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Nuria López Blázquez

Leo pelirroja

Leo, entre la lista de los relatos de mis compañeros de golpes, un título que lleva el adjetivo “pelirroja” y mi mente me retrotrae a mi niñez. De repente, sin pedírselo, con la rapidez vertiginosa con la que de pronto te encuentras inmersa en recuerdos infantiles. Casi puedo oír nuestras voces. Sonrío, porque para mí, pelirroja siempre se refiere a mi mejor amiga.

Aquella que me acompaña desde la guardería, cuando nuestros padres decidieron dejarnos jugar felices en uno de los primeros jardines de infancia que aparecieron en el Madrid de los 70. Una piscina antigua, llena de arena para que jugásemos los niños, ruedas de camión para subirnos y meternos dentro, y un ventanuco que recuerdo muy alto por el que, si asomabas la mano y lo pedías, a la pelirroja y a mí nos daban un trozo de pan cuando nos habíamos cansado de correr por el enorme jardín.   

La guardería acabó, pero seguimos viéndonos. No porque estuviéramos en el mismo barrio como solía ocurrir entonces. Vivíamos a varios kilómetros de distancia, pero nuestras familias debieron hacer un buen esfuerzo porque siguiéramos jugando juntas. El viaje hasta su casa lo recuerdo bien. Algún fin de semana, mi padre cogía el coche y me llevaba con mi pijama en una bolsa para pasar en otro barrio una noche con mi amiga. En el trayecto y me tumbaba en la parte trasera, cuando aún no llevábamos alzadores, ni sillas especiales según el peso corporal. Iba recostada esperando llegar y pensando en todo lo que íbamos a hacer esos dos días. Y cuando desde la ventanilla vislumbraba un arco de color ladrillo, sabía que ya estábamos cerca y me incorporaba impaciente.

La terraza de mi amiga pelirroja fue durante aquellos años, un barco trasatlántico que nos trasladaba a América con todos nuestros hijos, lo menos cinco cada una y un perro. Y recuerdo cómo se movía la terraza con el oleaje, y cómo nos salvábamos de un espeluznante naufragio, del que por supuesto salíamos vivas con hijos y perro.

Y cuando nos cansábamos de viajar, bajábamos al jardín de su urbanización y jugábamos con sus amigas y sobre todo con sus amigos del barrio, porque ella tenía la suerte de tener muchos amigos. Yo en mi colegio jugaba fundamentalmente con niñas, pero me parecían muy aburridas. Sin embargo, la natalidad hizo que en aquella urbanización hubiese más niños que niñas de nuestra edad y gracias a ello, volvíamos a correr como locas, como lo habíamos hecho en la guardería durante tres años, escondiéndonos si era el juego esa tarde, o disparando con la mano si tocaba una guerra o saltando a ¡churro va!

Y seguimos creciendo y encontrándonos algunos fines de semana y comenzamos una nueva costumbre epistolar. Todavía conservo alguna de aquellas cartas, maravillosas, en las que tan pronto nos contábamos que habían comprado un video en una de las casas como, que mi amiga iba a tener un hermano. ¡Un hermano por fin! Con lo que las dos habíamos querido un hermano siempre. ¡Qué suerte!, le decía yo desde mis diez años, como quien valora la suerte de que le toque la lotería a una amiga. Y lo que jugamos con aquel hermano que se convirtió en un muñeco más en cuanto pudo andar: rubio, con los ojos azules y tan gracioso. Pero nos cansamos de él enseguida porque cuando tuvo cuatro años y ya quiso jugar con nosotras, estábamos casi todo el día abajo, en los jardines de la urbanización, y más allá de las verjas verdes. Ya salíamos por aquel barrio, que se convirtió en el barrio de mis primeras salidas de fin de semana, sin que mis padres me llevaran. Seguía pasando por el arco de ladrillo naranja, pero ahora en un autobús que daba la vuelta a medio mundo y tardaba una hora en llegar a mi destino.

Sin embargo, merecía la pena. ¿Quién no recuerda aquellos primeros fines de semana de independencia? Cuando ya habíamos dejado atrás el colegio y yo incorporé a mis amigas del instituto. Primeras fiestas, primeros novios, primeras veces de todo: alcohol, besos, minifaldas, fiestas de nochevieja hasta las ocho de la mañana, estruendosos gritos hormonados cuando escuchábamos nuestras canciones favoritas, películas que veíamos cada fin de semana, libros que releíamos y poesías que aprendíamos de memoria para poder recitarlas juntas. Dejamos de ser dos, para ser un grupo de amigos y fue maravillosa aquella adolescencia en compañía.

Y de nuevo la calma. El final de la universidad, mi amiga pelirroja terminó en Canadá los últimos cursos y yo en Madrid, pero seguíamos juntas, viéndonos cuando volvía a casa y escribiéndonos largas cartas, con mejor letra que las de la infancia y asuntos más profundos. Como correspondía al inicio de la madurez.

Lo mejor: seguir pudiendo esbozar una sonrisa cuando leo “pelirroja” porque ella sigue siendo mi mejor amiga. Una amistad de toda una vida. Una de las personas que mejor me conoce, que mejores consejos me da. A quien sé que puedo llamar, cuando a las tres de la mañana, el agotamiento que produce la locura de trabajo y estudios que llevo, me puede. Entonces la diferencia horaria se convierte en una aliada y consigue que hablemos y, que ella me muestre dónde está, al otro lado del mundo y que, de ese modo, yo visite paisajes increíbles por los que la pillo caminando en una de esas de mis llamadas intempestivas.

Pelirroja para mí, es sinónimo de amistad de toda una vida.

  

Publicado la semana 100. 02/12/2018
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Without You de Harry Nilson , la amistad , Cuando quieras darte un poquito de esperanza
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