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Nuria López Blázquez

Regalos de reyes nunca entregados

Debo ser de las pocas personas que el día 6 de enero no madruga con esas cosquillas en el estómago, esperando ver las caras de aquellos para quienes hemos escrito la carta a los Reyes.

En mi familia la monarquía, aunque se mueva en camellos y venga de oriente, no se tolera. Por ello, el día de reyes siempre me ha hecho sentir un tanto extraña. 

Durante años he ido haciendo mi lista mental de regalos de reyes que me hubiera encantado hacer, no recibir, sino entregar yo, cual paje de sus majestades, saliendo la noche del 5 después de tomar un chocolate caliente y un trozo de roscón para afrontar el periplo con energía.

Me imagino comprando regalos a mis amigos: un organizador de maletas, con bolsitas de esas que llevan mensajes preciosos para la reina de la organización que es mi amiga Carmen.

Un billete con hotel incluido en Kerala, al menos 10 días para mi pareja que disfruta conociendo lugares recónditos y nadando después en playas de arenas blancas y aguas transparentes. Me encantaría poder ver su cara al abrir el regalo y que el color de sus ojos cambiase hacia el color turquesa, exactamente igual que cuando se acerca a la orilla dejando que sus pies disfruten del agua después de pisar la arena fina de nuestra playa favorita, mucho más cerca que la de Kerala, por supuesto.

Pasaría horas en mi librería favorita, recorriendo sus tres plantas con parsimonia, buscando libros adecuados para mi amigo Pablo, porque en este sueño navideño poco importa que cada ejemplar suba de los quince euros. Y dedicaría al menos hora y media en la zona infantil saboreando las preciosas ilustraciones de cuentos que podría regalarle a mi hija pequeña, y en la zona juvenil, disfrutando mientras apilo las novedades y clásicos que considero indispensables para que mi hija mediana complete su formación literaria.

Y aquí aparece la parte más humana de mi sueño. Aquella que me cuesta aceptar y que, sin embargo, no puedo impedir: dedicaría un par de minutos a subir a la sección de libros de bolsillo, para evitar un dispendio en mi pequeña muestra de mezquidad y compraría con cargo a mi tarjeta de puntos de la librería, porque nunca se deben desperdiciar los descuentos futuros, aunque sea en un ejemplar de “Diario de un Canalla” que compraría dejando que mi bilis se hiciera plausible. A ese libro le dedicaría un rato especial, si pudiese convertirme en reina maga y dejarlo en el felpudo del mayor canalla que conozco.

Llevo al menos diez años dándole vueltas a este sueño en la noche de reyes. A veces envuelvo el libro, otras dejo el precio, en ocasiones saludo al portero y algún año, incluso me he vestido de negro con el pelo recogido y un gorro que camufle mis rizos, deslizándome por la escalera hasta la planta adecuada, cual espía de película, para depositar en la puerta lo que considero un regalo bien merecido.

Quién sabe si en algún momento me veo capaz y acabo estilo James Bond, depositando mi críptico mensaje en la dichosa noche de reyes.

 

Publicado la semana 105. 06/01/2019
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