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Nuria López Blázquez

Aquellos que odian la navidad

Adoro la navidad. Junto a los baños de verano en el mar son el mejor momento. No puedo comprender a la gente que se pasa desde el mes de noviembre despotricando de las fiestas navideñas, es más, siempre me quedo con ganas de mandarlo muy muy lejos cuando escucho el horrible lugar común de “odio las navidades. Todo lleno de gente, consumismo, volver a ver a gente con la que no congenias y comer sin parar durante más de dos semanas”.

Siempre me pregunto por qué esas personas no se van fuera durante las navidades. No es necesario que gasten mucho dinero trasladándose: podríamos hacer un intercambio de casas a través de una web especializada: se busca alojamiento fuera de Barcelona para los días de nochebuena, navidad, San Esteban y reyes. A cambio se puede alojar en un piso céntrico, tercera planta sin ascensor, alguien que deteste estas fiestas, siempre que no traiga animales de compañía.

Sería un gran acierto: esas personas conocerían mundo, pasarían estos días que tanto les molestan fuera de su ambiente familiar y nos evitarían su presencia y su cara de “otro año con la misma historia del cariño y el espíritu navideño”. Sin olvidarnos de que podrían obviar el regalo que compran porque no tienen más remedio y que siempre te quedas mirando sin saber muy bien si han comprado lo primero que han visto o si, por el contrario, han pasado semanas averiguando qué es lo que más aborreces en el mundo.

Aun así, no son todas iguales. Hay diferentes tipos de personas que odian la navidad: están las que beben alcohol y consiguen hacerse notar con sus comentarios jocosos y opiniones sobre todos los asistentes. Las que prefieren decir a todo el que se deje que ellas pasarían esa noche en acostándose pronto y cenando su yogur como cada día. Sin olvidarnos de las que se enfrentan sobrias y con la cabeza bien alta a la fiesta de reyes, llegando a casa de su hermana con las manos vacías y son capaces de mirar a su sobrina y decir sonriendo: “ya sabes que la tía no regala en estas fiestas. Yo soy más de comprar cosas cuando nadie lo hace”. Así se acaba con la absurda creencia en esos extraños hombres que viajan en camello desde no se sabe bien dónde, sí señora.

Cada año creo que estos pequeños contratiempos van a lograr arruinarme la navidad y sin embargo, sorteo cual surfista el mar encrespado y me subo a la ola de la celebración si dejar ningún detalle de lado: sonrisas en la cena de empresa, vestido y tacones en nochebuena, envoltorio rojo con lazos verdes la noche del 24 hasta bien entrado el 25, con su correspondiente foto del árbol plagado de paquetes a juego, colocados con esmero y un vaso de leche y un polvorón, vídeos de las caras de los pequeños al abrir los susodichos paquetes tres horas y media después de haber terminado de colocarlos, comida en pijama en navidad mientras hacemos una pausa en el juego y por supuesto, serpentinas y confeti con las doce uvas de nochevieja que quedan dentro de las copas de cava hasta la tarde, muy tarde del día 1, cuando reúno fuerzas para recoger los restos de la fiesta.

Publicado la semana 103. 31/12/2018
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