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Nuria López Blázquez

Medias jornadas y falsos discursos de dignidad

Desde que me reincorporé a la vida laboral después del tradicional parón de la maternidad de mis tres hijos, había pasado seis años recorriendo puestos cada vez más interesantes, pero siempre condenada a las medias jornadas.  Había logrado pasar de la dura frase espetada cual profecía maléfica de mi exmarido: “nunca encontrarás un trabajo” a la realidad de encadenar cuatro trabajos en 5 años, compatibilizándolos en algunos momentos, pero siempre con el infernal peso de la jornada de 5 o de 4 horas diarias.

En la mayoría de los casos solían incluir en las entrevistas de trabajo o en los momentos de firma de los contratos la bonita coletilla de “y si fuera posible iríamos aumentando las horas para que pudieras tener un salario digno”. Bonito eufemismo para reconocer que lo que suele representar una jornada maratoniana de esa duración son unos ingresos no escasos, sino insuficientes para mantener una vida digna con tres hijos en una ciudad como Madrid.

Equilibrios, malabarismos propios de la “moqueta” del campus de Somosaguas que ni siquiera allí te habían preparado para desarrollar, es lo que había venido practicando en los últimos años “media jornada”. Intenta sacar adelante el trabajo que pretenden que hagas en 5 horas y entenderás porqué es completamente imposible siquiera ir al baño o rellenar tu botella de agua. Las cuatro horas se convierten en 5 y muchos días en 6 y si tu contrato es por 5 horas diarias, puedes estar segura de que acabarás haciendo una jornada completa gran parte de los días.

Evidentemente esto no supone ningún beneficio para ti, porque las empresas acaban acostumbrándote y exigiéndote con el paso de los meses que acabes todo ese trabajo que has ido haciendo “voluntariamente” y pidiéndote más porque eres una gran trabajadora, entregada y un pilar de ese engranaje, eso sí sin el famoso salario digno. Pero tú, que te formaste en los 90, cuando la crisis económica con la que terminamos nuestras carreras universitarias, aseguraba que una vez que tenías trabajo debías que darlo todo por la empresa; menuda suerte tener trabajo de “lo tuyo”, había que dedicarte en cuerpo y alma, sacrificando horas, derechos laborales y más si como era mi caso, después de un divorcio y tres criaturas había logrado pasar de la empresa tradicional al denominado tercer sector, e incluso el cooperativo, que era lo más moderno, progresista e igualitario del mundo en aquellos años.

Sin embargo, la realidad es tozuda y el capitalismo implacable para desmontar nuestras creencias: las medias jornadas son el gran fraude en cualquier ámbito de la economía por muy progresista y feminista que se reivindique y por mucho que tus jefas insistan en que ellas eso de ser empresarias las viene grande y no quieren entrar en algo que les parece que está muy cerca de las doctrinas neoliberales más propias de ciertos institutos empresariales a los que hay que ir con chaqueta, corbata o blusa y falda con tacones si tus varices te lo permiten, cuando ya han traspasado los cuarenta y cinco años, y ¡qué diablos, los tacones son de quita y pon, si metes unas bailarinas en el bolso para descalzarte cuando pones el primer pie dolorido en la calle!. En el otro mundo del trabajo en el que me movía, no hacían falta tacones, mejor llevar los pies descalzos en verano, poco higiénico tal vez pero el sumun de la progresía y de la pretendida igualdad, salvo que cuando tienes 4 horas no te da la vida ni para quitarte las sandalias en verano y en invierno los calcetines se ponen demasiado negros como para que luego puedas acudir a tu otro trabajo de media jornada sin que se vean por los bordes del calzado ese color renegrido del alejado mundo en el que las oficinas las limpian empresas dedicadas a ellas y somos las trabajadoras las que dedicamos alguna tarde, por riguroso turno para pasar la escoba y si acaso la fregona por el suelo de linóleo de los años 50.

Limpiar en casa después de dos medias jornadas, hacer la cena, la comida del día siguiente para tus hijos, las lavadoras y tratar de escuchar lo que tengan que contar tus hijos de sus jornadas escolares y problemas vitales que a esas edades son entrañables y fundamentales para su formación, es ya una proeza, de modo que lo de limpiar locales de la economía en el tercer sector me resultaba especialmente  complicado para mi desgracia, porque en ciertos ambientes esto es parte del compromiso con el proyecto.

Y yo pensaba ¿y qué hay del compromiso del proyecto conmigo? No acababa de en ver ese doble compromiso a medida que los meses pasaban y que mis posibilidades de aumentar mi jornada se esfumaban. Si fin y al cabo el trabajo salía y había personas con más tiempo y menos cargas familiares o cargas familiares repartidas con parejas: en aquel mundo de la progresía más vanguardista, estilo años 30 del siglo XX, yo no me conseguía encontrar integrada: ni un momento para acudir a charlas sobre “El sujeto del feminismo” en las que se trataba de demostrar que ese sujeto no era la mujer y yo no entendía muy bien aquello, desde una formación feminista clásica, de aquellas mujeres que fueron las feministas de los 70 y 80 que en mi entorno familiar me habían dejado mis primeros posos. Tampoco podía acudir a las jornadas de formación porque mi trabajo era “solo” la gestión de la empresa: laboral, planes económicos, subvenciones y demás nimiedades que en aquel entorno era de segundo nivel, hasta el punto de llamarlo “trabajo reproductivo” como elipsis de “no productivo” que debía sonar demasiado liberal incluso en aquel popurrí y maremagnum ideológico tan alejado de lo que yo estudié en Ciencias Políticas y en Sociología, cuando liberal estaba tan claramente definido y la posmodernidad denostada.

Hubo momentos en los que desee trabajar para Ana Patricia Botín, porque al menos todo el mundo sabía que su giro feminista era una pose y a la hora de buscar una salida a un contrato precario los servicios de Recursos Humanos eran asépticos como cirujanos: te daban tu finiquito e indemnización con tal de no ir a un tribunal. Te daban tu carta de despido, recogías las cosas en una de esas cajas estilo norteamericano y no tenías que volver a tener contacto con la empresa hasta que se resolvía el momento de la conciliación, que no solía ser más que un trámite. Ahora reconozco que Ana Patricia tampoco era la panacea, pero llegó a parecerla después de acudir a reuniones absurdas en las que se mezclaban sentimientos y mi intención de dar por finalizada una relación laboral muerta, escuchando frases que no acababa de procesar como “es que tú ahora estás mucho mejor, más empoderada” … ¿Eso era un problema? ¿Hubiera resultado más sencillo negociar con la mujer que llegó años antes nada más divorciarse con un diagnóstico de estrés postraumático desde el 016?

Durante aquellas semanas no conseguí entender nada hasta que una noche escuché una frase a un amigo, hablando de otro asunto complementamente diferente: “nunca le han dicho que no en su vida adulta”. A partir de ahí entendí el laberinto emocional en el que se encontraba aquella pequeña empresa: no querían reconocerse empresarios porque no querían enfrentarse al mundo real en el que estaban. Eran empresarios, se comportaban como tales, se revestían de progresía, pero, no estaban dispuestos a pagar por una jornada completa a una madre de familia numerosa que hacía horas extras sin parar porque antes estaban sus salarios bastante por encima de los 730 euros que yo cobraba y todo sin perder su halo de buenismo y de líderes de opinión y referente en el mundo de la igualdad entre hombres y mujeres, sin organigrama, sin jerarquías, sin querer escuchar que eran jefes.

La vida nos da lecciones y ahí comprendí que mi tolerancia a la explotación se había reducido también en aquel camino de madurez y que por muchas veces que trataran de presentarme mi renuncia como una baja voluntaria, mi empoderamiento de aquellos años contra el maltrato me hacía invulnerable a las coacciones emocionales. Ahora sólo se trataba de buscar ambientes menos hostiles, en los que las horas extras, al menos se pagaran, se reconociera mi trabajo cuando era bueno y distanciarme de lugares en los que los compañeros tratan de mezclar su vida personal con la profesional. Solo pretendía un imposible tal vez en aquellos años: dignificar el trabajo y huir de la precariedad.

 

 

 

 

 

Publicado la semana 145. 13/10/2019
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Todo lo vivido, Piketty, sin duda , Cuando pienses que estás mal en el trabajo, pero no para conformarte, sino para luchar.
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