencia. Nos cuesta por el tipo de educación y el papel que hemos desarrollado durante años, pero que podemos evitarlo.

Aquella mañana me daba exactamente igual adoptar el rol de víctima, no quería sermones, solamente parar, dejar de correr y sentarme a pensar en qué estaba haciendo con mi vida. Después de dejar a mis hijos en sus respectivos colegios, bajé las escaleras del metro tratando de no recibir más empujones de los estrictamente necesarios; no me sentía capaz de recibir más golpes ni física ni metafóricamente. Me dirigía a una reunión que resultaba importante en mi nuevo trabajo: con un alto cargo en un ministerio, un cargo político recientemente elegida con cuyo equipo llevábamos una semana completa preparando la presentación del proyecto. En principio resultaba sencillo ya que el proyecto de la ONG para la que trabajaba desde hacía tres meses era sólido, llevaba en funcionamiento más de diez años, el presidente de la entidad estaría presente, mi compañero que había dado con él los primeros pasos también estaría presente y llevaría el peso de la presentación. Yo me sentía confiada: me gustaba aquel trabajo y mi único, pero, como de costumbre era que únicamente tenía un contrato de media jornada y cuatro horas al día no eran suficientes para sacar adelante un proyecto que podía absorberte incluso horas extras a jornada completa.

A ello se sumaba el hecho de que, en un arrebato de cordura, después de compaginar durante aquellos primeros tres meses dos trabajos de media jornada, había optado por presentar mi renuncia al que había sido durante tres años un trabajo tedioso, en espera constante de mejores oportunidades que nunca llegaban a concretarse, donde las horas de más no solo no se abonaban, sino que se daban por hecho a pesar de ser una "entidad del tercer sector". Un clásico.

Cuando decidí dejar aquel empleo, mi jefa no podía creer que dejara una oportunidad semejante y trató de que le explicara delante del equipo al completo el porqué de aquella "repentina decisión". No hay más ciego que el que no quiere ver, lo sabemos, y a pesar de que durante meses había insistido en que 700 euros netos no eran suficientes para sobrevivir, más con tres hijos menores y en una ciudad como Madrid. Aun así, parecía que consideraban que el prestigio de su nombre, una marca, una identidad corporativa podría más que la precariedad que sobrellevaba.

Había dado un paso y ahora estaba en el momento de la negociación a cara de perro para lograr unos derechos mínimos con los que marcharme de aquel trabajo pudiendo acumular desempleo, aunque tuviera que renunciar a una indemnización que, por mi propia experiencia sabía que en una multinacional habría podido obtener. Sin embargo, tras cuatro semanas de negociaciones y presiones, llamadas a horas intempestivas, mensajes a mi teléfono personal, numerosos correos con listas de tareas como si no existiera un mañana, claudiqué y acepté marcharme con un despido objetivo, con opción a desempleo, pero aceptando formar a la persona que me iba a sustituir durante dos semanas consecutivas.

Había resultado difícil encontrar a alguien que encajara en el perfil, me anunciaron y por ello no reunía todos los requisitos: bienvenidos al mundo real, pensé. Pero me pudo mi pasado, mi forma de ser y de mantener un compromiso e inicié aquella formación la misma semana en la que el jefe del nuevo trabajo necesitaba más apoyo de nuestro escueto equipo para preparar una reunión decisiva para la continuidad del proyecto.

Me pesaba el estrés, las responsabilidades, la desgana de llevar a cabo aquella formación en un trabajo que ya no era mío y que tan pocas oportunidades de crecimiento personal o laboral me había ofrecido. Prefería dedicar horas y esfuerzo mental y casi físico al que veía como nuevo proyecto, y ¡qué diablos! me sentía valorada simplemente por el hecho de estar en aquella reunión en la planta "noble" del ministerio, como una pieza más de un verdadero equipo.

Hacía frío aquella mañana. Me enrollé el pañuelo en el cuello y me abotoné el abrigo de entretiempo mientras salía del metro y buscaba con el gps la entrada correcta al ministerio. Durante el trayecto en metro, entre codos ajenos y frenazos habituales pude escribir un mensaje de whatsapp a mi buen amigo Alberto. Llegaba una semana completa recibiendo llamadas suyas que siempre me pillaban en un trabajo o en el otro, formando a mi sustituto. A la vuelta a casa me sentía muy mala madre si no escuchaba las historias diarias de mis hijos preadolescentes y achuchaba al pequeño mientras le secaba el pelo, hacía la cena y trababa de que aquella noche se conformara con un solo cuento.

De modo que después de llamar a Alberto y encontrar su teléfono apagado como muestra de cordura absoluta a las 8:15 de la mañana, por fin le escribí:

"¡Buenos días! Siento no poder coger el teléfono últimamente. Voy literalmente como pollo sin cabeza: mi jefe nuevo está estos días tratando de cerrar muchos asuntos pendientes: firmar mil cosas en notarios, bancos, reunirnos con el alto cargo del ministerio del que te hablé la otra semana, que es una gran oportunidad... y mientras tanto, según salgo de allí, tengo que seguir “formando” a la nueva persona que me sustituye ya en el antiguo trabajo...sí, en este punto seguimos y mis papeles del despido sin firmar aún. Me genera mucho estrés pero parece que la empatía en ese mundo laboral no existe, ¡qué voy a contarte que ya no haya dicho, incluso despotricado!
Y por supuesto mis hijos, que requieren un tiempo: llevo al mayor a baloncesto, entrenamiento entre semana y partidos el fin de semana, más médico para sus pequeñas historias corrientes: llévale y recógele, acompañada siempre del pequeño que evidentemente, no puede quedarse solo. Y la mediana, tres son multitud ya se sabe, aunque sean maravillosos: acércala a casa de sus amigas para una fiesta de "pijamas" en el otro extremo de Madrid, recógela a la mañana siguiente mientras el mayor está en el partido de baloncesto, pero sin entretenerte para llegar al final del partido. Prepara comida, después llévala de nuevo a la reunión semanal de scouts, vuelve a recógela, y mientras el pequeño, ¡pobrete!: ¿cómo no vas a llevarle un rato al parque para resarcirle? ¡Cómo será que se me olvidó poner el tique de aparcamiento en una de esas mil paradas del fin de semana!: me sentía taxista, debe ser y me cayó ¡mi primera multa, chispas!  
El jueves estaba tan cansada que me eché a llorar...en casa, por supuesto, aún mantengo la dignidad y el "savoir faire"...de agotamiento, sin más: ni gritos, ni dramas, solo lloraba y hipaba como cuando era pequeña, como si no hubiera un mañana, jajajajaja.
En fin. Ahora apago teléfono porque tengo entro en una nueva reunión en de esas realmente importante, con cargos políticos que pueden hacer cambiar nuestro rumbo personal y laboral, ya sabes: tú y yo nos conocimos en política, nuca sabes qué vamos a encontrar, ¡ojalá sea un buen día! Y por supuesto sin olvidar que cualquiera diría que con todo esto, me pagan al menos mil euros, ¿eh? "

Acompañé el mensaje de muchas caritas de risas y demás con el fin de rebajar el nivel de emotividad que impregnaba tanta realidad.

La reunión fue magnífica: pocas veces había encontrado en esos niveles de la administración a alguien comprometido con la mejora real de colectivos sociales, ya no desfavorecidos, ni en riesgo de exclusión, sino directamente excluidos.

No obstante, eso entonces era lo de menos. Preparar una reunión y que salga bien es muchas veces cuestión de la persona o el equipo que encuentras detrás, al otro lado de esas grandes mesas de madera maciza y brillante.

Leer el mensaje de respuesta de mi amigo Alberto fue lo que logró que supiera aquel día que mi mida, a pesar de los momentos por los que pasaba entonces, merecía la pena. Tener amigos así sacan grandes sonrisas y por qué no aceptarlo, consiguen que se forme un nudo en mi garganta y que una lagrimilla se resbale. Me sentí la persona más importante del mundo, con amigos de verdad:

“¡Buenos días Nora!
Te queremos mucho! Y nos sentimos muy orgullosos de ti, estás hecha una jabata, pero no es verdad que podamos solos con todo. Es un mito. Es normal llorar a causa del estrés, a mí me pasa, a Marta también. Poco de habla de eso, pero nos pasa a todos y no quiero imaginarme si además tuviéramos críos.
No me tienes que dar explicaciones, yo noto que es un momento difícil con un "despido", volver a un solo trabajo con lo que eso supone económicamente y empezando en el otro, con toda la emociónque suponga, pero con nueva gente, un idioma diferente y todo acumulándose. Así que por mi no te preocupes, no necesito explicaciones, por eso te llamo y por eso voy a seguir llamando y cuando te venga bien hablamos. Lo importante es que tú sepas que estamos aquí por si necesitas desahogarte o hablar de chorradas."

 

Publicado la semana 148. 30/10/2019
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Todo lo vivido , Dedicaselo a una amistad
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