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Nuria López Blázquez

La fuerza de la palabra

Esta semana acabé el máster que comencé hace un año. Doce meses de esfuerzo, compaginando trabajo, cuidado de mis hijos, y vida cotidiana. Dejando de lado momentos de asueto y salidas con mis amigos. Dedicaba cada fin de semana a estudiar, cada noche retomaba el trabajo después de terminar con las obligaciones diarias y tenía que obligarme a mí misma a levantarme del lado de mi hijo pequeño cuando se quedaba dormido para coger de nuevo los libros y apuntes.

Dejé de saber qué películas estaban en cartel o cuáles merecía la pena ir a ver. Me sorprendía cuando veía un nuevo bar o una nueva tienda yendo andando a trabajar y sentía que cada momento del día contaba para sumar minutos de estudio. Una sensación de angustia se fue apoderando de mí siempre que me sorprendía haciendo algo que considerara “perder el tiempo”. Sin embargo, todo iba en buena dirección, incluso aprendía y disfrutaba con ello hasta que topé con las normas de citación formato APA.

Cualquiera que haya tenido que lidiar con semejante infierno sabe lo absurdo que resulta hoy en día cualquier trabajo de investigación cuando tienes que ajustar la bibliografía y las citas al formato APA, un mundo de irracionalidad plagado de comas, puntos, cursivas, comillas y sangrías francesas, que consiguen que el contenido de la investigación quede en segundo lugar para dedicar horas enteras a revisar que cada cita esté bien hecha.

Se trata de un nuevo ejemplo de cómo en el mundo actual, el contenido deja espacio y relevancia a la forma, para que aquellos que no consiguen ni conseguirían nunca destacar escribiendo nada nada serio, puedan sentir su poder haciéndote notar que la cita tiene más de cuarenta palabras por lo que las comillas deben desaparecer, has de darle un espacio al texto, ajustarlo a la sangría adecuada y no olvidar citar a la autora o autor sin su nombre, ni su inicial, por su apellido y por el año en que escribió aquella que era su obra cumbre y que hoy nadie reconoce porque ha dejado de ser alguien reconocible en ese absurdo formato, válido únicamente para citar en países en los que no es posible tener dos apellidos. De este modo quien se apellide López Blázquez, deja de tener entidad y pasa al gran equipo de los López, seguidos por un año. Nombres relevantes de la sociología en nuestro país dejaron de tener significado en aquellas páginas que tuve que redactar, cada apellido que quitaba era como amputar la identidad de quienes la habían construido durante años de esfuerzo.

En este nuevo mundo académico el poder se mide en citas, lo que lleva a quien tenga la más mínima capacidad de presión a pedirte que le cites y te envíe en el formato APA la referencia completa de su texto, para que no haya ningún error en tu bibliografía. El reto de incluir referencias libremente se verá frenado por las ansias de quienes necesitan ver su nombre reflejado en cualquier artículo y lo que debía ser un simple trabajo fin de máster se convierte en una sopa de letras.

Fue cuando recibí mis notas cuando me sentí casi orgullosa de lograr una buena calificación en mi trabajo, teniendo una pésima en la normativa de citación APA. ¿De quién fue la idea de que Hernández Enguita haya dejado de serlo para pasar al cajón de sastre de los Hernández? Reconozco que lo que podría parecer un error, en ocasiones fue un acto de rebeldía dejando segundos apellidos o nombres de autoras que de nuevo en ese formato dejaban de tener género, ¡con lo que nos costó ser nombradas, ahora nos encontramos con que no se distingue si se nos cita o no! No quiero contribuir a semejante despropósito. Afortunadamente hace mucho tiempo que dejé atrás el mundo académico universitario y con algo de suerte no tendré que recurrir a él más que como mera invitada. Lo siento por quienes deben seguir en él pidiendo a sus alumnas que les citen en sus trabajos y se aferran a argumentaciones racionales para explicar semejante despropósito.

Publicado la semana 111. 17/02/2019
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