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Nuria López Blázquez

Capitulo 4: Karma

Mi generación tiene una extraña relación con el karma que se asemeja mucho al trauma del que habla mi amigo Pablo. El afirma que Disney nos preparó para un mundo en el que a los malos se les castigaba y donde toda historia tenía un final feliz. Así crecimos creyendo que todo acto indigno sería juzgado y condenado, al igual que la generación anterior se formó en los mismos valores desde el catolicismo. Sin embargo, mientras ellos en la gran mayoría de los casos, fueron formándose y desechando por poco ilustradas aquellas creencias religiosas, nosotros continuamos esperando como niños de cuatro años que el karma sitúe a quienes nos hacen daño a una posición inferior, no de hormigas, pero casi, para ver resarcido nuestro orgullo.

 

No obstante, la vida ya deberíamos saber que no es justa: “nadie nos dijo que lo fuera” me he escuchado a menudo repitiéndoles a mis amigos y sin embargo todos mantenemos en nuestro fuero interno la esperanza de ser conscientes de ese desagravio. No es solo que esperemos que ello ocurra, sino que además pretendemos estar delante, como espectadores para ver cómo sucede.

La frustración es enorme en el día a día, ya que no solo no somos testigos, sino que vemos como en ocasiones nuestra vida acumula más y más situaciones de injusticia hasta que un día te encuentras diciéndole a la persona menos adecuada, o hablando tú sola por la calle “NO ES JUSTO”, esperando una respuesta cósmica del universo que sitúe a cada cual dónde creemos que debe estar, no un segundo sino para toda la eternidad.

Por ello, cuando en uno de mis múltiples cambios de empleo llegué a una pequeña empresa integrada únicamente por mujeres, sentí que todas aquellos momentos en espera de justicia se alineaban de manera coherente cuando en la primera reunión de equipo me explicaron que en el orden del día, el primer punto siempre se dedicaba a lo que allí denominaban “ronda de sentires”.

Los sentires resultaron no tener por qué ver con lo laboral; cada una comentaba cómo estaba emocionalmente y cómo ello repercutía en su capacidad de concentración. Podían hablar de la imposibilidad de dormir seguido a causa de un bebé lactante, de una ruptura sentimental, del último accidente doméstico de una hermana parapléjica o de la dispersión que suponía buscar piso en el centro con fecha límite para abandonar lo que hasta entonces había sido una casa maravillosamente vivida durante años.

He de reconocer que en las primeras reuniones temía el primer punto e incluso traté de esquivarlo llegando tarde, pero no resultó posible: los sentires eran una parte esencial de mi nuevo trabajo y a cada llegada tardía se la recibía con la pregunta sobre cómo me sentía.

 

Me fui acostumbrando a hablar de mi vida personal con quienes yo veía sólo como compañeras de trabajo. Hasta aquel momento me habían adiestrado para separar ambos mundos en empresas a la antigua usanza, donde por muy mal que fuera tu vida tenías que llevar una sonrisa cada mañana y disimular las ojeras o llorar en el baño.

Publicado la semana 122. 05/05/2019
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