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Nuria López Blázquez

Noche de novela

Cada vez que tenía que darle forma a un relato recurría a una sesión intensiva con mi amiga Sara. Desde pequeña, iba a su casa y me sentaba con mi cuaderno para que me escuchara con su paciencia infinita e irle desgranando paso a paso cada episodio, cada línea, hasta que ella en algún momento me hacía volver hacia atrás y darme cuenta de que aquello no cuadraba, de que aquél personaje no podía haber estado en aquel punto exactamente porque yo, ya había dicho que no era en absoluto su forma de ser y de estar mi aquella historia.

Yo me sentía entonces toda una escritora novel esperando a terminar el relato definitivo. Varios premios infantiles y juveniles y la manida frase que escuché durante todos aquellos años “puedes hacer lo que quieras con tu vida” lograron que en aquellos años creyera que era una realidad, que el futuro indefectiblemente me deparaba un gran número de novelas en preciosas ediciones, apiladas unas tras otras en las mejores librerías.

Y la vida se impone, evidentemente. Vamos creciendo y dejando de lado la narrativa de lado según se nos amontona la realidad: hay que acabar una carrera comenzada, aunque no sabes para qué exactamente, después encontrar el primer empleo, luego la pareja, los hijos, el divorcio. Cuando quieres darte cuenta, te quedan menos años por vivir de los que ya has vivido y tus relatos han ido quedando en carpetas de ordenadores que has ido renovando, que no has recuperado de aquellos discos duros porque tampoco eran nada especial.

Por ese motivo, aquella noche acudí a la casa en la que me había citado Sara con el entusiasmo de la infancia, con un cuaderno a medio usar con el gusto por contarle por fin cómo quería que fuera mi novela, la auténtica, la que llevaba años postergando.

Quedar con mi amiga de la infancia se había convertido en una tarea complicada, pocas veces tenía tiempo para verme a mi sola. Vivía fuera de Madrid y cuando venía algún fin de semana o bien estaban sus tres hijos y los tres míos, o bien organizábamos una cena en mi casa con alguna otra amiga común para que le diera tiempo a vernos a todos los que había dejado en Madrid por casarse en Segovia. Sin embargo, aquella noche había causado baja por enfermedad leve la otra amiga invitada y al ser yo la última cita del domingo podíamos tener un tiempo precioso para dedicarle a mi novela después de cenar y beber una copa de vino. El lugar elegido con Sara era siempre diferente, desde que vendiera la casa de su madre, la casa más hermosa que jamás haya visto, Sara aprovechaba diferentes viviendas de familiares y amigos en sus escapadas a Madrid. Aún así, la de aquella noche me pareció especialmente espectacular.

-Se supone que no estamos aquí…pero no te preocupes…ya sabes como es mi familia.- Dijo según me abría la puerta de un salón inmenso, con las paredes de diferentes colores a cuál más llamativo, obras de arte en cada rincón y una inmensa cristalera que llamaba la atención a pesar de no verse nada al otro lado a aquellas horas.

-¡Vaya! Si lo prefieres tomamos algo fuera.- Fue lo único que acerté a decir mientras me quitaba el abrigo y dejaba mi bolso sobre una preciosa chaise longue tapizada de terciopelo color bermellón. Pero ella ya no me escuchaba, estaba abriendo una botella de vino en lo que debñia ser la cocina, a unos seis zancadas de donde acababa de dejar mi bolso con el cuaderno dentro.

-¿No conocías esta casa? Es la de Esther. También vivió aquí una etapa mi hermana. Mira esa puerta da a lo que fue su apartamento.

Junto a la puerta que me señalaba mientras me tendía una copa de vino apareció un precioso gato tricolor de pelo largo.-¡Ah mira! Vamos a aprovechar que tu sabes de gatos: ¿por qué crees que querrá entrar ahí?

Demasiado tarde, un gato desconocido todo el mundo sabe que si le abres una puerta va a entrar sin que puedas hacer nada por hacerle retroceder. Pero Sara no parecía preocupada. Yo seguí a la que deduje que era una gata por el tamaño y los colores:

-Bueno, no parece muy difícil saberlo…de hecho, es que es aquí en el baño de este “pequeño apartamento” donde está su cajón de arena. ¡Pequeño dices! Esto es precioso, y tiene más tamaño que mi primera casa.

-¡Ahhh era eso! Menos mal que has venido…el pobre gato sino no se qué habría hecho conmigo…

Su risa sería siendo igual que siempre: ronca, desde la garganta, muy real y contagiosa.

A partir de ahí, ya mientras cocinábamos un poco de pasta rápida me contó que en aquella casa se suponía que no debía haber nadie: la que fuera la mujer de su padre estaba fuera de España de viaje con unos amigos y ella había buscado por Airb&b una apartamento para el fin de semana pero no acababa de darle seguridad porque la persona de contacto cambió tres veces, de modo que finalmente lo anuló y se refugió en aquella preciosa casa, prometiéndose a sí misma dejarlo todo como lo había encontrado y sin que la que fuera su madrastra tuviera que enfadarse por ello. Yo no entendía porqué no contarle todo aquello a aquella mujer, pero la respuesta año tras año siempre era la misma: Esther es una mujer muy complicada y no sé porqué no conseguimos llevarnos bien. Ni siquiera cuando mi padre enfermó, aceptó de buena gana que yo viniera de vez en cuando a ocuparme de él, de su hija, mi hermana…en fin es complicada. Es mejor no pensarlo más.

Y así fue como acabé cenando con una preciosa gata que nos maullaba pidiendo comida y caricias, mientras nos poníamos al día de nuestros últimos meses y repasábamos lo que podía ser la novela que nunca había terminado.

Publicado la semana 147. 27/10/2019
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